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Las guerras de nuestros antepasados – La Gaceta de la Iberosfera

Escribo esta columna el 18 de julio… O sea: ayer.

Ese día, aunque de otro año, de muy buena (o más bien mala) mañana, mi padre salió de la Agencia Febus, que dirigía, rumbo al sur para ver lo que se estaba cociendo en Melilla. Lo hizo en taxi y acompañado por otro periodista y redactor de La Voz. La guarnición de esa plaza de soberanía había encendido un día antes la mecha de lo que no tardó en deflagrar y convertirse en incendiaria guerra civil. Ya saben: la del 36. Mi padre, Fernando Sánchez Monreal, que era del partido de Maura, y su amigo, que tiraba hacia la izquierda, ni vivos ni muertos volvieron nunca a Madrid. Los dos fueron paseados en Burgos dos meses después tras recorrer medio país de arriba abajo y de abajo arriba al hilo de una aventura que yo narraría setenta años más tarde en mi novela Muertes paralelas. Sus cadáveres nunca se han encontrado. Yo aún no había nacido.

Caigo ahora en la cuenta de que quizá los millennials, los centennials y los de las generaciones sucesivas no conozcan el significado del verbo pasear tal como aquí lo empleo. ¿Desmemoria histórica?

Me pregunto, ¡oh, Santo Señor de los Ejércitos!, cómo digerir, entender y aceptar que vuelva a incendiar España

Toda mi infancia transcurrió yendo y viniendo entre la casa de mi madre, donde los dos vivíamos, y la de la familia de mi padre, en la que él, obviamente, no vivía. La casa de mi madre estaba en Lope de Rueda y la de la familia de mi padre en Hermosilla. Pongamos que hablo de Madrid. Sólo seis manzanas las separaban. Un paseíto de nada, incluso para un niño, en el buen sentido de la expresion.

Los Sánchez eran de izquierdas civilizadas (socialistas, por más señas); los Dragó eran de derechas, también civilizadas. La armonía, el cariño y el buen humor reinaban en las dos viviendas. Casi nunca se mencionaba la guerra civil, pero sus funestas consecuencias eran un peaje que se abonaba, silenciosamente, en las dos.

Evoco precisamente hoy, 18 de julio, aquel ir y venir de una España a la otra en nombre de la concordia de doble faz reinante entre los míos y espantado por la discordia que ahora planea sobre aquel lejano campo de Agramante atizada por la no menos funesta Ley de Memoria Histórica (o Democrática… Tanto monta) y por el rencor de una izquierda, la del actual Gobierno y  sus adláteres, que ha dejado de ser civilizada, que no abre fosas, sino trincheras, que propaga el discurso del odio,  que presume de lo que carece, que vuelve a las andadas, que apoya los golpes de estado, que no se resigna a dar por perdido lo que en dura lid perdió, que miente a todos y a todas horas desde todas las tribunas y que amordaza el albedrío de los españoles.

Miguel Delibes, en cuyo centenario todavía andamos, escribió y publicó en 1965 una novela exquisita, llena de humor, delicadeza, galanura literaria y recta intención, a la que puso por título el mismo que hoy, extrapolándolo de su contexto, lleva esta columna: Las guerras de nuestros antepasados

Ya está bien, ¿no? Firmemos, de una vez por todas, la paz. Aquí va mi rúbrica, que es la de un huérfano de guerra

Me pregunto, ¡oh, Santo Señor de los Ejércitos!, cómo digerir, entender y aceptar que vuelva a incendiar España, así sea, por fortuna, de modo todavía incruento, la fogata de aquella guerra en la que ardieron varios de mis antepasados, de los tuyos, lector, y también de los vuestros, españolitos de corazón helado que no me leéis preferís despreciar cuanto ignoráis… Machado dixit.

Desde el 1 de abril de 1936 hasta hoy (por ayer) han pasado más de ochenta y cinco años, y tres menos desde aquel 18 de julio en el que mi padre salió de la Agencia de prensa que dirigía para dar testimonio de lo que en las quimbambas del sur sucedía. Ya está bien, ¿no? Firmemos, de una vez por todas, la paz. Aquí va mi rúbrica, que es la de un huérfano de guerra.

(Posdata – He retuiteado en mi cuenta de Twitter este comentario de José Manuel Soto… «Tal día como hoy, en 1936, media España se levantó en armas contra la otra media. Hoy, 84 años después, seguimos sin poder hablar de ese tema de una forma objetiva y sosegada. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que los españoles superemos ese trauma? Yo creo que ya va siendo hora». Y yo también, José Manuel).


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