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La última legislatura de la democracia y la corte golpista instalada en Suiza

En un discurso extraordinario, por su pulquérrimo respeto a la Nación y a la Constitución, el Rey abrió el miércoles 29 de noviembre la última legislatura de la democracia, si por tal entendemos el régimen que nace formalmente tras la masiva aprobación en referéndum nacional de la Constitución de 1978, necesariamente precedida por el referéndum para la Ley de Reforma Política en 1976 y las elecciones democráticas de 1977, ambas obra de Suárez, con el respaldo decisivo del Rey Juan Carlos I y el guion de Torcuato Fernández Miranda. La Transición se hizo «de la Ley a la ley». Nadie perdió con el cambio de régimen sus propiedades ni sus derechos civiles. En rigor, los aseguró en un Estado de Derecho plenamente europeo, que llenó los vacíos legales del régimen nacido de la Guerra Civil. Ese fue el milagro de la Transición, que el Rey supo evocar con melancolía.

Los valores perdidos del 78 y la corte de Puigdemont en Suiza

Esos valores del cuerpo político español, sujeto de nuestra soberanía en el régimen constitucional, han desaparecido, por obra y desgracia de Sánchez, un presidente del Gobierno que sólo ha llegado a serlo gracias a unos criminales cuyos delitos ha prometido borrar a cambio de sus votos. La cara de los reyes y la Princesa de Asturias, a pocos metros del Felón, tenían, como era obligado, un aire de funeral, de entierro, de despedida de una época extraordinaria de la historia de España, que los que la vivimos no olvidaremos, aunque el perjuro Sánchez tratará de borrar como sea.

No lo conseguirá. Pero, por si acaso, el Rey hizo bien en recordar las bases morales de aquel acuerdo nacional que ha durado 45 años, aunque su demolición por el partido de Zapatero y Sánchez empezara el 11M de 2004. Pudo rehacerlo Rajoy, con mayoría absoluta y más tras el golpe de 2017. No hizo nada, y la segunda parte de aquel golpe la estamos viviendo ahora. Sólo hay un cambio, pero sustancial: el presidente del Gobierno de España encabeza ahora el Golpe, y ha instalado en Suiza una corte en torno al rey Puigdemont y ha abierto por su cuenta un espurio período constitucional, cuya legitimidad ya no depende de los españoles, privados de su soberanía, sino de los golpistas de 2017 y de unos «verificadores internacionales», que siempre sirvieron al terrorismo etarra, gran aliado de Sánchez, y que, en la más grotesca clandestinidad, sólo les falta la capucha, sentarán las bases del régimen golpista. Todo esto sucede en España y la Unión Europea en 2023.

Un discurso del Rey para la historia

El discurso del Rey, tras el brutal eructo de Francina Armengol, fue una pieza de marquetería, habilidad carpintera de ensamblar piezas muy distintas con un propósito estético de conjunto, que, sin duda, consiguió. Pero su gesto y sus palabras tenían un aire testamentario, inevitable ante la presencia de Sánchez y la ausencia de sus cómplices en la demolición del orden constitucional y, por tanto, de la monarquía parlamentaria. Vale la pena leer sus partes sustanciales, por si fuera el último del régimen del 78.

Tras los saludos protocolarios al presidente del Gobierno, ministros y diputados, el Rey se refirió a la función esencial de la Corona, uniendo sutilmente el juramento de la Constitución por la Princesa de Asturias y el ejercicio del voto por primera vez en las elecciones generales y, ojo, antes en las municipales y autonómicas, que arrojaron un resultado muy distinto:

«Ante estas Cortes Generales, el pasado 31 de octubre, la Princesa de Asturias prestó el juramento previsto en la Constitución, como Heredera de la Corona. Asumió así la responsabilidad institucional que le corresponde y proclamó su voluntad permanente deservicio a los españoles. Y hoy quiero agradecer el afecto recibido en este hemiciclo, así como también todas las muestras de apoyo de los ciudadanos en un día de tanta trascendencia para España.»

«Para la Corona, el juramento de la Princesa es condición de su continuidad en el desempeño de la misión asignada a la Monarquía Parlamentaria en la Constitución. Es, también, para el conjunto de las instituciones que integran el Estado, la celebración de un acto parlamentario mediante el que se hace pública la adhesión solemne de la Princesa a los valores y principios constitucionales. Significa, finalmente, para los ciudadanos, la certeza de estabilidad en el leal desempeño de las funciones de la Jefatura del Estado

En las elecciones generales del 23 de julio, así como en las municipales y autonómicas del 28de mayo, miles de jóvenes de la misma edad que la Princesa ejercieron por 1ª vez su derecho de voto. Un hecho −siempre emocionante en el plano personal− que supone, desde el punto de vista social, la ampliación y renovación de nuestra comunidad política. Nuestra vida colectiva se debe enriquecer con sus aspiraciones, necesidades e inquietudes.»

