La vida por su rebaño

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“La pregunta sobre el hombre nos lleva a Dios. Y la pregunta por Dios nos lleva al hombre que tiene fe”. Cardenal Ricardo Mª Carles (1926-2013) Ricardo María Carles Gordó nació en Valencia el 24 de septiembre de 1926. Hijo de Fermín Carles y Josefina Gordó, ambas familias eran importadoras marítimas y eso les permitió conocerse. Él mismo explica que su madre se enamoró de su futuro marido aún antes de conocerle personalmente: “Todos en el puerto hablaban muy bien de Fermín Carles… Hombre bueno de buen carácter; le acompañaba todo”. El primer recuerdo del pequeño Ricardo va ligado a la conciencia de que Dios existía: “Yo no sabía muy bien entonces quién era Dios. Pero yo hablaba con Dios; mi madre me hablaba de Dios y eso me hizo mucho bien. Me sugería sencillas oraciones, que ella se inventaba y que yo repetía. También mi padre con su voz varonil. Con él, paseando todas las noches por la sala, rezábamos el rosario”. Cursó estudios primarios en la escuela de las Teresianas y los secundarios a la de San José de los Padres Jesuitas, ambas de su ciudad natal.

Su experiencia inicial de la llamada de Dios va unida al sonido de sus pisadas sobre las hojas secas de pinaza en un retiro en el Desierto de las Palmas de Castellón con 16 años: “La imagen amable del Jesucristo de mi infancia –contaba- se había convertido en una imagen firme, atractiva, pero que me planteaba problemas. Porque mi simpatía hacia Él me conducía a comprender que debía compartir mi vida con la suya”. En una ocasión, en el Seminario nos decía: “Cuando yo pensaba y luchaba por mi vocación, me gustó mucho una versión del Evangelio que traducía Jesús llamó a los que quiso (Mc 3,13) por llamó a los que llevaba en su corazón. Vosotros, seminaristas, ¡estáis en el corazón de Dios desde toda la eternidad!”.

D. Ricardo acabó decidiéndose de una forma un tanto peculiar. Un día de vacaciones de Pascua, en la calle de la Paz, estaba con unos amigos hablando sobre el futuro profesional o vocacional. Su vida en aquel momento iba por otro camino… Su vocación eran las ciencias. En la conversación uno de ellos le dijo: “¿A qué no eres capaz de ir a ver a D. Eladio, el párroco de San Juan de Ribera?”. Ricardo respondió: “¿A que voy y no pasa nada?” Fue aquella misma tarde y pasó todo. Del confesionario de D. Eladio salieron más de un centenar de sacerdotes. “Le debo a D. Eladio mi vocación; sin él, no me hubiera decidido. El me vio venir, se dio cuenta de que estaba alargando la decisión y me ayudó muchísimo”.

Ingresa en el Seminario Mayor de Valencia y al mismo tiempo en el Colegio del Corpus Christi, también llamado “del Patriarca”. El 29 de junio de 1951 es ordenado sacerdote y dos años después se licencia en derecho canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca. El mismo año 1953 es nombrado rector y arcipreste de Tavernes de la Valldigna (Valencia), y en 1967 es trasladado a la parroquia de San Fernando de la ciudad de Valencia. Actúa como consejero de la JOC y responsable de la formación de los diáconos, y posteriormente es nombrado delegado episcopal para el clero y consejero diocesano de Pastoral Familiar. Años más tarde afirmaría: “Cuando un obispo ha sido párroco, los curas le hablan de lo que él ha vivido, no de una teoría. A los que no han sudado parroquia, como acostumbro a decir, puede no resultarles fácil entender a un sacerdote, joven o mayor, que viene con una pena o alegría de la parroquia. Si ha sido carne de tu carne, si tú lo has vivido, lo entiendes de otra manera”. Y así era, ciertamente. Cuando los sacerdotes no acercábamos a él y le explicábamos las alegrías y, a veces, las muchas penas de la vida parroquial, sentías inmediatamente que a D. Ricardo no le preocupaba tanto el contexto como tu persona. Al acabar de darle cuenta de alguna grande o leve dificultad, él te miraba a los ojos y te preguntaba: “Pero y tú… ¿cómo estás?” Sabías que en él encontrabas siempre, por muchas veces que hubieses metido la pata, un hermano y un padre.

