La última estancia de Picasso en Barcelona

Cinco mil francos por sus creaciones y otros mil para sufragar el viaje a Roma, donde la compañía de los Ballets Rusos se encontraba ya de gira. Eso es lo que Picasso pidió por carta a Serguei Diáguilev para cerrar el acuerdo que lo traería finalmente a Barcelona, ciudad donde había residido durante sus años de formación, con idas y venidas, de 1895 a 1904, cuando se estableció definitivamente en París.

En enero de 1917 Picasso ya se había convertido allí en una figura, pero no era el mejor momento para estar en la capital del arte: las trincheras en las que se prolongaba la sangría de la Primera Guerra Mundial se encontraban como aquel que dice a la vuelta de la esquina, en la ciudad faltaba el carbón y aquel invierno resultó particularmente frío, no eran fáciles de conseguir tampoco los utensilios de pintura. Además, sólo permanecían en París los artistas extranjeros, los demasiado viejos o enfermos para luchar o los heridos. Cuando Jean Cocteau le propuso participar en Parade, el ballet del que él mismo se encargaba del libreto y Erike Satie de la música, surgió la oportunidad de marchar a Italia…

… Y de conocer allí a una joven bailarina de la compañía: Olga Khokhlova, quien un año más tarde se convertiría en Madame Picasso.

JUNIO

Olga Khokhlova tenía grandes ojos verdes y un carácter de aquí te espero y supo jugar con la naturaleza ardiente del artista. Nada más verla en Roma Picasso se había fijado en aquella bailarina rusa de orígenes aristocráticos, refinada y melancólica, diez años menor que él, pese a que la entonces prima ballerina, Alexandra Danilova, dijo de ella que “no era nada, bonita pero nada. No hemos podido descubrir qué vio Picasso en ella”. Fuese lo que quiera que fuese, cuando tras finalizar la temporada en París los Ballets Rusos emprendieron nueva gira y llegaron a Madrid, el pintor les acompañó. A principios de junio Picasso ya estaba en Barcelona, era el siguiente destino de la compañía, pero es que también la ciudad estaba en plena efervescencia: muchos artistas habían encontrado refugio huyendo de la guerra europea, como Robert y Sonia Delaunay, Olga Sacharoff y su esposo Otto Lloyd o Francis Picabia.

Al mismo tiempo se habían abierto nuevas galerías de arte, la Sala Dalmau o las Galeries Laietanes, que se sumaban a la conocida Sala Parés. Picasso desembarcó en este ambiente como una celebridad: se organizaban cenas y banquetes en su honor, asistía a encuentros y fiestas y sus movimientos eran seguidos por la prensa: El Poble Català recogió que “Pau R. Picasso és a Barcelona. La personalitat d’en Picasso, figura cabdal de l’art, és un motiu d’orgull per a nosaltres, els catalans. Car si bé Picasso és andalús, ont el séu temperament es formá fou a Barcelona. Sia aquest eco la benvinguda més coral i més entusiasta al mellor pintor espanyol, al que fa que Espanya no siga també una absenta en el grandiós evolucionar de l’art modern”.

También informó La Veu de Catalunya: “Es troba entre nosatres l’eminent artista en Pau Ruiz Picasso. No sabem a què es deu la seva visita, però hem sentit asegurar que ve per a treballar, parlant-se d’unes decoracions i d’interessants retrats encara que res no sabem en concret. Desitgem profitosa i agradable estada a l’admirable artista”.

Así, de recepción en homenaje y de ágape en cena transcurría el mes con algún desaguisado, como la bronca que a su costa que no por su culpa mantuvieron en la Llotja Miquel Utrillo y Eugeni D’Ors; el primero había organizado un almuerzo en honor a Picasso al que no había invitado al segundo. Otro banquete, en las Galeries Laietanes, acabó con el artista firmando en el libro de dedicatorias: Visca Catalunya y els meus amics. La estancia del pintor en la ciudad se prolongaba así más de lo previsto, de manera que tanto Olga Khokhlova como Diághilev le enviaron sendos telegramas desde Madrid reclamando su presencia en el estreno de Parade. Pero no todo eran fiestas, instalado en la casa de su familia en el número 3 de la calle de la Mercè tuvo tiempo de trabajar y pintar: Mujer con mantilla (Fatma), Arlequín y el dibujo preparatorio Cabeza de Arlequín.

