La revolución catalana

“Puedes encarcelar a un revolucionario, pero no puedes encarcelar la revolución”
Huey Newton.

Según las estadísticas de las investigadoras Maria Stephan y Erika Chenoweth, citadas por Jesús Castañar en Teoría e historia de la revolución noviolenta, durante el siglo 20, las revoluciones ídem han triunfado en un 60% mientras que las violentas lo han hecho sólo en un 30%.

En todas las revoluciones que en el mundo han sido y son desde la calle, con éxito y sin él, hay un denominador común que consiste en una reivindicación social a un sistema de leyes y poderes que ya no responden ni -mucho menos- satisfacen a realidades cambiantes y evolucionadas. De grandes revoluciones han salido grandes leyes; recuérdense los precedentes del voto femenino interruptus del siglo pasado y el matrimonio homosexual de éste, a pesar del Partido Popular.

La revolución que respira del pueblo, de la gente, se nutre de sus anhelos y necesidades, crece con ellos y se manifiesta con una contundente llamada de atención a sistemas, instituciones y poderes que ya no representan a esa sociedad. Piden al sistema atención y ayuda, porque su nueva realidad necesita su ordenamiento institucional correspondiente para que el cambio fluya por cauces ordenados. Por eso, tribunales y fuerzas de seguridad del sistema, del Estado, nunca estarán con las revoluciones y sus impulsores y seguidores, sino con aquello -el sistema- de lo que forman parte. No esperen, pues, los revolucionarios o defensores de democracias al servicio de la gente apoyo de un sistema que trata de perpetuarse por puro reflejo acomodaticio y, en el caso que nos ocupa, por interés partidista y/o personal, enfrente del sentir legítimo de la revolución.

¿Son entonces más democráticos los sistemas instaurados caducos o las revoluciones que los cuestionan amparadas en una base social incuestionable en su magnitud? ¿Es más democrático votar libremente el 1 de octubre en Catalunya o no hacerlo sin libertad porque lo ordena -bajo amenaza- el sistema? La reivindicación de una aplastante mayoría en Catalunya (80%) pidiendo ese voto, esas urnas, ha adquirido ya el estatus de una de las grandes revoluciones del siglo 21 en España, muy similar a la inconclusa del 15-M. Sólo la ceguera, cerrazón e ineptitud política de quienes nos gobiernan y de quienes manejan los mismos intereses del ordeno y mando propios de un poder fosilizado, tan alejados de la seducción, la empatía y la Política con mayúsculas, niegan una realidad que por cambiante debería ser abordada con la forma exquisita del que trata de entender y acaba entendiendo y/o compartiendo porque pone todo de su parte; cuerpo y alma, noche y día, que eso y no otra cosa es la vocación política, de servicio público. Y del entendimiento a la solución, nunca definitiva, naturalmente, porque las sociedades son cambiantes y hay que darles respuestas de continuo.

La única certeza que tenemos ahora no es que Catalunya quiera ser independiente, sino que quiere votar y frente a ese anhelo legítimo, el Estado capitaneado por Rajoy ha respondido a parte de su pueblo con una guerra sucia (operación Cataluña) con el dinero de todos, bloqueos, amenazas, denuncias, cárcel, boicots, multas, veto de actos y la promesa de las Diez Plagas bíblicas sobre Catalunya, generando, además, una gigantesca ola de simpatía del resto de España hacia el pueblo catalán. No busquen, por cierto, la plasmación de esa simpatía en los medios de comunicación deudores del Ibex que mueve los hilos del Gobierno: búsquenla en la calle, en los bares, en las redes, en los supermercados, en las puertas de las guarderías, en los exteriores de los colegios, interior de universidades o en las plazas de los pueblos.

Fue Pepe Bono quien en Castilla-La Mancha, cuando la presidía y colaboraba yo con él empotrada para un libro de cara a sus siguientes elecciones, se plantó ante uno de sus consejeros, que insistía en que no podía hacer algo que le había pedido una asociación de vecinos porque “la ley [autonómica] lo impide”, y le espetó (como era aquel Pepe): “No me vengas con la ley, la ley… Las leyes se cambian cuando se demuestra que no sirven a la gente; son para resolver la vida de la gente, no la tuya”. No sé que pensará Bono ahora, es posible que dijera esto porque había una periodista delante y el exministro no daba puntada sin hilo, pero es un hecho que aquel presidente pasaba más tiempo en las calles de los pueblos que en un coche oficial. Pongo este ejemplo, además, porque podría apelar a otro previsible y más ajustado al tópico del político revolucionario, pero la realidad es menos romántica que todo eso.

Un político (no una burda réplica con barba) está para resolver problemas, no para crearlos; y en Catalunya, hay un problema porque la ausencia intencionada de voluntad política, el desprecio por la voluntad popular y sus representantes, el autoritarismo de la derecha más rancia, los métodos delictivos y fascistas ejercidos desde las cloacas de Interior y una propaganda excluyente del que piensa distinto han creado el caldo de cultivo de una revolución no violenta (salvo cuatro tarados/as, de momento) que ya no tiene marcha atrás. Y es una revolución hermosa porque pide ejercer un derecho hermoso: votar. Nada más y, sobre todo, nada menos.

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