La última ola de Ignacio Echeverría

Ignacio Echeverría.

Ignacio Echeverría.

F.L.Mirones.- Cogía olas en Cantabria desde niño, seguramente nos hemos cruzado alguna vez en Suances, Santa Marina o El Sardinero.

Ignacio Echeverría era un surfero, y eso dice mucho de él. Alejado de la costa por su trabajo brillante como analista en una importante institución financiera de Londres, ese día se quitaba el ansia de espuma con su monopatín, como hacen los tritones del norte cuando no pueden surfear.

Regresaba con sus amigos, y cuando vio a un violento asesino apuñalando a una mujer, hizo lo que hacen los grandes: no valorar el riesgo propio y darlo todo por los demás.

Nacho usó lo que mas quería, su tablita con ruedas, su querido monopatín. El asesino islamista se revolvió y hundió su puñal en el español bravo, mientras sus amigos huían.

No debemos juzgarlos por ello, ser como Nacho no es ni fácil ni frecuente. La enormidad de su acto la señalan ellos, paralizados por el terror, ese que a un surfero no lo para.

Nacho había salido al Mar Cantábrico muchas veces. El horizonte negro sembrado de rocas y corrientes letales al que aprendió a no temer.

Valiente, cristiano, un héroe…

Pero para muchos el arrojo del surfero no es suficiente, su perfil no era el de sus asquerosos prejuicios, Nacho no encaja en sus tópicos.

Varón, español, católico, trabajando en finanzas en Londres… ¡Sospechoso de pijo, presunto facha!.

De nada le sirve al hembrismo agresivo este pro hombre, por eso lo ignoran. Da igual que diera su vida para defender a una mujer agredida. Desearían que hubiera entrado en sus esquemas.

Si Nacho hubiera sido al menos un progre, emigrante sin trabajo, o una activista por los derechos de los gatos… ¡lástima!

Aquella mañana, cuando tomó su tabla, Nacho no sabía que su última ola sería la misma que llevó a Aquiles a Troya, la que solo los elegidos pueden surfear. La última ola de Ignacio fue de sacrificio, ejemplo y valor.

Un aullido.

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