Y, sobre todo, tuvo tiempo finalmente para ir a Madrid y regresar con Olga, quien se instaló, con el resto de la troupé de los Ballets Rusos, en el Hotel Ranzini, en el 22 del paseo de Colón, convenientemente a apenas una manzana del domicilio del pintor. Las representaciones en el Liceu se iniciaron el 23 de junio; Olga actuó días más tarde, en la obra Las mujeres de buen humor, que obtuvo buenas críticas como ya había sucedido en Madrid, donde, sin embargo, Parade sufrió tal varapalo que Diághilev decidió no volver a programarlo, para decepción de los aficionados barceloneses. A ello se sumó una disputa entre el empresario y su principal bailarín, Nijinsky, quien abandonó la ciudad precipitadamente. No, no todo fueron triunfos para los Ballets en esta primera temporada en Barcelona.

JULIO

El romance entre Pablo Picasso y Olga estaba ya tan asentado que cuando el 4 de julio los Ballets Rusos partieron para su gira americana ambos se quedaron en Barcelona. En la calle de la Mercè residían la madre del pintor, Doña María Picasso, su hermana Lola Ruiz Picasso, el esposo de esta, Juan Bautista Vilató, y sus sobrinos Juanín y Josefín; con todos ellos se fotografió en la azotea de la casa. Como era de esperar, Picasso presentó a Olga Khokhlova a su familia. Si algo le había quedado claro al malagueño es que con las mujeres rusas uno no tonteaba, sino que se casaba, tal como le había advertido Diáguilev. Pero el matrimonio en este caso tampoco sería garantía de éxito. Con muy buen tino, la madre del pintor expresó sus pocas esperanzas en la pareja: “¡Pobre muchacha! No sabes bien en dónde te vas a meter. Si yo fuese tu amiga te diría que no lo hicieses bajo ningún concepto. No creo que haya mujer que pueda ser feliz con mi hijo. Es capaz de darse a sí mismo, pero no a otra persona”.

La pobre muchacha sin embargo ya no estaba en condiciones de volver atrás: la Revolución Rusa la había dejado sin nacionalidad, y sin papeles no podía volver a París. Dependiente por completo del pintor, acompañaba a este en sus paseos por la ciudad y posaba para él mientras esperaba que los amigos franceses pudieran resolver su situación administrativa. Pablo Picasso seguía saboreando las mieles de su popularidad, invitado a cuanta velada, festejo o celebración artística tuviera lugar en Barcelona. Así, el 7 de julio, coincidiendo con el cierre de la Exposition d’Arts Français, un banquete en el Grand Hotel del Tibidabo contó con la asistencia de lo más florido del arte nacional (Zuloaga, Oleguer Junyent, Ramon Casas Sert, Rusiñol y Picasso) y acabó en juerga de las gordas para regocijo de la prensa: “Todo era algarabía y confusión. Tocaban a la vez los músicos de la cobla, el organillo, el órgano de la iglesia, el piano del concierto, la guitarra de los gitanos y el esquilón” ( La Publicidad).

Quizás para descansar de tanto jolgorio Pablo Picasso y Olga Khokhlova marcharon el 14 de julio a Coma-ruga. Allí llegaron en tren y recorrieron en una tartana los ochocientos metros que separaban la estación del Gran Hotel Balneario Oriental Miramar, aún se conserva la factura a nombre del pintor. El total ascendía a 25 pesetas con 75 céntimos sin comida.

AGOSTO – SEPTIEMBRE

Varados en Barcelona a la espera de los papeles para Olga, Picasso pintaba, hacía turismo, se reunía con sus amigos y visitaba a su novia en el hotel Ranzini. Ambos se fotografiaron mutuamente en el balcón de la habitación de la bailarina, en el paseo de Colón, también en los tinglados del puerto, La Rambla y el Tibidabo, allí frente al Gran Restaurant, el mirador y delante de la puerta de la cripta del Templo Expiatorio del Sagrado Corazón. En julio Picasso había aprovechado la intensa actividad teatral de la ciudad par asistir al menos a un espectáculo, en el Tívoli, donde actuaba la cupletista Blanquita Suárez en La gatita blanca, que plasmó en un par de dibujos. Y seguía visitando a sus amigos, los de antes.