«Los jóvenes son quienes más desarrollan las energías sociales, impulsados por la ilusión de quienes tienen por delante un amplio horizonte y una capacidad natural de adaptación a los nuevos tiempos. El futuro siempre es promesa de algo mejor y nuestros jóvenes, que serán sus protagonistas, aspiran con todo derecho a esa mejora. Pero, para afrontar ese futuro con confianza, para afrontar una época de grandes cambios y transformaciones precisan de un marco democrático –como el que representa la Constitución– que les permita convivir y prosperar en libertad, y necesitan recibir una España cohesionada y unida

Para los etarras, comunistas y separatistas, la Transición fue un éxito de la nación española, que supo pasar del franquismo a la democracia sin desunirse. De ahí el elogio del Rey como modelo para nuestra democracia, que ni puede ni debe separarse de la continuidad nacional:

«Cada elección es resultado de un camino anterior; es la consecuencia de un devenir histórico en el que hemos ido configurando nuestra identidad. Desde hace siglos, España ha sido una realidad compartida y edificada por mujeres y hombres de diversa procedencia social o geográfica con ideologías distintas, pero con una idea común: un mejor país para todos.»

«Un país que en 1978 alcanza su mejor expresión en el entendimiento mutuo sin imposiciones ni exclusiones y en la voluntad de integración que enriquece, con la diversidad y el pluralismo, nuestro proyecto común, nuestro vínculo emocional y solidario como Nación. Esto fue lo que hicieron los españoles hace 45 años. Nos dejaron una Constitución, que es el alma de nuestra democracia y libertad, con un espíritu inclusivo de ideales y convicciones y un propósito común como jamás habíamos tenido. Una España serena, ilusionada, confiada en su futuro. Debemos honrar ese legado; un legado de grandeza, responsabilidad y sentido de la Historia».

«Reivindicar el profundo significado de aquel gran pacto entre los españoles que está en el origen de nuestra democracia no es, en absoluto, mirar atrás con nostalgia; sí es, en cambio, una orgullosa y consciente reafirmación de nuestras mejores capacidades como país y del mejor logro que ordena, en nuestros días, la vida de la sociedad española: la Constitución. Y por ello, debemos honrar su espíritu, respetarla y cumplirla, para hacer efectiva la definición de España como un Estado Social y Democrático de Derecho».

Decir «Estado de Derecho» es mentar la bicha al sanchismo, que está empeñado en su disolución, pero el Rey subrayó su carácter fundamental:

«Tres dimensiones de nuestro Estado que, como señalé ante estas mismas cámaras, en la apertura de la legislatura anterior, son los tres pilares esenciales, inseparables e indisociables entre sí de una misma realidad histórica y política, que es España, y que garantizan nuestra convivencia colectiva».

En fin, antes de declarar abierta la legislatura, Felipe VI recalcó:

«Nuestra obligación, la obligación de todas las instituciones, es legar a los jóvenes una España sólida y unida, sin enfrentamientos ni divisiones.»

Naturalmente, este discurso era una enmienda a la totalidad de la producción intestinal más que verbal de la presidenta del Congreso y al proyecto de Sánchez que, como ya se sabía entonces, sitúa la Jefatura del Estado en Suiza, en manos de un prófugo de la justicia y árbitros ocultos. Como si España no fuera Estado, sin Ley ni Rey, sino un baldío político en que edificar todas las fantasías totalitarias del Felón y de sus cómplices.

En general, no se apreció el discurso sino el gesto adusto del Rey, la reina y la Princesa. Pero yo creo que el mejor gesto del Rey fue su discurso.

Las crónicas diarias de la destrucción, como en la II República

Como sucede con las de la II República, sobre todo las de 1936, nada explica mejor la caída de un régimen que la crónica periodística que, al día, se hace de los sucesos políticos. Toda la prensa de derechas da cuenta, con todo detalle, del asalto a la legalidad por el gobierno del Frente Popular. Lo mismo sucede con el golpe de Sánchez al servicio de los golpistas de 2017. Estos son los impresionantes dos primeros párrafos de la crónica de las abdicaciones de Suiza, comparables a las de Bayona de 1808, que firmaban ayer en El Mundo Víctor Mondelo, Ángeles Escrivá y Manuel Marraco:

«El PSOE, el partido del Gobierno, inicia este sábado en Ginebra una negociación inhóspita e incierta con Carles Puigdemont sobre la celebración de un referéndum de independencia y la concesión de un concierto económico que permita a Cataluña recaudar el 100% de los impuestos para emanciparse fiscalmente del resto de España ya antes de lograr esa hipotética secesión, pues éstas son las exigencias «de máximos» con las que Junts acudirá a la cita.

Y con ello no sólo acepta la formación de Pedro Sánchez que la estabilidad del Ejecutivo descanse sobre un partido independentista radical dirigido por un prófugo de la Justicia que promovió el quebranto del orden constitucional para buscar la desmembración del Estado, sino que permite que la viabilidad de la legislatura dependa de los avances de unas conversaciones totalmente opacas, que se llevarán a cabo en el extranjero para impedir la detención de uno de sus promotores y que estarán supervisadas por un verificador dedicado a la mediación en «conflictos», como deseaban los secesionistas, para escenificar internacionalmente una negociación en plano de igualdad entre dos naciones.»