El día de San Fernando de 1969, Mons. González Moralejo, obispo auxiliar de Valencia, le comunica en su despacho –a puerta cerrada- que el Papa Pablo VI lo ha nombrado obispo de Tortosa. “Fue la única vez en mi vida que me han hecho sentar, porque creían que me desmayaba”. Y continua: “Lo normal, ahora, es que si te llaman un viernes a las doce, con ese secretismo, pues ya sepas de qué va la historia. Pero en aquella época, me permito pensar que se tomaba más en serio que ahora el secreto pontificio, y yo estaba del todo ignorante de que mi nombre hubiera estando corriendo por los informes que se piden. Y, cuando me llamó el obispo con urgencia, pensé que algún diácono, en el convictorio que dirigía, había tenido algún fallo. Cuando me lo comunicó, me quedé pálido y el obispo me dijo alarmado: ¡Siéntate!”

Obispo de Tortosa

El 3 de agosto de 1969 es consagrado obispo de Tortosa (Tarragona). En la Conferencia Episcopal Española presidió la Subcomisión para la Familia y la Comisión para los Seminarios y las Universidades. Convocó el único sínodo diocesano celebrado en el post-concilio en las diócesis catalanas, con el objetivo de potenciar la participación de laicos y también de sacerdotes y religiosos de todo el obispado en el testimonio cristiano y la evangelización. El resultado fueron las Constituciones Sinodales, unas conclusiones para revitalizar la vida cristiana con valor normativo.

D. Ricardo, siempre accesible y cercano, nunca se llamó a engaño, ni se dejó seducir por engañosos cantos de sirenas. Ciertamente, después del Concilio hizo fortuna aquello de la Iglesia como Pueblo de Dios. Sin embargo, nunca se cansó de recordar que a la vez y sobre todo es Cuerpo de Cristo, Esposa de Cristo y Él su cabeza. “La Iglesia no es un grupo más –decía-, es peculiarmente distinto, no por voluntad nuestra, sino porque así lo hizo Dios. Y si actuamos sin cabeza, sin nuestra cabeza que es Cristo, se desdibuja la figura de Cristo y de su Iglesia”. Tenía muy claro que el anuncio evangélico debía ser explícito: “Estamos en un momento histórico en el que debemos hablar sin miedo. Y además hacerlo en el espacio público”, pues como diría Juan Pablo II la fe que no se hace cultura, ni es enteramente vivida ni enteramente aceptada.

Así pues, la voz de D. Ricardo se alzó firme y profética, sin miedo a nada ni a nadie: “Para mí lo de menos es que me juzguéis vosotros o un tribunal humano. Mi juez es el Señor” (1Co 4,3). Cuando el Teatro del Liceo de Barcelona ardió accidentalmente y las administraciones públicas y empresas privadas se afanaban en invertir ingentes cantidades de dinero en su reconstrucción, el cardenal Carles declaró: “Me parece bien que se actúe con rapidez para reconstruir el Liceo, pero en Barcelona se queman cada día muchas cosas y muy vitales: la inocencia de los niños, el futuro de los jóvenes, la dignidad de los ancianos y de los pobres… y la mayoría permanece indiferente”.

“Después del Concilio Vaticano II –afirmaba- pareció triunfar la tesis del encarnacionismo, es decir, la tesis de que es suficiente estar en un lugar porque la presencia es lo que salva. No, Cristo no vino a encarnarse en ese sentido, a arraigarse, sino a desarraigar todo lo que es malo y a transformarlo. Hay seglares, personas muy cristianas, que creen que lo que tienen que hacer en un barrio es estar presentes allí. No, Cristo además de estar presente fue encarnación, arraigo y desarraigo y transformación de todo lo que no es bueno”.

