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La Rambla se queda sin sus olas de colores

¿Tiene algo que ver el pavimento de la Rambla de Barcelona y Copacabana? Sí. Por lo menos, hasta que la reforma del paseo presentada este viernes por el equipo de la arquitecta Iztiar González se haga realidad. Las losas que reproducen un motivo de olas marinas que ascienden desde Colom hasta la plaza Catalunya, una de esas ideas de la ‘qué bonita es Barcelona’ del porciolismo y que ahora serán sustituidas, tienen una historia que se remonta a la plaza del Rossio de Lisboa, pasando por los paseos marítimos brasileños y de Alicante y por la campaña de un columnista que quería una “Rambla de Colores” y al que por suerte solo le compraron la idea de plagiar las olas en el suelo. Porque tenía otras mucho, mucho peores.

Todo empieza, explica Danae Esparza en su libro ‘Barcelona a ras de suelo’, con la decoración en forma de olas de la plaza del Rossio de Lisboa, elaborada con la técnica de la ‘calçada portuguesa’, ese mosaico de adoquines negros y blancos que copiaron en 1881 en Oporto, en 1901 en Manaos y en 1907 en Río de Janeiro. Y que reaparece en el marítimo de Alicante.

Y aquí es donde entra una campaña del tradicional columnismo barcelonés acostumbrado a dictar actuaciones municipales. Noel Clarasó se pasa casi una década dando la tabarra, desde 1961 hasta que le hacen caso 1969, pidiendo esa Rambla de Colores, una vez se ha conseguido suprimir la fealdad del tranvía (la reforma del paseo en el desarrollismo pasaba por suprimir transporte público y facilitar el paso del coche; la de ahora, con la boca pequeña, parece que va en el sentido contrario). “El piso es gris. ¿No sería más bonito de colores?”, planteaba. Y propone el modelo alicantino.

El actual pavimento tiende a partirse, como las contemporáneas baldosas gaudinianas del paseo de Gràcia que también fueron sustituidas

“Aunque las franjas onduladas de la coloración de la Explanada alicantina dicen algunos que marean un poco. Yo no lo digo, porque a mí me gustan y no me marean”. Así argumentan los influencers de los 70 (¿lo harán en 3, 2, 1, algunos de hoy?). Por suerte, le hicieron caso con las ondas, con el diseño de Adolf Florensa y Jordi Ros aplicado entre 1969 1978 pero no con el resto de su propuesta. Que todos los hierros de los balcones se pintaran del mismo color “pero no de negro, sino de un color alegre: blanco amarillo o naranja”. Y no solo eso: “Que los boridillos de las aceras se hicieran también de color (…) Yo proponía un azul de cocina, que es azul de orilla del mar. Al fin y al cabo las Ramblas son un paseo que desemboca en el mar”. Sí: una paleta de colores marinera, digna de los chiringuitos de la Barceloneta pintados con Titanlux. Horror.  Se optó por el vibrazo de la casa  Escofet, la versión para exteriores del terrazo que plagaba los suelos de las viviendas de la época. Más setentero, con toque arte cinético incluido, imposilble.

La sustitución de las losas de vibrazo de la Rambla tienen un precedente en el cambio de las losas gaudinianas del paseo de Gràcia. La versión también porciolista de esas baldosas hexagonales tenía un problema: demasiado grandes, tenían a partirse por la mitad. Se sustituyeron por otras más pequeñas y resistentes (y que de hecho, eran más fieles al original de Gaudí). Lo mismo que les sucede a las de la Rambla, contemporáneas de aquellas baldosas azules del paseo de Gràcia: además de que las reparaciones han hecho que las olas se hayan convertido en un puzle de diversos tonos (rematado por el sarampión de chicles fosilizados en gris), muchas de ellas están quebradas. La solución: el nuevo pavimento, a franjas y que unificará aceras, calzada y paseo central, estará compuesto de piezas de 20 por 30 centímetros, más resistentes. Tamaño tocho. Del vibrazo setentero, al adoquín sostenible.