Inicio Actualidad La opinión de Antón Losada: Luego no digan que no les avisaron

La opinión de Antón Losada: Luego no digan que no les avisaron

Si algo resulta fácil hoy en España es ir a un lugar donde te griten, te insulten y te impidan hablar. Ocho de cada diez españoles que sitúan a la crispación como problema lo saben. También Pedro Sánchez, a quien increpan en la Hispanidad, o los asistentes al acto en el centro cultural Blanquerna de Madrid, asaltados por la extrema derecha, la misma que aporrea valencianos en su fiesta, o Pablo Iglesias, vilipendiado en la estación de Sants o en Zaragoza. También lo sabe Albert Rivera. Por eso fue a Alsasua a denunciar que no le dejaban hablar. No hay que ser muy listo ni muy hábil para conseguir ese titular. En un país tomado por la crispación la intolerancia brota como las setas en otoño.

Pero Rivera acudió para algo más. Se presentó para hacerse el héroe ofreciendo más dureza y crispación. Se trataba de anotarse otra medalla en la carrera de la derecha española para ganar ese extremo donde se sitúa el 2% de su electorado. Santiago Abascal y los suyos reconocen que su discurso xenófobo y chauvinista es lo que piensan. Azules y naranjas dicen practicarlo por estrategia, para movilizar a los suyos e impedir su fuga a Vox; una afirmación que no sostienen los datos. En la escala entre 0 (extrema izquierda) y 10 (extrema derecha), el votante medio popular se sitúa sobre el seis y el naranja en torno al cinco. Sin embargo, ambos ubican a sus partidos casi dos puntos a su derecha. No son los electores quienes tienen proximidades con Vox, son los dirigentes. Cuando hablan de fuga de votos, en realidad, se refieren a ellos mismos.

El electorado de derechas español se percibe a sí mismo mayoritariamente tranquilo, sobrio, poco amigo de radicalismos, extremos y shows; incluso siete de cada diez están a favor de la subida del SMI o del IRPF a las rentas altas (encuesta del GESOP para EL PERIÓDICO). Creen que lo de Catalunya fue grave y merece castigo, pero no se van a ir a Vox para asegurarse de que así sea. Mariano Rajoy, que si conocía a sus votantes, lo sabía y por eso nunca se apuntó a semejantes desordenes. Pablo Casado, que solo conoce la burocracia del partido donde se ha movido toda su vida, lo ignora. Por eso, hasta seis de cada diez votantes populares creen que la extrema derecha avanza con Vox.

El elector conservador medio ni contemplaba votar a Vox. Han sido los líderes populares y naranjas quienes les han enseñado ese camino al acogerles como compañeros de viaje. Queriendo construir un muro de contención, los han metido dentro legitimando una opción que estaba fuera de la carrera. El infierno de los grandes partidos de derecha europeos está repleto de líderes convencidos que la mejor manera de parar a la derecha extrema era apropiarse de un discurso que acaba devorando cuanto toca. No es la primera vez que cometen ese error. En el final de ‘Cabaret’, el protagonista le pregunta a su aristócrata amigo alemán, complaciente ante la pujanza de los jóvenes nazis, si realmente estaba seguro de poder pararlos después. Ya saben qué pasó.