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La nueva libertad de expresión

Por Anderson Ayala.- Las novelas distópicas están para advertirnos e ilustrarnos, no para que las sigamos cual si fuesen un manual. Pero parece que algunos lo interpretaron al revés. Justo ahora, en pleno 2020, nos vemos inmersos en una realidad que tal vez solo leíamos en libros como 1984, de George Orwell, o Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y el terreno es tan pantanoso que cuesta vislumbrar un modo sencillo de salir. O si no, basta ver las redes sociales o muchos de los grandes medios tradicionales: ya no se puede expresar libremente una opinión -como ocurría en esas novelas-, porque la misma puede “herir”, “atacar”, “discriminar” o “vulnerar” a alguien. Parece haber una especie de “corrección política”, que no es más que censura, impuesta por la propia sociedad, y como corolario solo quedan grandes espirales de silencio que llevan a la autocensura. Porque eso sí, somos libres y por ello debemos aceptar las prácticas “progresistas”, aunque los fieles de estas no puedan aceptar nuestras opiniones. Bienvenida la nueva libertad de expresión.

La lucha que durante siglos se dio en Occidente por la libertad para emitir opiniones casi se ha perdido, con poca o nula resistencia y con la anuencia de muchos que hoy son “herederos” en la defensa de esas tradiciones. La icónica frase “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, escrita por la británica Evelyn Beatrice Hall e incorrectamente atribuida a Voltaire, luce destinada a quedar en hojas de papel que irán con pesar al museo de las reliquias, restos y vestigios de épocas de genuina libertad.

Tan profundo es el dominio ya, que quienes están llamados a ser los defensores a ultranza de la libertad de expresión, es decir, los periodistas y comunicadores sociales, se prestan hoy en los grandes medios occidentales a la agenda de la censura, la corrección y la imposición de nuevos y totalitarios parámetros morales, sociales y culturales, tan sagrados como si fuesen dados por la divinidad. Y si alguien los cuestiona, se reciben calificativos como el de “conservador” o “arcaico”, en el mejor de los casos, o hasta el de “fascista” -muy erróneamente- en el peor de los escenarios.

Aunque el foco aquí va puesto en la nueva libertad de expresión que tenemos, el dominio cultural se extiende mucho más allá. A la luz del esfuerzo intelectual del doctor Miguel Albujas, quien es director del Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, me permito conceptualizar esto en un planteamiento central: que entramos en la era de un “neototalitarismo” inédito, donde el carril ya no es impuesto por un poder central sino por la sociedad misma, y cuyo desvío acarrea las consecuencias de una neoinquisión, como refiere el más reciente libro del chileno Axel Kaiser (en clara alusión a la inquisición medieval), a raíz de la cual seremos ‘excomulgados’ de nuestro “contrato social”.

El destierro es uno de los crímenes más abominables de regímenes del pasado. Pero esta nueva era nos presenta un destierro renovado, más ideológico y social, pues, aunque seguiríamos estando físicamente en sociedad, será como si fuésemos extranjeros en ella. Todo por causa de que lo que expresamos no gusta a algunos sectores aparentemente muy sensibles. Lo más increíble es que esto se ha gestado en escasos 30 o 40 años, donde el avance progresista de la nueva izquierda colonizó el pensamiento de la ortodoxia marxista, así como de lo que el argentino Nicolás Márquez llama el “centrismo bienpensante”, y de lo que en mi anterior nota quise referir como la derecha política “quinta columna”, funcional a la causa.

Después de todo, parece que sí tenía razón Marx cuando refirió, con aires proféticos, que la burguesía sería quien le vendería las cuerdas (de ahorcar) a los proletarios. Solo que el mensaje no era para ser tomado de forma literal, sino más bien figurativamente. Porque es en el seno del mundo occidental, es decir, de los bastiones de la libertad, donde ha surgido la corriente progresista que hoy ejerce otra revolución en el mundo: la revolución cultural, para regocijo de Gramsci. Pero esta vez apelaron a un método distinto: el dominio de la lengua, como argumenta el profesor Carlos Leáñez, para hegemonizar ya desde la psiquis y “programar” consecuentemente a los individuos.

La libertad de expresión como la conocíamos está quedando sepultada frente a nuestros ojos. Pero como hay que “progresar”, debemos aceptar sin quejas la nueva libertad de expresión, más correcta, más justa y con mayor “diversidad”, si cabe el término.

*Anderson Ayala Giusti es representante estudiantil principal ante el Consejo de la FHyE-UCV, presidente adjunto del Centro de Estudiantes de la ECS-UCV y Junior Fellow en Cedice Libertad.