Las guerras diezman la fauna en África

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Los conflictos bélicos que han afectado al continente africano en los últimos 65 años han tenido un efecto más negativo sobre las poblaciones de grandes herbívoros que viven en parques nacionales y otras zonas protegidas, desde elefantes e hipopótamos hasta jirafas, búfalos o antílopes, que cualquiera de las otras perturbaciones vinculadas a la mano del hombre, como la minería, la urbanización ilegal y el tráfico ilegal de animales. Así lo ha confirmado un estudio sobre la biodiversidad en reservas encabezado por investigadores estadounidenses: cuantas más guerras, menos animales.

El análisis, coordinado por Robert Pringle y su discípulo Joshua Daskin, ecólogos de las universidades de Princeton y Yale, muestra que más del 70% de las áreas protegidas de África se vieron directamente afectadas por guerras entre 1946 y 2010 y que decrecieron prácticamente todas las 253 poblaciones analizadas (de 36 especies en 126 reservas). Los resultados se han publicado en la revista Nature.

Resiliencia de los territorios

Sin embargo, los autores destacan como dato esperanzador que las mismas poblaciones no se extinguieron -salvo contadas excepciones- y que en muchos casos han renacido, a veces con gran rapidez, cuando las condiciones han vuelto a la normalidad. “Incluso aquellas áreas protegidas más severamente afectadas son candidatas prometedoras para los esfuerzos de conservación”, resume Daskin.

La experiencia de Mozambique

De hecho, el trabajo empezó a raíz de un análisis del parque nacional Gorongosa, en el norte de Mozambique, un territorio extraordinario que perdió todos sus leopardos y sus hienas, así como la mayor parte de sus leones y elefantes, a raíz de más de 20 años de guerra en el país. Ahora, Gorongosa se está recuperando con paso firme al volver la paz.

Los autores recuerdan que el derrocamiento del gobierno colonial europeo, en un conflicto a menudo sangriento, fue seguido en muchos países por violentas luchas de poder igual de sangrientas. Los habitantes locales se vieron obligados a penetrar en las zonas protegidas para obtener carne y productos -como el marfil- con los que financiar la actividad militar. Los conflictos, además, relajaron las normas de protección.

Entre las áreas protegidas que han sufrido más años de conflicto destacan diversas reservas en Sudán del Sur (dentro de Sudán hasta 2011), Eritrea, Chad, Etiopía, Angola, Burundi y Mozambique. Por el contrario, los enormes parques nacionales de Tanzania y Zambia han soportado las seis últimas décadas con relativa calma, y una situación similar se observa en Gabón, Camerún, Senegal o República del Congo, entre otros países. Solo tres pequeños estados isleños -en África hay actualmente 54 países- se han librado de los conflictos armados: Cabo Verde, Mauricio y Santo Tomé y Príncipe.

Bastaba que un conflicto se declarara en las proximidades de un parque, como escriben los biólogos, para que las poblaciones de mamíferos se empezaran a resentir. Por si fuera poco, el 80% de las guerras recientes en África, dice el estudio, “han sucedido en zonas de gran diversidad ecológica”.

Nada obvio: guerras buenas para la fauna

Aunque el efecto de las guerras en la biodiversidad parezca obvio, no lo es en absoluto, insiste Pringle. De hecho, la desbandada humana derivada de las guerras o incluso la interrupción de la actividad minera pueden tener efectos beneficiosos sobre la fauna, como se constató durante la Guerra Civil de Rodesia (1964-1979), la actual Zimbabue. Asimismo, la guerra de Ruanda en los años 90 coincidió de forma sorprendente con un resurgir de los gorilas de montaña. Pero no es lo habitual. “Los datos ecológicos de zonas de conflicto son escasos, lo que dificulta estudiar los efectos de la guerra en la vida silvestre -prosigue-. Este es el primer estudio para analizarlos en escalas continentales y en periodos de décadas”. 

“El hallazgo más sorprendente es la correlación entre conflictos y disminución de grandes mamíferos”, comenta Hugh Possingham, científico jefe de The Nature Conservancy, no implicado en el estudio. “Uno podría haber imaginado que la magnitud o escala del conflicto sería el motor, pero basta la mera presencia de conflicto”.