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Lisboa no se acaba nunca, por José Antonio Montano

Escribí mi artículo del domingo sobre Lisboa nada más dejar la ciudad, mientras atravesaba Portugal en el autobús; pero Lisboa no se acaba nunca y quiero seguir escribiendo. Estos viajes de una semana no dejan de ser turísticos, y más en una ciudad ya tan turística como Lisboa, en que uno, turista, se topa con turistas. Sin embargo, su sustrato es tan poderoso que en el recuerdo permanece la Lisboa lírica o metafísica. Es como en los daguerrotipos: las personas no salen. Ayudó la lluvia. Y además nos metimos por sitios pocos frecuentados por extranjeros: eran los sitios más extranjeros.

Lo peor del turismo son los guías turísticos, desenfadados, insoportables. Por rendir tributo, me senté a tomar un café en A Brasileira, justo frente a la estatua de Pessoa. Así pude asistir a la triste vida de Fernando en la actualidad: una posteridad que le hubiera amargado. O tal vez se la hubiese tomado con humor. Era una parábola de la gloria literaria. ¿Cuántas veces pasó por el lugar sin saber que lo iban a tener sentado allí para siempre? Los turistas se paran a darle palmadas, collejas, besos, puntapiés. Se hacen fotos a su lado señalándolo como a un rapero. Lo peor es cuando llega el guía con un grupo y ‘resume su vida’ de un modo escalofriante. Parece una de las torturas inventadas por Dante para el Infierno.

La primera tarde no llovía, aunque estaba nublada: un gris hospitalario. Nos sentamos en una terraza del Cais do Sodré y, aun entre turistas, pasamos mucho tiempo (un tiempo sin tiempo) tomando vinho verde y charlando, con la mirada puesta en la fuga del Tajo hacia el Atlántico, tras el puente 25 de Abril. Unas bombillas ensartadas en cables curvos le daba un aire de verbena al recinto. Había tumbonas al borde del río-mar, como chaise-longues para tuberculosos que no tomaban el sol sino la niebla. La niebla trae el deseo de desaparecer.

Es bueno llevar un propósito para internarse por terrenos poco previsibles. Mi acompañante colecciona vinilos y eso nos permitió extraños itinerarios en busca de tiendas. En el corazón mismo de Lisboa estaba el lugar más sorprendente: el Espaço Chiado, en rua da Misericórdia 14 (con puerta trasera por rua Nova da Trindade). No sé si conoció mejores tiempos, pero hoy vive en una pulcra decadencia, con galerías vacías y escaleras mecánicas paradas. De lo que se proyectó como centro comercial, solo queda alguna joyería, un par de pedicuras, un mostrador con productos brasileños y lo mejor: tres o cuatro tiendas de discos de segunda mano, dos de las cuales son excepcionales, Sound Club Store y Vinylrarities. El dueño de la primera estaba en una permanente sesión de DJ, pinchando para sí mismo y para los pocos clientes.

En Groovie Records (rua Angelina Vidal 80A), tienda por la que conocimos el barrio de Vila Cândida, al otro lado del mirador de la Senhora do Monte, nos enteramos de que esos días había una feria del vinilo en Santa Clara. Callejeamos por más zonas desconocidas, subiendo y bajando por el crepitante empedrado, hasta llegar a la nave en que se acumulaban los vinilófilos. Yo di una vuelta rápida buscando cedés del sello ECM (los brasileños, que abundaban, los tengo ya todos) y salí a esperar a mi acompañante. Me encontré entonces con un jardincito en cuesta, maravilloso: el Botto Machado, con una verja que daba al río. Me senté a tomarme una caña («uma imperial«) en el coqueto kiosco, entre suaves voces portuguesas. Allí ya no había turistas. Después de un buen rato empezó a chispear y aguanté, aguantamos todos. Hasta que cayó el chaparrón.

Habíamos entrado en Lisboa por el puente Vasco da Gama y, para mi maravilla, salimos por el 25 de Abril, bajo el que habíamos estado hipnotizados unos días antes. Hacia la desembocadura se veía el monumento a los Descubrimientos y más allá la amplitud oceánica. Me acordé del Pessoa de Mensaje: «el mar con fin será griego o romano, / el mar sin fin es portugués».