Pero sobre todo pintaba. En una carta enviada a Gertrude Stein el 8 de enero de 1918, el pintor afirmaba: “Je avais pas mal trabaillé en Espagne mais on n’a pas le droit de aporter ici de la peinture consideré com objet de luxe”. Esa es la razón por la que la mayor parte de las pinturas que realizó en estos meses en la casa de la calle de la Mercè y fueron cambiando de hogar con la familia Vilató-Ruiz. Sí consiguió exportar el retrato de Olga con mantilla y tres cuadernos de dibujo.

OCTUBRE

Olga, la mujer por la que permanecía en Barcelona a la espera de los papeles que le permitirían viajar a París, fue uno de los temas que más pintó aquel verano, también las vistas desde el balcón de la joven, como recogió Ernest Ansermet en sus memorias: “En aquesta ciutat, jo vivía de nou en el mateix hotel que Olga, i teniem la visita quotidiana del pintor que, sigui des del balcó d’Olga, sigui des del meu, pintava el paisatge, es a dir, la columna erigida en honor a Cristòfor Colom que es veía des del nostre hotel, en un cel impresionista”. Se refería el autor a El paseo de Colón, una de sus pinturas emblemáticas de esta época.

El verano concluye con el artista pintando y disfrutando de la ciudad: el 14 de octubre asistió a una corrida de toros, en sus cuadernos dibujó todas las fases de la corrida, también al joven torero Camará.

La llegada pocos días antes de su cumpleaños (25 de octubre) de un telegrama de Diáguilev pondrá fin a estos momentos. El empresario le comunica que los Ballets Rusos han concluido su gira americana y en una semana estarán en Barcelona. Músicos y bailarines se alojarán de nuevo en el Ranzini.

NOVIEMBRE

El esperado ballet Parade se presentará finalmente en el Liceu el sábado 10 de noviembre ante lo más granado de la sociedad. Existía auténtica expectación por verlo, más aún tras la conmoción que había provocado en París y Madrid. Y en Barcelona sucedió lo mismo, la crítica no lo entendió y el público menos. En la página 19 de su edición del 11 de noviembre, La Vanguardia publicó una más que contundente crítica: “Si Parade está hecho en serio, hay que tomarlo á risa; si por lo contrario es broma á tal extremo llevada, pues es broma de mal gusto, sería cosa de pedir a Francia la extradición del autor, que es español”. Y concluía “una extravagancia que de ningún modo puede desear el público ver repetida”. Más claro, imposible.

Pero no todo iban a ser malas noticias: el 19 de noviembre llegó por fin la ansiada comunicación de que Olga tenía ya en Madrid la documentación oficial. Sin perder un momento, la bailarina y el pintor partieron el mismo día a la capital, junto con la compañía de Diáguilev, que había terminado su temporada en Barcelona. Y Picasso estaba también a punto de concluirla: el pintor y su futura esposa llegaron a París el 26 de noviembre. Picasso, viajó tres veces más a Barcelona, pero no volvió a vivir una estancia tan prolongada en la ciudad.

Este diario está reconstruido tomando como documentación los textos de Malén Gual, comisaria de la muestra en el Museu Picasso, y la cronología de Ricard Bru, incluida en el catálogo de la exposición.

Olga Khokhlova y sus paseos enamorados por barcelona

Pablo Picasso fotografió a su prometida, Olga Khokhlova, en la Rambla durante la estancia barcelonesa de ambos. La bailarina había llegado a la vida del pintor en un momento en el que este se estaba rehaciendo de sus últimos infortunios sentimentales y, ya con 36 años, deseaba estabilizar su vida. Olga tenía 25 y acababa de ser seleccionada por el bailarín Massine para un papel en Las mujeres de buen humor. Hija de un coronel cuya familia presumía de sus raíces en la pequeña nobleza rusa, el pintor y la bailarina se encontraron en Roma y apenas se separarían –Picasso aprovechó
la estancia en Italia para conocer Nápoles o Florencia, pero el contacto se mantenía. Cuando los Ballets Rusos acabaron sus representaciones en Barcelona, Olga
se quedó sacrificando su carrera para permanecer junto al pintor. Sus fotografías de aquellos meses en la ciudad muestran una mujer hermosa, elegante y enamorada. La historia no acabó bien.

Exposición: ‘1917. Picasso en Barcelona’

Comisaria: Malén Gual. Museu Picasso.

Barcelona. www.bcn.cat/museupicasso.

Del 26 de octubre al 28 de enero

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