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¿La vida por la Constitución? NO

Pedro L. Llera.- No podemos permitir que una oligarquía traidora juegue con la unidad de España y permita que los nacionalistas catalanes y vascos nos echen un pulso poniendo sobre la mesa sus proyectos secesionistas. Con España no se juega. Y a los secesionistas y a quienes negocian con ellos habrá que juzgarlos algún día por alta traición.

20 de agosto de 2000. Mi mujer, mis dos hijos y yo pasábamos las vacaciones en mi pequeña aldea asturiana, en Gobiendes. Por la mañana temprano me levanté de la cama y, como cada día – uno es animal de costumbres – puse la radio mientras me preparaba el desayuno. Pillo las noticias ya empezadas y escucho que ha habido un atentado terrorista en Sallent de Gállego (Huesca). Escucho el nombre de un joven guardia civil, de alguien desconocido para mí. “Vaya. Estos hijos de puta han vuelto a hacer de las suyas”, pienso. Siento un alivio cuando no escucho nombrar a mi amiga Irene, que también era guardia civil y que estaba destinada en ese mismo pueblo.

“Majo: han puesto una bomba en Sallent de Gállego. ¿No es ahí donde está Irene?”. “Sí”, contesta mi mujer desde la habitación del piso de arriba. “Pues acaban de nombrar a un guardia civil, al que están llevando malherido al hospital, pero no era Irene. Parece que se ha librado de esta”.

Al poco rato, repiten de nuevo la noticia por la radio: “Atentado terrorista de la banda terrorista ETA en la localidad de Sallent de Gállego. Un comando terrorista colocó una bomba lapa en los bajos del Patrol en el que los guardias civiles se disponían a comenzar su ronda a primera hora de la mañana. El joven guardia civil, José Ángel de Jesús, ha sido trasladado al hospital, herido de gravedad. Su compañera Irene Fernández Perera falleció en el acto”.

“¡Majo: nos han matado a Irene!”, grité desde la cocina.

Mi mujer bajó las escaleras aturdida, desencajada. “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!”. Mi mujer no alcanzaba a decir otra cosa. Los vecinos la vieron salir a la calle dando voces y le tuvimos que dar un calmante para atajar su ataque de nervios. Acababan de asesinar a su amiga Irene, a nuestra amiga Irene. Eran amigas desde pequeñas, desde su época del instituto. Irene iba al Colegio de la Asunción. María José, mi esposa, estudiaba en el Instituto Jovellanos. Se conocían del Club Vanguardia, donde ambas trabajaban con niños, organizándoles actividades durante el curso y campamentos de verano en León. Tenían la misma edad, eran de la misma pandilla. Irene había venido a nuestra boda. Era una más del grupo de amigas del Vanguardia, junto con Isabel, Susana, María Jesús, Carmen… Chicas buenas, sanas, comprometidas con los demás desde una institución católica como era el Vanguardia.

Irene había luchado mucho para entrar en la Guardia Civil. Entró al tercer intento. Estaba feliz porque con su trabajo podía ayudar a los demás. Me había contado cómo había participado en las labores de rescate en aquel camping de Biescas que había resultado arrasado por unas inundaciones en Huesca. Era feliz porque la montaña le encantaba y en el Pirineo se encontraba como en casa, como en sus montañas del Concejo de Quirós que la habían visto nacer treinta y dos años antes.

Irene era buena. No creo que nunca le hubiera hecho daño a nadie. Había encontrado su camino en la Benemérita y estaba en su sitio. Había estado de vacaciones en Gijón y aquel 20 de agosto se acababa de reincorporar a su puesto. Con la mala suerte de que un maldito asesino se cruzó en su camino y la hizo volar por los aires, acabando con su vida y destrozando la vida de sus padres. Era hija única. Estaba soltera. Y ahí acabó su vida. Y aquel 20 de agosto también se acabaron nuestras vacaciones en Gobiendes. Hicimos las maletas y nos fuimos a Gijón. Luego vinieron las concentraciones en la Plaza Mayor de Gijón, el funeral…

Y hasta aquí mi historia personal.. Nadie podía imaginar que Irene Fenández Perera, nuestra amiga Irene, acabara siendo víctima de esos canallas en un pueblecito del Pirineo Aragonés. Pero ocurrió. Cinco años más tarde, en julio de 2005, nació nuestro tercer hijo: un niña preciosa. Se llama Irene.

