“La sobreactuación no da más razón a unos ni esconde la responsabilidad (vergonzante) de otros”

Dado que la política es siempre una representación, la muerte –como verdad incontestable– tiene el poder de detener la función unos instantes y de recordar a público y actores que estamos en un teatro y que la vida –como decía al poeta– está en la calle, pasando frío. El fallecimiento de Rita Barberá provoca que las luces de la sala se enciendan durante unos minutos, mientras el personal no sabe qué hacer. Pero el desconcierto dura muy poco: rápidamente, todo el mundo vuelve a su lugar, se ilumina el escenario y la difunta pasa a ser un asunto más de los diálogos de los personajes. La muerte y sus rituales generan un teatro dentro del teatro, porque el espectáculo debe continuar, como cantaba Freddie Mercury, desaparecido hace ya un cuarto de siglo. Si el espectáculo pasa por las urnas, eso es todavía más cierto.

En todas las guerras, los bandos acostumbran a conceder al enemigo el derecho de enterrar a sus muertos con tranquilidad. Es cierto que, a veces, esta regla no se cumple, sólo hay que pensar en las fosas de nuestra guerra civil; en ciertas luchas encarnizadas, cuando los odios son de plomo, se aprovecha incluso el funeral de turno para atacar a los otros, como ha pasado en entierros de organizaciones mafiosas, terroristas y similares. La política –si cambiamos la frase de Clausewitz– es la continuación de la guerra por otros medios y, por lo tanto, tiene con la muerte una relación equivalente. Por eso, lo más interesante de las últimas horas es observar lo que técnicamente se denomina “fuego amigo”. Incluso más que los intentos (poco elegantes) de la dirección del PP de establecer un marco de interpretación según el cual los medios y la oposición son culpables del final repentino de la exalcaldesa. “Video killed the radio star”, cantaban The Buggles cuando servidor era un preadolescente.

El respeto a los muertos es prepolítico, algo que Iglesias no ha querido saber ahora ni los populares quisieron saber cuando falleció Labordeta o cuando se menciona a Companys. Sectarismos cruzados. En cambio, el alcalde de Valencia, Ribó, ha sido impecable, como han estado muy bien escogidas las palabras del diputado Rufián para explicar que cada momento exige una determinada actitud. La muerte no mejora la trayectoria de Barberá, pero la sobreactuación no da más razón a unos ni esconde la responsabilidad (vergonzante) de otros. La política sin compasión conduce al canibalismo.

Dicho esto, haríamos un mal favor a la verdad si no recordáramos que todos los muertos no son iguales. Hay excepciones. Por ejemplo: la muerte de cualquier dictador provoca una alegría que, obviamente, no debe ser disimulada: por eso –desde los tiempos de Pericles– hay que saber administrar los lutos, los homenajes, las indignaciones y los panegíricos. Por respeto a los vivos.




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