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Las cuatros Ds del populismo

El resultado de las elecciones de este martes en EE.UU. sea el que sea va a demostrar que cada día los ciudadanos estadounidenses y del resto de países occidentales viven más alienados de la vida política interna de sus países y de la democracia en la que los políticos tradicionales tratan de hacerles ver que viven. En Europa, como suele ser habitual en las citas electorales estadounidenses, existe una tendencia a creer que los americanos van a tumbar con su voto las políticas de Trump. Desde aquí es muy fácil decirlo porque, por un lado, no vivimos en el acelerón económico de los EE.UU o porque nuestra tasa de paro no es la más baja de los últimos 50 años como allí sí que ocurre; o por otro lado, porque las elites económicas tratan de hacernos creer una realidad estadounidense que no se corresponde.

En Europa se considera que Trump es una disfunción democrática, como aseguran no pocos analistas políticos o los propios políticos. El problema de esta observación es su carácter simplista que obvia en cualquier caso hacer un profundo análisis de porqué los ciudadanos se inclinan por un candidato que parece representar todo contra lo que se había estado luchando en los últimos 70 años. Dos profesores británicos, Roger Eatwell y Mathew Goodwin, han escrito recientemente un libro titulado “National Populism” (“Populismo Nacional”) donde identifican las “cuatro D” que según ellos están detrás del auge del populismo. En primer lugar, se refieren a la “destrucción” de la política tradicional por una nueva forma de hacer política más irreverente y políticamente incorrecta.

También hablan de “desconfianza” hacia las élites establecidas, ya sean políticas o económicas. Para una gran mayoría de votantes de partidos de corte populista, los partidos tradicionales no representan la voluntad de la mayoría ciudadana, esencia de cualquier democracia, sino los intereses de una oligarquía empresarial y financiera. En este sentido, uno podrá pensar que Trump como millonario que es no representa a la mayoría de los ciudadanos de su país. Sin embargo, es un líder que ha sabido conectar con una mayoría de votantes porque dice y piensa como ellos. Trump arremete en numerosas ocasiones hacia los medios de comunicación porque sabe que sólo el 11% de sus seguidores cree lo que periódicos, revistas o televisiones cuentan. Frente a ese dato, un 91% de ellos sí que se cree a pies juntillas los mensajes que su presidente les traslada.

La tercera D que argumentan los dos escritores es la de la “degradación” fruto de las consecuencias de la mayor crisis económica y financiera de los últimos 50 años. El empobrecimiento de amplias capas de la población, el aumento del paro en sociedades como la española, italiana o griega ha incrementado la desconfianza hacia los partidos convencionales y a otros fenómenos como el auge de la llegada de inmigrantes. Finalmente, el “desajuste” de la política implica el abandono de los votantes a sus partidos tradicionales. Ese fenómeno se vio hace cuatro años en España con la transferencia de votos del PSOE a Podemos o a Ciudadanos y actualmente se repite en el ámbito de la derecha, donde VOX podría ser la formación que rentabilizaría mejor que nadie dicha tendencia. El problema como puede verse no estaría en Trump, Tsipras, Salvini o Bolsonaro. Es anterior a todos ellos y no vale con ponerse la venda antes que la herida. Si los partidos tradicionales no quieren acabar siendo devorados deberían aprender de los errores cometidos.