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La «nueva normalidad»: dictadura sin lágrimas

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Una de las herramientas básicas de la ingeniería social es el uso del lenguaje de una determinada manera, camuflando acciones malignas bajo un ropaje metafórico pleno de eufemismos, en el cual se refuercen las palabras y se les dan significados diferentes, con el fin de disimular la maldad de las realidades a las que se refieren.

Esta utilización corrompida del lenguaje fue patentada por Antonio Gramsci, el fundador del Partido Comunista italiano, y asimismo el ideólogo del nefasto marxismo cultural, que comenzó con él.

A estas tomaduras de pelo lingüísticas hay que añadir un nuevo palabro, otra de esas expresiones codificadas por el NOM para ejecutar su adoctrinamiento lobotomizador, insertando en las mentes de sus borregos sus mentiras siderales: la «nueva normalidad».

Estas dos palabras juntas forman un absurdo categórico, pues es metafísicamente imposible que una normalidad pueda ser nueva, pues si lo fuese, dejaría de ser normal, pasando a ser una anormalidad manifiesta, pues esas «novedades» se saldrían de las normas, del redil muchas veces milenario que las diseñó y conservó para la posteridad.

Esta «nueva normalidad» se propone en todo el mundo con esas mismas palabras, que se utilizan para proclamar el estado postpandémico de la sociedad, para nombrar de una manera overtoniana el horror orwelliano que quedará tras el virus, de modo que pueda ser digerible y asumible por los rebaños enmascarillados. Fíjense qué casualidad que esas dos palabrejas se usan por igual en todos los países del mundo: o sea, NOM a tope.

Sin embargo, la «nueva normalidad» no se ha inventado ahora, ya que llevamos mucho tiempo sufriéndola, hasta el punto de que, siguiendo el típico mecanismo de la «ventana de Overton» que hace aceptable lo inaceptable, que convierte aberrantes proyectos satánicos en realidades asumidas con naturalidad por los borregomatrix, el marxismo cultural del NOM nos ha hecho ver como normales unas realidades que en sí son absolutamente discutibles.

En efecto, ¿es normal que asesinar a un ser vivo en el vientre de la madre pase a ser un derecho de la mujer? ¿Es normal que se hagan campañas masivas de homosexualización de las poblaciones? ¿Es normal llamar «matrimonios» a grupos humanos que no tienen nada que ver con el matrimonio de toda la vida y la historia, aquilatado por milenios de civilización? ¿Es normal que a la blasfemia se la llame «libertad de expresión»? ¿Es normal que el verano sea un espectáculo demencial de carnestolendas femeninas?… ¿Es normal que muchos borreguitos lleven calaveras en su indumentaria?… ¿Es normal desenterrar cadáveres y profanarlos? ¿Es normal adjudicar el grueso de las ayudas sociales a los inmigrantes, incluidos los ilegales, en detrimento de los compatriotas?… ¿Para qué seguir?

Abatidas las altas torres de la civilización cristiana, arrasadas sus naves, desvencijadas sus eximias creaciones, asistimos ahora a una nueva vuelta de tuerka en la bota malaya que nos empezaron a poner tras la toma de La Bastilla, a una nueva fase en la escalada hacia el NOM, a la que llaman con el eufemístico «nueva normalidad».

Señores luciferinos del pomponé: lo normal es ir con la boca libre, libre para besar, para hablar, para respirar… y para criticar a los gobiernos malditos, por supuesto, así que no nos vengan a decir que ahora la nueva normalidad será ir con la asquerosa y humillante mordaza; lo normal es el codo con codo, la proximidad casi piel a piel con nuestros semejantes, el abrazo, la cercanía… y no es normal estar con la cinta métrica midiendo pies y centímetros; lo normal es que no te tomen la temperatura por doquier, como si fueras un leproso o llevaras escondida en algún sitio la guadaña de la Parca; lo normal es el fútbol con aficionados, no las gradas atiborradas de trampantojos con gritos enlatados; lo normal es ir al centro de trabajo, no el teletrabajo de las narices, destructor del intercambio de opiniones y de la sana relación, debate y análisis de los graves problemas sociales que nos aquejan, fuente de toda creatividad, de la amistad y sentimientos humanos.

Asimismo, lo normal es la enseñanza presencial, no la enseñanza online o webvinars, en las que la figura del maestro, del catedrático o profesor universitario se transforma en una especie de robot o en un bufón cibernético incapaz de transmitir auténtica pasión por los conocimientos por el mérito y el esfuerzo.