Arzobispo de Barcelona y Cardenal

El 23 de marzo de 1990 es nombrado arzobispo de Barcelona. Crea las demarcaciones diocesanas para descentralizar el arzobispado, situando como responsables de cada territorio a los nuevos obispos auxiliares que se nombran en Barcelona entre 1991 y 1993. “En Tortosa –confesaba- podía visitar más enfermos, ir al entierro de un padre o una madre de un sacerdote, realizar directamente multitud de acciones pastorales. En cambio, en Barcelona también tenía mucho trabajo, a pesar de los colaboradores que me ayudaban. Pero me dolía, por ejemplo, que a veces no podía llegar a los entierros de mis sacerdotes y, en ocasiones, tenía que enviar a un obispo auxiliar”. Su prioridad, desde su llegada al nuevo obispado, fue evangelizar a los más de cuatro millones de hijos de Dios de la archidiócesis y la promoción y ayuda de pobres y marginados, también numerosos en una gran urbe. Uno de sus recuerdos más gratos en Barcelona es que pudo ordenar a ciento quince sacerdotes diocesanos.

En la entrevista previa a mi ordenación diaconal el cardenal Ricard Mª me preguntó: “¿Tienes pensado vestir clergyman?”. Ante mi respuesta afirmativa me espetó: “Eso es lo que yo quiero: Que cuando vean a un sacerdote vestido de cura, la gente diga: ¡”Ahí va un sacerdote de Barcelona!”

Le dolía profundamente que tantas iglesias de la diócesis permaneciesen casi todo el día cerradas. Pensaba que era un signo de que fallamos los confesores y falla el sentido teológico del pecado. “Un pecado –observaba- que no es sólo fuente de injusticia social, de enfermedad, sufrimiento. Es ofensa a un Dios bueno y santo”. El pecado es “no hacer lo que Dios había pensado. Cuando me tiro desde un séptimo piso y desafío las leyes de la naturaleza, me mato. Cuando voy contra la ley moral, contra los mandamientos del buen Dios, el efecto no es tan inmediato, como cuando rompes una ley física, pero a la larga se va a notar en mí, en la familia y en la sociedad. Como es algo que está fuera de lo que Dios había pensado, tiene consecuencias y muy graves”.

Valiente defensor de la Vida y de la dignidad de la familia, el cardenal Carles pagó un precio muy caro por su fidelidad: Perseguido insistentemente por el lobby gay, su nivel de prestigio era tan grande, su deseo de una verdadera reforma en la Iglesia de Barcelona tan obstinado, que sus enemigos no dudaron en calumniarle gravemente. Pero él no se dejó intimidar porque “este ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación, lograda por Jesús, con la gloria eterna” (2Tm 2,8).
Y sobre la ampliación de la legislación abortista escribía: “Con unas leyes así, a pesar del terciopelo, las moquetas y el ambiente noble del Congreso de los Diputados, aquel salón no es ajeno a los cubos de desechos humanos de ciertos quirófanos, donde van a parar los restos de los no nacidos. ¿Qué nivel o, mejor dicho, qué silueta moral puede tener una nación en la que los padres que matan se pueden contar por miles un año detrás de otro? ¿Alguien puede creer seriamente que, en este contexto, se podrá continuar respetando algún valor que pese menos que la vida de un hijo? No dudéis que se continuará gritando a favor de la muerte. Tantas veces como sea necesario, deberemos gritar muchos a favor de la Vida”.

El 26 de noviembre de 1994 fue creado cardenal del título de Santa María Consolatrice del Tiburtino. Participó en diversos organismos vaticanos como la Congregación para la Educación Católica, la Comisión de Justicia y Paz, el Consejo para el Estudio de los problemas organizativos de la Santa Sede y la Jefatura de Asuntos Económicos. También fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española entre 1999 y 2002. En su condición de cardenal, asistió al cónclave de 2005 que eligió el Papa Benedicto XVI.

