Inicio Actualidad La única España posible, por Josep Antoni Duran i Lleida

La única España posible, por Josep Antoni Duran i Lleida

Según el último sondeo del CEO, el 57% de los consultados prioriza “la gestión de los servicios públicos” frente a la resolución del “problema político entre Catalunya y España”. Es de suponer que la gestión del impacto de la Covid-19 y el contexto de confrontación política nada propicio para el acuerdo tienen un enorme peso en este sentir ciudadano. Efectivamente, ya sea para combatir la pandemia y sus efectos o para encauzar los problemas territoriales, la política vive enzarzada en una polarización que la escora peligrosamente hacia la rotura y la división. El espíritu de la transición que buscaba la verdad como un bien necesariamente condiviso se ha evaporado y ha sido sustituido por la imposición inquisitoria de una verdad única y excluyente entendida como propiedad privada.

Dicho lo cual, podrá parecer una teme­ridad reflexionar sobre la necesidad de ­configurar una España distinta a la actual. Más teniendo en cuenta que en Catalunya y en España convergen los intereses de quienes abjuran de España y desean el “cuanto peor mejor”, junto con aquellos que no ­conciben otra España que no sea la que ellos representan y monopolizan. Era Azaña (antaño referente de Aznar) quien afirmaba que “muchos españoles admiten y aplican un concepto de la nacionalidad y lo na­cional demasiado restringido…, de tal manera que quienes no lo comparten no son buenos españoles”.

Si el poder político y económico acaparado por Madrid no se centrifuga, el resto del país será un erial

Pero a pesar de la aparente temeridad, creo en el empeño de intentar configurar otra España, la única España posible. Lo hago además motivado por dos razones. La primera, porque el sentimiento de sentirse español, en mayor o menor proporción, es compartido por un 80,3% de los catalanes (sondeo de GAD3 para La Vanguardia ). Y la segunda, por la fuerza de las ideas y las propuestas que Ximo Puig, presidente de la Generalitat Valenciana, expuso sobre el presente de España en su último debate de política general. No es la primera vez que las manifiesta, pero la reciente publicación del estudio del prestigioso laboratorio de análisis valenciano IVIE, sobre el impacto de la capitalidad de Madrid, ha servido para amplificarlas. La propuesta del presidente valenciano tiene la virtud, entre otras muchas, de recordar que también fuera de Catalunya hay quienes comparten la necesidad de construir una España alejada por igual de las pulsiones centralistas y de los impulsos secesionistas. Una España que acople su vitalidad a la realidad plural y diversa, como la mejor garantía de subsistencia y de desarrollo de su potencial.

Madrid, actuando como una “enorme aspiradora que absorbe recursos, población y sedes de influencia”, es el punto de apoyo sobre el que Ximo Puig basa su reflexión en torno a liderar una visión alternativa de España. La conclusión es clara, en España se ha producido un amplio proceso de descentralización política a la par que aumentaba la concentración de poder político y económico en su capital. “Madrid, distrito federal”, escribía Enric Juliana. Madrid ­como “gran consorcio de administraciones”, definían por consenso los presidentes de Galicia, Andalucía y Castilla-La Mancha en el Foro Atlántico de La Toja. Un Madrid “que no es de todos”, como cuenta su pre­sidenta, sino que se ha hecho “a costa de ­todos”.

Por el bien de España y, por tanto, de Madrid (“Madrid es España”, Ayuso dixit ), deben reconvertirse las inercias de las últimas décadas. No es esta una reflexión contra Madrid, ni contra España. Todo lo contrario. Es una apuesta por la única España ­posible. Si el poder político y económico acaparado por Madrid no se centrifuga, el resto de España acabará siendo un erial. Y una mayoría de madrileños y madrileñas acabarán sufriendo las consecuencias de su modelo de desarrollo. Ya hoy las desigualdades son directamente proporcionales a su crecimiento. Su PIB ha crecido más que el resto. Y sus índices de desigualdad, también. Es cierto que hoy el sector privado es un motor potente de la actividad de Madrid, pero las causas que justifican su espectacular despegue son políticas: el diseño radial de España y la concentración en la capital de buena parte de los efectivos del poder y sus decisiones.

España debe repensar su desarrollo y centrifugar sus centros de poder y las decisiones tanto políticas como económicas. No se trata de una reivindicación desde Catalunya para satisfacer las demandas de los independentistas. A ellos no les sirve este planteamiento, aunque harían bien en tomar nota: no es Catalunya la que se ha separado de España, es Madrid la que se ha ido. De lo que se trata es de dar una respuesta al 80,3% de los catalanes que se sienten mucho, o poco, españoles. De dársela al presidente Ximo Puig y a los valencianos. A las Castillas, primeras víctimas de la succión del aspirador madrileño. A Galicia, a Andalucía, a Aragón (¡Teruel existe!… ¡y Huesca también!)… a toda España, como diría, o al menos decía, Jordi Pujol en estas mismas páginas de Opinión en pleno debate de la reforma del Estatut: “Es la hora de España”. Pero solo veo una única España posible… y, desde luego, no es la actual.