Lo normal es lavarse las manos una vez en casa después de un día callejero, no el apocalipsis de desinfección con el que la nueva normalidad pretende machacarnos a cada paso que damos, con unos torrentes de lejías, ozonos y desinfectantes con los que los poderes luciferinos pretenden erradicar cualquier germen con el fin de debilitar nuestro sistema inmunológico.

Normal es ganarse la vida con el fruto de nuestro trabajo, no con las limosnas públicas con las que se quieren conseguir votos y mantener a la gente en la servil dependencia del Estado.

En los actos litúrgicos, señores obispos, lo normal es que no sepulten a los feligreses bajo montañas de desinfectante, que los fieles entren en los templos sin mascarilla ―en los lugares sagrados JAMÁS PODRÁ ENTRAR NINGUNA PESTILENCIA, PORQUE DIOS SANA Y PROTEGE― que los sacerdotes no blasfemen llevando mascarillas.

¿Y qué decir de nuestras fiestas populares? Se reúnen perroflautas para gritar «¡Policía asesina!», y no se puede procesionar en el Corpus, ni correr los sanfermines… hay fiestas que se celebran en septiembre, y no se podrán realizar: ¿Es esto normal?

¿Es acaso normal que nos quieran rastrear a través de los móviles, geolocalizándonos con la excusa de comprobar si hemos estado con gente infectada o en sus cercanías? ¿Es normal que no se pueda poner la palabra «5G» en un vídeo sin que la censura salvaje te lo borre de un plumazo, por «contenido inapropiado»?

Lo normal es ir al banco cuando me da la gana, sin tener que pedir cita previa, obligada para casi todo; lo normal es estar con nuestros semejantes de manera distendida y relajada, no mirando de soslayo si alguno de esos tipos que están cerca me van a mandar al otro mundo con el virus de marras; lo normal es que un pueblo engañado, arruinado, explotado, humillado, idiotizado, se levante alguna vez contra los opresores, contra los corruptos impregnados de azufre que les imponen sus anormalidades, y no lo que tenemos ahora, un carnaval hediondo donde los ganados transitan de acá para allá con la cabeza baja, la mascarilla tapabocas y el alma por los suelos.

«Nueva normalidad» que pronto llamarán «mundo feliz», el título de una novela distópica de Aldous Huxley (1894-1963), en la cual la dictadura se justifica porque «el primer objetivo de los gobernantes es evitar a toda costa que sus gobernados creen problemas». En su obra describió lo que probablemente aguardaba en el futuro, «Una sociedad completamente organizada, la abolición del libre albedrío mediante el condicionamiento metódico, esclavitud devenida aceptable, dosis regulares de felicidad químicamente inducida…»

Huxley habló de un estado policial en el que al pueblo se le arrebatarían sus libertades, cuyos intentos de rebelión serían neutralizados con drogas, propaganda y lavado de cerebro, instrumentos de «la revolución final», que instauraría una «dictadura sin lágrimas», ya que sus víctimas «amarían sus cadenas», totalmente absortos en inútiles trivialidades, con el único interés puesto en mantener su comodidad y el autoengañarse creyendo que todo va bien.

«Nueva normalidad» «Feliz normalidad», donde los medios de comunicación nos venderán entusiastas los versos de Shakeaspeare de los que Huxley tomó el título para su novela, tejiendo una sociedad perfecta bajo la dictadura:

Oh qué maravilla!
¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
¡Cuán bella es la humanidad!
¡Oh, mundo feliz,
¡En el que vive gente así!

Pero, dictadores luciferinos, pueden meterse sus normalidades donde les quepan, porque nosotros queremos vivir, volver a sentir que somos seres humanos, únicos e irrepetibles, hijos de Dios, hechos por Él para la libertad, para la felicidad.

Y, si algo de nuevo queremos en esa normalidad, es que los gobernantes corruptos entregados al NOM se vayan de una vez, al inframundo de donde muchos han salido, a las mazmorras de la cárcel que se merecen… «Nueva normalidad» de un mundo sin psicópatas, sin dictadores, sin corruptos, sin masones, sin comunistas, sin globalistas, sin pederastas, sin narcoterroristas, sin milicianos ni chequistas, sin correveidiles de Lucifer, sin megamillonarios que camuflan sus fechorías con «filantropías»… Una «nueva normalidad» en la que Satanás vuelva al inframundo… o, mejor, que sea exterminado de una vez…

Que así sea, y así se cumpla.