Inicio Actualidad Leslie Cavendish, el peluquero que reinventó a los Beatles

Leslie Cavendish, el peluquero que reinventó a los Beatles

El pelo tal vez no sea la parte primordial de la música pop; pero ayuda. Elvis tenía la voz, el zarandeo pélvico y todo lo demás, pero si llega a lucir tonsura trapense en lugar de tupido tupé le recordaríamos como una mera nota al pie (de la biografía de Bill Haley). David Bowie mutaba de tocado con más celeridad que la Barbie Mil Peinados. Little Richard lo llevaba enhiesto y asilvestrado, como si se hubiese atado un tejón hipertenso a la cabeza. Los ingresos de cualquier grupo beat de los sesenta dependían en un 50% del acicalamiento óptimo de sus melenas (intenten visualizar a Brian Jones o The Byrds con peinado de leguleyo de bufete; es imposible). Incluso los calvos célebres del rock (Brian Eno, Billy Corgan, el tipo de Judas Priest, el fulano de La Mode) se esforzaron para hacer de su defecto virtud. Pues sabían que lo de los folículos y el rock no es un asunto baladí.

También lo sabían The Beatles, quizás los cuatro flequillazos más imitados del pop. John, Paul, George y Ringo tenían claro que el atusado de pelambrera era una prioridad, y por eso no iban a Peluquería Ali, como hago yo, para que les pasaran la máquina por seis euros.

Judío de clase obrera

Su peluquero no podía ser otro que Leslie Cavendish, tijeritas mítico del Swinging London. Pueden leerlo en su biografía ‘El peluquero de los Beatles’ (en inglés ‘The Cutting Edge’, que tiene bastante más salero). En ella, Cavendish se explaya en su saga de peine y bigudí, y no deja glándula sebácea por explorar. Se trata de una historia de la cultura de los 60 vista desde la tofa de los artistas. Sesgada, y nunca mejor dicho.

La historia de Cavendish tiene chicha. No se lee como una aparición de Llongueras en el programa de Nieves Herrero, por decir algo. Leslie era un chaval judío de clase obrera, nacido en el East End londinense (seguidor del Queens Park Rangers, si ese detalle les resulta indispensable), que entró de aprendiz para Vidal Sassoon a principios de los sesenta.

(Un inciso: Vidal Sassoon era el peluquero de las estrellas de Hollywood, sí, pero de joven formó parte del Group 43, un grupúsculo antifascista inglés de excombatientes judíos que se dedicaba a reventar actividades de la ultraderecha).

Sassoon quizás sabía que, dándole la alternativa a aquel aprendiz, le catapultaría a la fama peluquil. En su salón, Cavendish saltó de una celebridad a otra, de The Who a Jane Asher, hasta aterrizar en la cocorota de un tal Paul McCartney, Beatle número 1 (o 2, si ustedes son Lennonistas). McCartney, el día de aquel primer peinado, le dijo a Cavendish que lo cortase “como mejor viese”. Mientras el tonsor arreaba un tijeretazo sutil aquí y otro allá, Paul le contó que The Beatles no pensaban dar más conciertos, que el fútbol no le interesaba un carajo (Paul no lo expresó así) y que le gustaría pasar más tiempo con su familia. También le ofreció un té (no sé, ¿Earl Grey? Cavendish no menciona la marca). Cuando McCartney se miró en el espejo, dijo “no parece que esté recién cortado”, lo cual era la precisa intención del barbero. No hace falta que corran a Wallapop, por cierto: Cavendish no arrambló con un solo pelo.

Liberados del pelucón ‘Arthur’

En breve Cavendish ascendió a “estilista oficial” de la banda. Leerán en las memorias que John Lennon “no dejaba la cabeza quieta”, y nuestro rapabarbas estuvo a punto de rebanarle el pescuezo; que a Ringo lo peinó “menos veces que a los demás” y que era un sujeto callado y distante; que el cabello de George era “al menos dos veces más espeso que el de Paul”; y otras revelaciones cruciales para el devenir de la humanidad. Conviene recordar que Cavendish no inventó el pelo Beatle (el pelucón que George bautizó como ‘Arthur’ en ‘A Hard day’s night’); ese privilegio pertenece a Astrid Kirchherr, novia del primer bajista de los Beatles, Stu Sutcliffe (lo peinó a tazón con el objetivo de cubrir sus orejas de ánfora). Lo que sí hizo este fígaro del pop fue adaptar el casco Beatle para que los Fab Four no entrasen a 1967 con pinta de tarados.

En otro pasaje de la biografía, el peluquero lanza una afirmación particularmente chocante: “Puedo asegurar que mi corte de pelo llevó directamente a la creación de (…) ‘Sgt. Pepper’s lonely hearts club band'”. Resulta que en 1968 Cavendish le ofreció al bajista un corte de pelo drástico para evitar el acoso de los fans. Cuando McCartney admiró el nuevo peinado de tipo normal (con bigote de oficinista a juego) que le había practicado su barbero, exclamó: “¡Ya no soy un Beatle!”. Cavendish sugiere, exigiéndonos una credulidad de fuerza 7, que aquel cambio de imagen originaría la idea del ‘Sgt. Pepper’s’. Es como si el piernas que llevaba las canteras de mármol de Carrara afirmase que él “llevó directamente” a la creación del ‘David’ de Miguel Ángel.

Pero de todas las anécdotas que relatan las memorias, quizás la más extravagante, a la vez que veraz, sea que el 5 de junio de 1967, en pleno impulso de su carrera, Cavendish trató de alistarse en el ejército del Estado de Israel, cuando la guerra de los Seis Días (Vidal Sassoon había hec ho lo mismo en 1948). Israel venció de un modo tan fulgurante que a Cavendish no le dio tiempo de pegar un solo tiro, pero sí logró que le mandasen a trabajar al Kibutz Mahanayim, en la Galilea superior. Una tesitura (tirando a heroica) en la que, admitámoslo, es imposible imaginar a ninguno de nuestros peluqueros famosos.