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La victoria de Jair Bolsonaro, un triunfo de todos

Brasil respira con alivio mientras la progresía mundialista vuelve a entrar en “estado de shock” tras la apabullante victoria de Jair Bolsonaro. La progresía a las órdenes de Soros ha perdido ya el instinto de la empatía con cualquier exigencia que escape a sus intereses o a sus cálculos genocidas. Que una nación rebosante de recursos naturales aunque extremadamente empobrecida por la corrupción de todos sus gobiernos, que registró en 2017 la aterradora cifra de 63.880 personas asesinadas, con una polarización social y económica sencillamente lacerante, con el expresidente Lula da Silva en la cárcel por corrupción y con un latrocinio institucionalizado desde hace décadas, haya dado la espalda a los causantes del desastre y apostado por quien, sobre todo, ha sabido encarnar la esperanza de millones de brasileños en punto a someter el caos y transformarlo en orden y progreso económico, no es algo que los globalistas puedan entender y mucho menos aceptar. Ya se sabe que las democracias son la expresión de la voluntad popular salvo cuando esa voluntad popular no coincide con la de ellos.

Ha sido la de Bolsonaro, pues, una victoria contra los amos reales del poder en cualquier país. Porque, además, ocurría algo similar fuera de Brasil. En España, por ejemplo, rivalizaron en contra de Bolsonaro los medios ligados a todos los partidos y al gobierno; incluso la cadena de la Iglesia parecía enfervorecida con el ultraizquierdista Fernando Haddad. El nivel del análisis político en la prensa española nunca fue brillante, pero en este caso solo puede entenderse como un chiste malo, a base de una estruendosa manipulación informativa, de la que se han salvado muy pocos medios, dejando de relieve el carácter de bananocracia del actual régimen español.

Este hecho tiene mucho más alcance del que se le está dando. Las democracias llevan bastantes años evolucionando en un sentido semejante al despotismo del que advirtió genialmente Tocqueville: infantilización de la sociedad mediante un hedonismo pedestre cultivado desde el poder, y un poder que tras la apariencia de ser elegido está realmente manejado por poderosos grupos económicos y políticos que dominan a los grandes medios de masas para moldear a la opinión pública. El designio bien visible consiste en instaurar un poder mundial de ese tipo, que disuelva las naciones, las culturas nacionales y las religiones tradicionales, sustituyéndolas por la religión del dinero, en definitiva. El funcionamiento democrático puede describirse como la lucha por la opinión pública, en la que intervienen muchos factores, y los medios de masas son uno de los principales, generalmente el decisivo La práctica unanimidad de esos medios contra Bolsonaro, y la obscenidad de los métodos empleados, ya indica por sí sola un grave retroceso del liberalismo y la democracia. Que hayan fracasado es un hecho alentador, porque hasta hace poco sus designios, desarrollado con acciones y procesos multiformes, parecían tendencias irresistibles. Este es el significado profundo de estas elecciones.

En la victoria de Bolsonaro, como antes en la de Trump, subyace un mar de fondo de hartazgo y descontento difuso con las ideologías dominantes: abortistas, homosexistas, multiculturalistas, con las políticas “de género” o los feminismos más o menos histéricos. Todo esto es lo que representaba Fernando Haddad en grado eminente. Representaba, además, la impotencia del Estado para hacer frente a la corrupción, la pobreza y la criminalidad, convertidos por la casta brasileña en males endémicos.

La victoria de Bolsonaro nos reconcilia con el presente porque ha sido sobre todo el triunfo de colectivos que logran hacer retroceder a los amos del mundo. Ya sea que los derrotemos en Brasil, Estados Unidos o Hungría, igual serán triunfos para la dignidad humana. Los cantos del antiglobalismo cada vez suenan con más fuerza en Occidente. La victoria de Bolsonaro es un acontecimiento de primera magnitud que nosotros celebramos con alborozo.