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La pequeña revolución de miles de mujeres en Virginia

No fue más que una gamberrada hecha a destiempo en un arrebato de frustración, pero aquel gesto acabó a la postre cambiando su vida. El 8 de noviembre del 2016, Kim Drew Wright llegó a su casa deprimida y con alguna copa de más tras ver junto a sus vecinos cómo Donald Trump rompía las encuestas para hacerse con la presidencia de Estados Unidos. “Me sentía como si hubiera muerto un ser querido, todo bastante trágico y surrealista”, recuerda ahora con una sonrisa de adolescente traviesa. Aquella misma noche salió al jardín con un rotulador y, pasadas las dos de la mañana, colgó un cartel que decía: “Donald Trump es un cretino”.

Wright vive en un suburbio acomodado del sur de Virginia, un bastión conservador a las afueras de Richmond que tiende a votar republicano. De ahí la sorpresa que se llevó al día siguiente, cuando varios vecinos le pararon para darle la enhorabuena y agradecerle la pintada. Envalentonada por aquella reacción, convocó en su página de Facebook una reunión para discutir el resultado electoral. “Pensaba que vendrían unos pocos amigos cercanos, pero se presentaron unas 90 personas y algunos condujeron hasta una hora para llegar hasta allí”, dice esta ama de casa de 47 años que, hasta hace poco, dedicaba todo su tiempo a cuidar de sus hijos y a escribir relatos en sus ratos libres.

Aquel fue el bautismo de las Mujeres Liberales de Chesterfield County (LWCC, de sus siglas en inglés), una organización que está cambiando la política de este rincón de Virginia. Las 90 personas que asistieron a aquella primera cita se han transformado en casi 4.000 miembros, la gran mayoría mujeres. Un ejército de activistas demócratas que reparten propaganda electoral puerta a puerta, gestionan bancos de llamadas, manuscriben postales para los votantes, hacen lobi en el parlamento de Virginia o cuestionan a los candidatos republicanos en sus mítines. Para los conservadores se han convertido en tal incordio que el congresista Dave Brat llegó a suspender temporalmente los actos públicos de su campaña para la reelección. “Estas mujeres no me dejan en paz, vaya donde vaya”, dijo el año pasado.

Entrega casi total

Lo más interesante de todo es que muy pocas de ellas tenían experiencia política. Eran amas de casa, profesoras, abogadas, empleadas de banca. Algunas ni siquiera votaban. Pero aquel desinterés dio paso a una entrega casi total a la política, lo mismo que ha sucedido en otras partes del país desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. “Es su cruda misoginia lo que ha movilizado a las mujeres”, dice Wright. “Aquello de que puedo agarrarlas por el coño y besarlas porque soy famoso. O sus insultos a otros sectores de la población”. Grupos semejantes han nacido en otros estados y un número récord de mujeres compite en estas elecciones por cargos públicos.  

Kristi Glass fue una de las primeras en sumarse al proyecto de Wright. “Enseguida me di cuenta de que no iba a conseguir mucho ventilando mi malestar en Facebook. Tenía que involucrarme porque las políticas de Trump son aterradoras”, dice a sus 34 años. Su activismo no ha pasado inadvertido en las filas del Partido Demócrata, que confía en la movilización de las mujeres de los suburbios para recuperar la Cámara de Representantes, especialmente en las universitarias.

Animales exóticos

Este sábado reciben al senador Tim Kaine en un colegio a las afueras de Richmond, el hombre que acompañó a Hillary Clinton como candidato a la vicepresidencia en las elecciones del 2016. Kaine les da las gracias por su trabajo y les recuerda que están logrando que distritos republicanos como este dejen de serlo. “Hasta hace poco a los demócratas se nos veía aquí como exóticos animales de un zoo”, les dice el senador. A esa transformación han contribuido los cambios demográficos. Chesterfield es hoy menos blanco de lo que era hace 15 años. Y por primera vez desde 1961, el condado ha respaldado a un candidato demócrata al cargo de gobernador, Ralph Northam, que acabó siendo elegido el año pasado.

Tras recibir al senador Kaine, la fundadora de LWCC atiende a una periodista belga y se va con otras mujeres a repartir propaganda electoral en un mercado. “Estos dos últimos años han sido como una novela distópica mal escrita”, dice Wright. “Cada día es más surrealista. Todo lo que sale de la boca del presidente parece un sketch de un programa de humor. Sería un chiste si no tuviéramos que vivir con él”.

A su lado tiene a Uva Branham, una pensionista de 74 años que también ha aparcado su vida normal para liderar dos grupos de activistas de LWCC en su barrio. Dice que era su deber cívico porque teme por el futuro del país. “La polarización es alarmante. No recuerdo tanto odio como el que vemos hoy. Se está expandiendo como un cáncer”. Como les sucede a tantas otras mujeres, Trump ha dado un nuevo sentido a su existencia. “Nunca me he sentido tan cansada en mi vida, pero tampoco nunca me he sentido tan útil”, dice Branham.