La reforma sanitaria de Obama resiste gracias a la división republicana

Donald Trump prometió que, con él en la Casa Blanca, los estadounidenses se cansarían de lograr tantas “victorias” y serían mucho más felices. En sus primeros 100 días como presidente, iba a tener encarrilada una reforma para “derogar y reemplazar” Obamacare, pilar del legado de Barack Obama. Ese era el sacrosanto compromiso de los republicanos desde la aprobación en 2010 de la ley sanitaria. Pero cuando Trump lleva más de 240 días en el Despacho Oval, Obamacare resiste con fuerza y los intentos de contrarreforma se desvanecen. El mandatario, que alardeó de ser el “gran negociador”, y su partido no desean otra cosa que pasar página.

No habrá ninguna tentativa republicana de cambiar la ley sanitaria en el horizonte cercano. Tras sumar un nuevo fracaso por la falta de votos en sus filas, la cúpula conservadora del Senado anunció el martes que posponía indefinidamente su propuesta y que se centraría en tratar de aprobar una rebaja fiscal.

Los ocho meses de batalla por el modelo de salud dejan magullado al Partido Republicano, dividido entre facciones e inmerso en una introspección ante su incapacidad de cumplir sus objetivos pese a gozar de mayoría parlamentaria. También debilita a Trump pese a que ha tratado de culpar del fracaso a los republicanos del Senado. Y refuerza a los demócratas, Obama, grupos de pacientes y activistas de la llamada “resistencia” contra Trump que se han volcado en hacer naufragar la contrarreforma.

“El legado de Obama es haber cambiado la agenda. Eso es muy importante en política”, destaca George C. Edwards, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Texas A&M. El experto subraya que ahora, a diferencia de 2009 cuando el expresidente promovió su reforma, ya no se cuestiona si es necesario regular la sanidad si no cuánto.

Tras siete años equiparando Obamacare a un monumento a la ineficiencia burocrática, tras la llegada de Trump en enero a la Casa Blanca, los republicanos afrontaron su “responsabilidad”. “Descubrieron”, señala Edwards, que era “muy difícil” cambiar el modelo sanitario y que, pese a sus defectos, muchos ciudadanos valoran el Obamacare, que dio seguro médico a 20 millones de personas que no tenían y expandió protecciones.

Trump, que busca desmantelar toda la arquitectura de Obama, y los líderes republicanos aseguran no tirar la toalla. “Tenemos los votos, pero no para el viernes”, dijo este miércoles el presidente a la prensa y confió en poder votar a principios de 2018, lo que parece improbable. Avanzó que hasta entonces podría firmar un decreto para hacer retoques a Obamacare y tratará de llegar a un acuerdo con los demócratas en sanidad.

Hasta el 30 de septiembre, los republicanos podían aprobar por mayoría simple su propuesta sanitaria en el Senado al tramitarla como una ley presupuestaria. Solo podían perder el apoyo de dos de sus 52 senadores, pero al menos tres se oponían a la ley por considerarla demasiado agresiva o cauta. A partir de octubre y hasta que finalicen su reforma fiscal, necesitarán al menos 60 de los 100 escaños para aprobar la ley sanitaria. Eso implicaría claudicar y alcanzar un difícil pacto con la oposición demócrata.

“Espero que esta decisión signifique que los republicanos descubran que deben rendir cuentas a la gente que sabe cómo es preguntarse si serán capaces de pagar para una operación que salvará la vida de su hijo, y ese grupo de gente incluye a todo tipo de personas del espectro político”, reclama Kaeley Pruitt-Hamm, de 27 años, que recibe su asistencia médica principalmente de Medicaid, el programa público para personas pobres o discapacitadas.

La joven sufre dos enfermedades crónicas (síndrome de taquicardia postural ortostática y de activación de mastocitos) que debilitan su sistema inmunitario y teme que sin Obamacare no podría pagarse su sanidad, que ya le cuesta 2.000 dólares al mes.

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