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La zarzuela perdida de Javier Krahe, Jaume Sisa y Quico Pi de la Serra

Gumersindo Fuensalida, maquillador de muertos, entra una mañana en el inodoro de su modesta morada de Madrid. Un golpe de aire le atranca la puerta de tal forma que no puede salir. Asomado a la calle por un ventanuco, verá pasar a gentes y gremios y en vano les pedirá ayuda, mientras en verso se duele de su triste encierro.

Es el argumento de la zarzuela ‘El Revoltoso’, escrita en delirantes noches de mayo y junio de 1991, el más singular y secreto de los proyectos en que se implicó el cantautor y genial letrista Javier Krahe. Guardan las pruebas su viuda, Annick, y su amigo y coautor del libreto, el escritor Gastón Segura.

Tras la idea, una entente de artistas madrileños y barceloneses. El papel de Gumersindo era para Jaume Sisa, y de musicarla se encargaría Quico Pi de la Serra. Pont aeri cultural. Compartían ironía, ideas musicales y literarias, y aventuras nocturnas y callejeras. Eran otros tiempos.

Gastón Segura quiso que la zarzuela se titulara ‘El Revoltoso’ en homenaje a Ruperto Chapí, su paisano de Villena. Alicantino recién llegado al Madrid underground de los 90, Segura tuvo en Sisa a su primer amigo en la ciudad desde que, una noche, intercambió con él notas en catalán, acodados ambos en la barra del Elígeme, mítico bar de tantas movidas de la movida.

Nunca sabremos cómo encajaría Sisa en el papel, pues la obra no se estrenó. En febrero de 1992, presentada al Centro Dramático Nacional –en el teatro María Guerrero– la rechazó por carta su director literario, Vicente Molina Foix: “No se ajusta a la línea de programación que hemos planteado para la próxima temporada”.

Quizá fuera por sus versos, estrafalarios incluso para el género chico. En una escena, llegan unos probos funcionarios entonando: “En la lucha contra el fuego / ¿quiénes somos los primeros? / ¡Los bomberos! / Con el hacha, con el pico, / con el casco y la manguera, / con la cuerda y la bombona / ¿Quiénes trepan la escalera? / ¡Los bomberos, los bomberos, los bomberos!”

O quizá las letrillas eran demasiado para según qué mandamases. En otra escena, pide el pobre Sisa a un viandante: “Dé usted aviso a Corcuera. / Usted corra la voz / de que hay droga culera / y él me sacará afuera / de esta cárcel atroz / arreando una coz / a la puerta trasera / o a la delantera, / pues, ¡menudo es Corcuera!”.

Era la hégira, recordará el lector no milenial, de aquel ministro de la patada en la puerta. Javier Krahe mantuvo hasta su muerte (2015) una sardónica visión de los mandarines socialistas. Era en los 90 un maldito, adorado por la progresía pero condenado a un tácito ostracismo por ese ‘establishment’ cultural, municipal, provincial y teatral que da de comer a un músico. En la campaña del referéndum de la OTAN, en la que Felipe González se la jugaba, había osado entonar con Joaquín Sabina una erosiva canción censurada en la tele, ‘Cuervo ingenuo’: “Tú decir que si te votan / tú sacarnos de la OTAN. / Tú convencer mucha gente / Hombre blanco hablar con lengua de serpiente”.

El jugo de las murgas, boleros y ácidas composiciones de Krahe empapa la zarzuela. “Los martes y jueves quedábamos a las once y nos poníamos con las letras. A las tres ya hablábamos de otras cosas, y nos daban las cinco de la mañana”, recuerda Segura, autor de seis novelas y numerosos ensayos y cuentos, que acaba de presentar ‘Las calicatas por la Santa Librada’ (Drácena), novela finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, sobre la búsqueda por un oficial y dos soldados de una locomotora desaparecida durante la guerra.

“¡No puc sortir!”

El asunto de ‘El Revoltoso’ proviene de una anécdota estudiantil de Segura. La sufrió un compañero en el WC de su piso de estudiante de Valencia, y pedía socorro por el ventanuco a gritos: “Per favor, no puc sortir!”

En la primavera del 91, Segura y Krahe celebraban en casa del primero un rito nocturno. “Tenía que tener preparada una botella de Ballantine’s, como líquido inspirador -relata Segura-. Yo me sentaba al ordenador y Javier en una mesa, enfrente, iba midiendo versos repicando el ritmo con los dedos. Era meticuloso con la métrica. A veces soltaba: ‘Aquí iría bien una jotilla’, y empezaba a versificar…”

Puro Krahe con retrogusto a Brassens es el lamento de Gumersindo por no poder, en su encierro, atender al perrito de la vecina: “Solo estoy yo y como si no estuviera, / que no he podido atender a su can, / bestia terrible, colmilluda fiera, / que desayuna una res entera / y aún quiere postre y hay que darle un flan”.

Eran, ya se ha dicho, otros tiempos: hoy, la discusión más popular sobre una letra de canción se libra en ‘Operación Trifunfo’ por esa palabra de Mecano, “mariconez”. Segura, Krahe y Sisa vivían en otro mundo, el de la última generación que en Madrid -como el fallecido Álvaro de Luna- hacía cultura en los cafés. Bohemio, Segura se financió con préstamos de Alfonso González, el cerillero del Gijón. Y Krahe era tan fiel parroquiano del Estar, enfrente del Elígeme, que los ajedrecistas del local lo proclamaron presidente del torneo de los lunes por la noche, que aún existe. Durante su mandato, Krahe impuso una sola norma: no se jugará en pantalón corto.

Una noche llegó Krahe a casa de Segura anunciando: “Me ha dicho Quico [Pi de la Serra] que le mandemos la zarzuela, que quiere musicar las romanzas”. Krahe “venía eufórico. Era de las pocas noticias agradables que recibía de la profesión en aquellos días”, recuerda Segura.

La amistad catalizó la pandilla catalano-mesetaria. Sisa se había aclimatado en un refugio madrileño, convertido en personaje castizo, parte del paisaje de El Rastro. Vivía en la calle Estudio, junto al instituto San Isidro, por cuyas aulas habían pasado Víctor Hugo, Baroja, Cela…

Sisa -o Ricardo Solfa- aportaba al ambiente su cuota de delirio. Salían Segura y él por las noches en un Panda destartalado que conducía Carlos Tena. De Sisa fue la idea de acabar las madrugadas yendo a Atocha a despedir el AVE que salía para la Expo’92, agitando pañuelos y con una botella de cava, como si fuera el Transiberiano partiendo a cruzar la taiga. O la de ir a lanzar besos a los leones del Congreso, hechos, ya se sabe, con bronce de cañones arrebatados por el general Prim a los moros.

En esa clave desmitificadora, “a Sisa le encantó la idea de encarnar a Gumersindo”, relata Segura. Pero Krahe se metió en otro disco, Segura en otro libro y Sisa en un retorno a Barcelona. De las noches del Elígeme y del Estar quedó como epitafio en ‘El Revoltoso’ una dedicatoria de los locos madrileños al no menos lunático amigo catalán: “A la memoria del eximio cabaretero y funambulista don Jaume A. Sisa Mestre, de grato recuerdo en lupanares, célebre por sus pompas en los acontecimientos de mayor tronío, pero por cuya naturaleza galáctica, se transmutó o desapareció de un arrebato de nostalgia”.