La pregunta es por qué nuestra amiga tuvo que morir asesinada. Por qué. ¿Por qué Javier García Gaztelu, alias Txapote, dio la orden de poner la bomba en Sallent de Gállego? ¿Por qué José Ignacio Guridi Lasa puso la bomba en el coche de la Guardia Civil? En primer lugar, porque Javier García Gaztelu y José Ignacio Guridi Lasa son dos grandísimos hijos de puta, dos asesinos repugnantes, dos alimañas.

Pero hay algo más. Los asesinos de ETA quieren romper la unidad de España y lograr la independencia del País Vasco. Son secesionistas, independentistas. Además son fanáticos estalinistas que pretenden imponer una dictadura comunista en un hipotético estado vasco independiente. Y la Guardia Civil representa a las fuerzas de seguridad del Estado que garantizan la unidad de España. Por eso murió mi amiga. Irene no murió por la Constitución y la Democracia. Murió por España. No nos olvidemos de esto porque si no, nos estaremos engañando. Y lo subrayo porque hace unos días leía un artículo de don Alejo Vidal-Cuadras en el que me llamaba la atención que decía que las víctimas del terrorismo habían muerto por la constitución y la democracia. No, señor Vidal-Cuadras, no.

En primer lugar, porque antes de la Constitución ya hubo víctimas de ETA. Y en segundo lugar, porque lo que les molesta a estos canallas no es la constitución ni la democracia, sino la existencia de España. España ya era España cientos de años antes de que existieran constituciones ni democracias. Y yo siempre preferiré una España unida (aunque la actual constitución se fuera al cubo de la basura y aunque desapareciera la democracia) que una constitución y una democracia sin España o que lleven a que España desaparezca como tal. Los regímenes políticos y las constituciones pasan.

Lo que permanece es la Patria, la tierra de los padres, la tierra de quienes lucharon contra el dominio musulmán, de quienes construyeron iglesias, palacios y catedrales; la tierra de Pelayo, de Alfonso II, el Casto; de los Reyes Católicos o de Felipe II; la tierra de Cervantes, Quevedo, Jovellanos y el Arciprete de Hita; la tierra de Velázquez, de Murillo o de Gaudí; la tierra de Ramón y Cajal y de Severo Ochoa; la España de Unamuno, Baroja, Eugenio D’ Ors y Ortega y Gasset; la de Hernán Cortés y la de Pizarro ¿Hace falta seguir citando nombres? España no es nuestra y nosotros no tenemos derecho a hacer con ella lo que nos dé la gana. España es patrimonio de todos los Españoles que vivieron, lucharon y murieron en esta tierra a lo largo de sus muchos siglos de historia y de quienes vendrán después de nosotros, de nuestros hijos y de nuestros nietos.

Los que hoy nos enorgullecemos de ser españoles somos herederos de un patrimonio valioso que tenemos la obligación de legar a nuestros hijos. Y lo que no podemos hacer nunca es permitir que una banda de sinvergüenzas ponga en riesgo el futuro de nuestra patria. No podemos permitir que una oligarquía traidora juegue con la unidad de España y permita que los nacionalistas catalanes y vascos nos echen un pulso poniendo sobre la mesa sus proyectos secesionistas. Con España no se juega. Y a los secesionistas y a quienes negocian con ellos habrá que juzgarlos algún día por alta traición.

Muchos españoles han dado la vida por España a lo largo de sus siglos de historia. Y esa sangre es sagrada. La negociación de socialistas y populares con ETA es impresentable. Las víctimas del terrorismo tienen la razón. Y que ETA pueda llegar a gobernar en las Vascongadas resulta insoportable y vergonzoso. Hoy, más que nunca, debemos exigir “Memoria, dignidad y justicia”. Y con España no se juega. Y si los nacionalistas quieren seguir jugando a romper España, que se atengan a las consecuencias, porque somos muchos los que estamos dispuestos a dar la vida si fuese preciso por España. Se oye muchas veces el manido argumento de que las ideas no se persiguen. Mentira. Las ideas que atentan contra la dignidad del ser humano o las que pretenden acabar con la historia y la cultura de una nación como España no se deben tolerar. Los que propugnan el fin de España y su ruptura deben estar fuera de la ley. Todo lo demás huele a traición.

Este artículo se lo debía desde hace doce años a mi amiga Irene. Descansa en paz. Y descansen en paz cuantos han dado su vida por Dios y por España. Nadie tiene derecho a negociar con vuestra sangre. España no está en venta.

¡Viva España!

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