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La nueva polarización, por John Carlin

Habría una cierta coherencia en que Donald Trump ganase las elecciones del 3 de noviembre. Cuatro años más de Trump en el manicomio en el que ha convertido la Casa Blanca entonaría con los tiempos locos que vivimos.

Entre el pandemonio babélico de las redes sociales, el reino de la posverdad (o el triunfo de la mentira), la sorda irrealidad en la que ha caído el fútbol y, por supuesto, el caos y la confusión que sigue sembrando el coronavirus, la polémica creciente sobre cómo combatir la catástrofe sanitaria y la catástrofe económica… entre tanto lío, ante semejante panorama, más apropiado sería tener a un hombre-bebé, a un buey naranja, a un ignorante histérico como líder de lo que una vez llamábamos “el mundo libre” que a un señor maduro, sereno y gris como Joseph Biden.

Veamos primero el fútbol, más consuelo y más refugio para más gente que cualquier otra religión. Ahora que solo podemos ver los partidos en televisión, los estadios se han convertido en pueblos Potemkin, pixelados para engañarnos de que están llenos. A esto se suman los sonidos falsos (generados por un técnico que hace lo que puede, pobre) de aficionados cantando o celebrando goles.

¡Y después están los resultados! ¿Vieron lo que pasó en la Premier, la Liga favorita del mundo, el domingo pasado? La anarquía. El Liverpool, campeón inglés y reciente campeón de Europa, perdió 7 a 2 contra el Aston Villa, que se salvó del descenso por un punto la temporada pasada. El Manchester United, derrotado 6-1 en casa (concepto ya irrelevante) contra el Tottenham.

No me digan que estas locuras futboleras no son otro síntoma del virus, a su vez una metáfora de cómo Facebook, Twitter, Instagram y tal han invadido, capturado y envenenado las mentes de media humanidad. El documental Dilema social de Netflix ofrece un demoledor testimonio de cómo los amos de las redes sociales se enriquecen a base de polarizar e idiotizar a los miles de millones de adictos que componen su clientela. El director del documental, aterrado, aconseja a la gente que abandone las redes sociales ya. Yo lo hice hace tiempo, pero sospecho que pocos seguirán mi ejemplo o el del director. Es un problema para el mundo, pero para mí también. No participo en la nueva normalidad tuitonta , con lo cual acabaré yo siendo el anormal, es decir, el loco. Pero sigamos.

La posverdad, hija de las redes sociales. Trump dio la nota de cómo iba a ser su presidencia (22.000 mentiras contabilizadas por The Washington Post en menos de cuatro años) cuando lanzó un tuit el día de su toma de posesión, en enero del 2017, declarando que una multitud “récord” había acudido al acto. Las fotos aéreas demostraron que muchísima más gente había celebrado la investidura de Barack Obama, pero a Trump ni se le pasó por la cabeza rectificar. Ni a sus fieles, el 40% del electorado estadounidense. Para ellos todo lo que dice Trump va a misa. Vemos algo parecido en el sacerdocio científico.

Oriol Malet (Oriol Malet)

En el mundo político de Estados Unidos coexisten dos mundos paralelos, cada uno con su verdad. Aunque hablemos de datos concretos, de números, no se ponen de acuerdo. La ciencia tampoco se pone de acuerdo respecto al coronavirus. No lo he visto tanto aquí en España, aunque se detecta una tendencia creciente, pero en el mundo científico anglosajón la polarización sobre cómo responder a la pandemia se vuelve cada día más agria.

Esta semana 6.500 científicos y médicos, la mayoría de Estados Unidos y el Reino Unido, firmaron una declaración en la que criticaron duramente la ortodoxia del confinamiento y la distancia social. La idea básica que proponen es que hay que aprender a convivir con la Covid-19 poniendo todos los recursos al servicio de los más vulnerables y a la vez dejando que la mayoría que no corre el riesgo de morir del virus siga con sus vidas según la vieja normalidad. El deseado fin es llegar cuanto antes a la famosa “inmunidad de rebaño”.

“Mantener las medidas de confinamiento hasta que una vacuna esté disponible causará un daño irreparable que afectará de manera desproporcionada a los menos privilegiados”, dice la declaración. “Las actuales políticas de confinamiento están produciendo efectos devastadores en la salud pública a corto y largo plazo. Los resultados incluyen un reducido índice de vacunación para niños, más enfermedades cardiovasculares, menos detecciones del cáncer y un deterioro en la salud mental, lo que conducirá a un mayor exceso de mortalidad en el futuro, con la clase trabajadora y los más jóvenes condenados a cargar con la mayor parte del peso”.

Naturalmente ha caído una tormenta sobre los firmantes de la declaración. Virólogos y epidemiólogos del bando institucional, los proveedores de la ciencia en la que se basa la mayoría de los gobiernos, han estado haciendo cola para denunciar su irresponsabilidad y su desconocimiento del virus, argumentando que si se implementan sus propuestas cientos de miles más morirán.

El problema es que la ciencia aún no existe sobre la manera más eficaz de luchar a la vez contra el virus, las enfermedades colaterales que fomenta y la pobreza. Con lo cual podemos pronosticar que la grieta que divide a ambos bandos se va a extender a la población general, que en los próximos meses la nueva polarización respecto a qué hacer con el maldito bicho será un reflejo de la polarización que hemos visto con el trumpismo, el Brexit, la independencia catalana y con la rivalidad Barça-Madrid.

Cada uno elegirá su bando según en parte su temperamento, en parte su experiencia personal. Conozco a un joven inglés que obtuvo un título en Ingeniería Mecánica en una buena universidad hace 15 meses. Desde entonces solo ha podido conseguir trabajo en bares, y últimamente ni siquiera. Sé en qué bando se posicionará él. Conozco el caso de una mujer que se murió de cáncer la semana pasada tras no haber podido acudir en abril a una cita que tenía programada para ver cómo evolucionaba su enfermedad. Sé cómo pensarán sus familiares, al revés, se supone, de aquellos cuyos padres o abuelos se han muerto del virus, de aquellos que tienen más motivo para pensar que morirán si se contagian, de aquellos que no temen por cómo van a dar de comer a sus hijos o de aquellos que son sencillamente más prudentes, que están menos en paz con los riesgos que depara la vida.

Con lo cual, como ya vemos en Madrid, griterío general garantizado. Bienvenidos al mundo Trump, a los tiempos que nos ha tocado vivir. Habrá más conflicto, más histeria y más locura. Mientras, Facebook, Twitter y compañía ahí seguirán, ganando dinero, haciendo lo que la tecnología permite para manipular, incitar y enredar al mundo entero.