Todo está ahí. El partido en el Gobierno, no cualquier partido, ojo, acepta negociar en la más absoluta ilegalidad, que eso es la clandestinidad, ante unos mediadores ocultos que ya sirvieron a la ETA y cuyo contacto entre la banda, el centro Henri Durant y Puigdemont ha sido durante años Josep Lluis Alay, jefe de gabinete del prófugo y contacto fijo de Putin en Cataluña. Y lo que negocia el Gobierno es algo que no se sometió a las urnas en las pasadas elecciones de Julio, en cuya campaña Sánchez y los suyos tacharon de ilegal e imposible una Ley de Amnistía. O sea, que este no es un Gobierno salido de las urnas para hacer esto, sino lo contrario.

Si bien se mira, en Suiza hay dos «verificadores»: los que oculta el tinglado «Henri Durant» y Moscú, que está en todas partes. Todo se hace a espaldas de la Unión Europea, que considera a Putin lo que es, un brutal genocida, a espaldas de las Cortes y del Jefe del Estado, a espaldas de la oposición, a espaldas, en fin, de toda legalidad, española o europea. Nunca un Gobierno se ha zambullido más hondo en el fango del delito que este recién nacido de Sánchez, que dice que Israel está fuera de la legalidad internacional, cuando el que coloca a España fuera de la legalidad es él. ¿Desde cuándo España debe reunirse en otro país para negociar con una de sus regiones, Cataluña, su autodeterminación, como si fuera una colonia? ¿Desde cuándo somete a «verificación» por agentes ocultos, el futuro de su integridad territorial, su régimen legal y el pago de multas gigantescas?

Porque nadie sabe lo que tratan. Nadie sabe lo que esconden. Nadie sabe lo que aplazan. No hay luces y los taquígrafos van encapuchados. Y este trato entre unos delincuentes y un político desalmado, movido por simple interés personal, tiene como prólogo, sólo prólogo, esa Ley de Amnistía, que destruye la legalidad vigente y la independencia del Poder Judicial. Ha rebelado a toda la oposición, ha sacado a dos millones de personas a la calle en defensa de la Nación y a la Constitución, ha puesto en pie de guerra a todos los jueces, a todos los fiscales, salvo la minúscula secta roja que representa al 7% y ha copado 14 de los 17 últimos cargos; ha provocado una auténtica rebelión entre altos y bajos funcionarios, también entre los diplomáticos más importantes con gobiernos del PP y el PSOE, no hay institución mínimamente respetable que no proclame su oposición a la Ley Amnistía y al proceso de liquidación nacional que abre ¡en Suiza! Y todo este plan de traición a plazos, nos dicen que es «por la convivencia».

Sánchez, un mentiroso patológico

En una entrevista de una obscenidad inédita, incluso en Televisión Espantosa, Sánchez ha dicho que nunca habló de «levantar muros», que es una mentira de la Derecha. Fue el centro de su discurso de investidura y lo ha ampliado después a Israel, Argentina, Estados Unidos e Italia, cuyos jefes de Estado han sido todos elegidos democráticamente, o pueden volver a serlo, como Trump. No cabe presumir de ser el Sietemachos Antifascista y al mismo tiempo negarlo. Ni decir que no ha dicho lo que repite a diario.

Más difícil era defender sus tratos fuera de la Ley con Junts, que se ha presentado a todas las elecciones nacionales, regionales y europeas, pese a haber sido algunos de sus dirigentes juzgados y condenados por el golpe de Estado de 2017. La huida de Puigdemont y la inhabilitación temporal de Junqueras son distintas. Junqueras se sometió a la Justicia; el otro, no. Pero Sánchez equipara al fugitivo de Waterloo con Polifemo para justificarse ante los dos, y dice que están en una situación irregular, incómoda, y que todo eso y más lo solucionará él, con la Ley de Amnistía y lo que le cuelga, que es mucho, aunque no sabemos cuánto. No lo sabe ni él. Dice que todo lo hace para lograr la paz en Cataluña, esa que en Julio había conseguido.

El vértigo mentiroso de Sánchez no linda con lo patológico, es patológico. Y con este loco al volante, España va camino del barranco. No habrá más legislaturas constitucionales, porque a él le va mucho mejor sin Constitución. No habrá acuerdo duradero con los separatistas porque a los separatistas no les conviene, y él depende de ellos. Habrá amnistía para los etarras, porque la ETA quiere, y a cambio tal vez le deje compartir con ellos el gobierno vasco… si no prefiere al PNV, suicidado en el ara de Sánchez. Por donde uno mire, ve a los enemigos de España con todas las cartas en la mano para destruirla. Y ve a Sánchez dispuesto a cargarse la Nación, la Constitución, la monarquía, las Cortes, la economía y hasta el Museo del Prado. Pretende reescribir el pasado… al dictado. Y a gobernar a coces.

Lo que España ha llegado a ser, lo que ha parecido ser no hace tanto y en lo que se ha convertido en manos de este sujeto es casi inverosímil, pero rigurosa, ásperamente cierto. Ojalá el Rey pueda abrir otra legislatura en la que la Nación sea una, la Constitución esté vigente y gobierne la Ley. Por pedir que no quede. En tres semanas, Navidad.

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