Hombre de profunda y constante oración gustaba de la montaña –excelente escalador y hasta espeleólogo-, pues la altura propiciaba el encuentro con Dios, “de tú a tú”, decía con sencillez. Cuando acompañaba cada verano a los seminaristas de los últimos cursos, tras una pequeña charla, comenzábamos a subir monte… Rezábamos Laudes y nos daba un punto de reflexión, para bajar desde la cima meditando. “Orar –aseguraba D. Ricardo- es tener conciencia de la presencia de Dios, de que tú amas a Dios. Si no guardamos un tiempo específico para la plegaria, corremos el riesgo de caer en el activismo y pasar del todo es oración a no ver a Dios en ningún sitio”. Necesitamos por tanto, nos decía a los curas jóvenes, “hacer silencio interior y cuidar los tiempos y espacios para la oración”.

Recuerdo que nos repetía con cierta frecuencia: “A veces somos injustos con Dios. Tenemos un concepto de Él que no le hace justicia, porque le atribuimos lo que no nos es grato y no todo lo bueno que nos da. Dios está con nosotros, actuando para nuestro bien”. Y comparaba nuestra actitud, entre desconfiada y recelosa, con la de aquellos discípulos de Emaús, que no se habían percatado de que Jesús iba con ellos. “¡Y Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo!”

Jubilación y últimos días

En el año 2001 y de acuerdo con lo previsto en el derecho canónico, presentó la dimisión de su cargo arzobispal, que no le fue aceptada hasta el 15 de junio de 2004. El mismo día, el papa Juan Pablo II dividió la arzobispado de Barcelona en tres diócesis: una metropolitana -Barcelona- y otras sufragáneas: Tarrasa y San Feliu de Llobregat.

Pasó su ancianidad escribiendo, dando retiros, predicando y atendiendo a todos con el mismo afecto de siempre. En noviembre de 2013 el cardenal Carles fue ingresado en el Hospital Virgen de la Cinta de Tortosa con sintomatología neurológica, falleciendo semanas más tarde, el 17 de diciembre.

Al día siguiente, contemplando su cuerpo exánime revestido con las sagradas vestiduras episcopales en la capilla ardiente de la Santa Iglesia Catedral de Barcelona, agradecí al Señor el inmerecido don del sacerdocio que me fue conferido a través de D. Ricardo. Evoqué su tranquila sonrisa, la confianza que siempre me dispensó, su paternal cercanía… Allí, junto a la gente que él más quería, rememoré sus palabras llenas de serena esperanza: “Cuando mueres, si te fías, es el acto de fe más grande; si uno es consciente. Es el acto más grande de esperanza, sabes que Dios va darte otra vida distinta. Te estás muriendo y estás perdiendo algo de lo que has amado, y realizas el acto de amor más grande por amor al Señor. Aquí esperas cosas con la esperanza de que te lleguen, pero ¿en qué te apoyas en el momento de la muerte? En la Palabra de Dios porque le amas, sabes que te ama y confías en Él. Para mí la muerte es eso, es decir, la medida de la fe da la medida del miedo a la muerte. El por qué de la vida es porque Dios nos la ha dado y el para qué es para estar con Él”.
Sus restos ahora reposan en Valencia, su tierra natal, en la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, a los pies de su patrona. Allí se casaron sus padres, allí contempló tantas veces el traslado de la Virgen desde la Basílica hasta la Catedral “yendo como sobre un mar de cabezas –decía- que parece que se va a caer, pasando de unos a otros en un encuentro vibrante al que se acercan los niños para presentarlos a la Mare de Déu”. Junto al cardenal Benlloch, valenciano como él, espera la resurrección de la carne. Que ese día nos acoja entre sus brazos Santa María, la Virgen Geperudeta que D. Ricardo tanto amó.