La prueba de fuego para Texas

El Harvey giró al este hacia Luisiana y en Nueva Orleans se levantó un aire muy agradable que despejó el bochorno veraniego del Misisipi. Pero al ocurrir el mismo día que el aniversario del Katrina, el día 29 de agosto del 2005, con un balance de 1.833 muertos, no pudo sino despertar fantasmas. Las calles del centro estaban vacías. “La gente está en casa recordando lo que pasó y hay un poco de trauma”, dijo el camarero de una cafetería en el rehabilitado Warehouse District ante la ausencia de clientes.

Aunque el balance mortífero será mucho menor –una cuarentena de muertos hasta la fecha–, el trauma para los afectados en Houston será duro también. Y tanto más porque Texas es el estado de EE.UU. que menos gasta por habitante en tratamiento de enfermedades mentales. Todavía será peor para los niños, como Jordyn Grace, rescatada tras agarrarse al cadáver de su madre ahogada. Texas tiene el mayor porcentaje de menores de edad sin seguro médico de EE.UU.

El huracán Harvey puede ser la prueba de la hipótesis de la periodista canadiense Naomi Klein en su libro Esto lo cambia todo. “Las cosas que debemos hacer ante el reto del cambio climático están en conflicto con el modelo de capitalismo desregulado en boga desde los años ochenta”. Texas, ultraliberal en su gestión del suelo, neoconservador en su desprecio por los controles medioambientales, con los impuestos más bajos y los servicios públicos –como la sanidad– más salvajemente recortados, puede ser el laboratorio perfecto. Es más, Texas es el estado que emite más gases de invernadero por habitante del país.

Una planta petroquímica tuvo que ser evacuada por dos explosiones

Lo primero que se pone a prueba tras el paso del Harvey es el modelo texano de liberalizar el suelo e impulsar el crecimiento económico en una frenética construcción de viviendas. Houston recibe 100.000 nuevos residentes al año, fruto del éxito de la creación de empleo en el estado (uno de cada dos de los puestos de trabajo nacidos después de la crisis del 2009 hasta el 2015 eran en Texas). Se espera que la población de se duplique antes del 2040. Estos nuevos residentes suelen comprar casas unifamiliares en las afueras que se extienden por un área inmensa de más de 1.000 kilómetros cuadrados. Es decir, un 20% más grande que Los Ángeles, la ciudad habitualmente identificada con la s prawl (expansión urbana) de la ciudad estadounidense. El proceso “empieza con la especulación del suelo y luego los inmobiliarios intentan convencer a los concejales para que construyan una carretera. No hay normas para el uso del suelo, es fácil construir y extremadamente barato”, escribe Gail Collins, la columnista de The New York Times en su libro As Texas goes.

Esta expansión de mancha de aceite ha destruido grandes áreas naturales que absorbían el agua en la red de riachuelos sobre la que se levanta la metrópoli texana. Según un informe de la universidad A&M de Texas, el 30% de las áreas húmedas naturales se han perdido desde 1992 y la superficie asfaltada ha subido un 25%. Más de 7.000 viviendas se han construido desde el 2010 en áreas de Houston consideradas vulnerables a los grandes diluvios cada 100 años. El Ayuntamiento de Houston calcula que la restauración de 100 hectáreas de humedales contrarrestaría el riesgo de inundación causado por cada 200 hectáreas urbanizadas. Pero en Houston el gobierno local jamás se atrevería a parar los pies a los inmobiliarios. Ni a las empresas contaminantes en las afueras petroquímicas de la ciudad, donde una fábrica de plásticos de una multinacional francesa estaba a punto de saltar por los aires ayer debido a la inundación. La empresa –Arkema– tuvo que ser evacuada después que se registraran dos explosiones en su planta inundada. Las autoridades locales dijeron que el humo no es tóxico, pero avisaron de la posibilidad de más estallidos. Texas es el estado número uno en contaminación tóxica y tiene el agua de peor calidad del país.

Uno de cada tres propietarios no tiene seguro, y dependerán de la arruinada FEMA

Las medidas de regulación y planificación para prevenir inundaciones brillan por su ausencia. Según un informe reciente de la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles, Texas “carece de un plan estatal de gestión de las llanuras de inundaciones de los ríos (…) los mapas están pasados de fecha y no definen adecuadamente el riesgo de inundación”. Aún más chocante es la ausencia de recursos públicos para hacer un seguimiento del clima. Según denunció el Houston Chronicle en el 2011, el departamento de climatología de Texas “tiene una plantilla de sólo tres estudiantes trabajando a tiempo parcial”.

El huracán también ha puesto de manifiesto un “fallo de mercado” difícilmente explicable en los manuales ultraliberales de los republicanos de Texas. Uno de cada tres propietarios de las viviendas inundadas no tiene seguro. Según las aseguradoras privadas, el coste de las primas sería prohibitivamente alto. Por eso, la única entidad que puede ayudar es la Administración Federal de Gestión de Emergencias (FEMA), creada durante el New Deal de Roosevelt, y despreciada por los republicanos de Texas. Pagará 250.000 dólares por cada casa destruida. Pero hay un problema: la FEMA está casi en la bancarrota. Tras pagar 130.000 millones en indemnizaciones después del Katrina, debe 17.000 millones de dólares al Tesoro. Hay que inyectar dinero. Pero, bajo las presiones del nutrido grupo de republicanos de Texas, el Congreso en Washington se niega.

Lo que se suele decir en Texas es que la filantropía y la caridad funcionan mejor que los servicios públicos. Las grandes empresas de Houston –lideradas por Chevron, ExxonMobil y Dow Chemical– han anunciado esta semana donativos de 65 millones de dólares para ayudar a afrontar los costes. Pero, según explicó ayer The New York Times, la generosidad del fisco del estado de Texas es mayor. Las mismas empresas se han hecho con más de 7.000 millones de dólares en desgravaciones tributarias. Son las deducciones más grandes de EE.UU.

En cuanto a la famosa caridad texana conviene recordar lo que ocurrió tras el Katrina. Entonces, la ciudad de Houston alojó a 200.000 desplazados de Nueva Orleans. Un ejército de voluntarios acudieron al refugio improvisado en el enorme estadio Astrodome para ayudar. ­Pero la bondad humana siempre se agota. Un año después, más de 150.000 afectados de Nueva Orleans todavía estaban alojados provisionalmente en Houston, y el congresista republicano John Culberson denunció: “¡Ya va siendo hora que esa gente regrese a casa!”.

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