La poesía religiosa de un joven contracorriente

Poeta que temió que expresarse en verso fuera compararse, de alguna manera, con aquellos que leía con fruición: Siglo de Oro, Cernuda, poesía mística… Cauto desde adolescente y juicioso con 25. Álvaro Petit Zarzalejos (Bilbao, 1991) acaba de publicar La senda oscura (Vitruvio), un libro atado a la tradición, recorrido de cabo a rabo por reflexiones sobre el hecho religioso. Petit, para explicar su poética, se ampara en la voz de Antonio Machado: “No desdeñéis la palabra; el mundo es ruidoso y mudo, poetas, sólo Dios habla”.

Nada contracorriente, cree, cuando cuenta que entiende la poesía como una forma de conocimiento, de meditación, y no como una necesidad expresiva. Que se siente más próximo a la obra de Julio Martínez Mesanza, a quien le dedica un poema y llama maestro, que a cualquiera de sus coetáneos. “Los que, por edad, serían mi generación, demuestran una sensibilidad más bien heredada de la nueva sentimentalidad de Luis García Montero”, dice, e incluye en ese rango a los patarrealistas salvajes —hacedores de verso gamberro, los autodenominados Dolly Parton de la poesía— y, en otro extremo pero de la misma cuerda, al recientemente galardonado con el premio nacional de poesía joven Constantino Molina. “Con esto no pretendo insinuar en absoluto que lo que hago sea mejor o que una de las corrientes esté equivocada, leo mucha poesía contemporánea nacional con gusto, a gente como Marta Asunción Alonso o Paula Bozalongo, pero no es mi idea”.

Considera Petit esencial esa búsqueda en la que se halla tan inmerso que sus dos libros anteriores le resultan ya ajenos, un “desgarro impúdico”; pretende, como estima que todo escritor joven debe hacer, alcanzar una “voz propia, una que no destaque por asemejarse a otra que es en realidad mejor que la tuya”.

En los poemas de La senda oscura, que sí son él ante el espejo, la vida aparece recurrentemente como un camino interrumpido, como la inmensidad o la nada que cabe antes de un “túmulo tan alto que hiende el cielo”, y el amor se cuenta a través de la ausencia, del desapego y de figuras como el martirio o la corona de espinas.

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