Los dilemas del feminismo en el mundo del siglo XXI

Aleta Miller, representante de ONU Mujeres en Fiyi, recuerda que entre los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, la agenda llamada a guiar la acción internacional hacia un mundo más justo e igualitario en 2030, hay uno que es decisivo para las mujeres. El número cinco: lograr la igualdad de género y autonomía de las mujeres. “Es crucial para lograr espacio para el movimiento feminista y el movimiento feminista es necesario para conseguirlo”, sostiene la experta. Pero su lucha todavía está estigmatizada y ganar espacios para hacerse escuchar es una tarea extenuante. A veces, en determinados países, es actividad de riesgo.

“Soy feminista y lo digo aquí porque en donde vengo no lo puedes expresar libremente”, proclama Teldah Mawarire, coordinadora de campañas de Civicus en Zimbabue. Allí, dice, son ridiculizadas como activistas y como mujeres. “En mi país eres la esposa de alguien, incluso cuando vas al médico, lo primero que te pregunta es si estás casada”, explica. Cuando se manifiestan es peor. “Nos acosan; hay hombres que vienen a tocarnos diciéndonos que eso es lo que pedimos, lo que nos gusta. Cuando vamos a denunciarlo, la policía nos pregunta si tenemos evidencias. Al final, siempre queda impune”, prosigue.

Soy feminista y lo digo aquí porque en donde vengo no lo puedes expresar libremente

  Teldah Mawarire, Zimbabue.

Con todo, “las mujeres siguen en la primera línea peleando por la justicia social”, asegura Miller. Una de ellas es Noelene Navoulivou, asesora de políticas de Voces Diversas y Acción para la Igualdad (Diva, por sus siglas en inglés) en Fiyi, quien comenzó cuestionando el nombre de la charla: La reducción del espacio para el feminismo. Ella no cree que la represión sea un problema exclusivo de las feministas. “Muchos activistas sufren esta amenaza. Lo que pasa es que cada vez estamos más conectadas y parte de este rechazo es porque estamos llegando a ciertos lugares en los que antes no estábamos y con otro modo de organizarnos. En realidad, la presión significa que lo estamos haciendo mejor en muchos aspectos”, apunta positiva.

Lejos de la autocompasión y complacencia, las congregadas se retan a continuación a tener conversaciones incómodas en su declarado espacio seguro en una habitación de la Universidad del Pacífico Sur, donde se celebra el encuentro. “Tenemos que tener cuidado, hemos de ser solidarias, pero suficientemente abiertas entre nosotras como para cuestionarnos, siempre dentro de un marco político para no hacernos daño”, sugiere Navoulivou.

Los apellidos del feminismo

Aún con la igualdad y la libertad como objetivos comunes, en cada grupo, país y contexto las prioridades son distintas. La conversación se plaga así de feminismo con apellidos: económico, LGTBI, indígena, ecológico, de tal o cual religión… Para Navoulivou, el movimiento es uno, pero con distintos espacios de acción. “Desde mi punto de vista, va sobre los derechos sociales, económicos y climáticos en todas partes. Eso es el feminismo: luchar por la libertad de todo el mundo”, opina. Diva, la organización de lesbianas feministas a la que representa tiene por objetivo “acabar con el patriarcado y otras formas de opresión para lograr la igualdad de género total”. “Pero si alguien no quiere trabajar con nosotras porque defendemos los derechos LGTBI, simplemente tiene que decirlo y buscaremos a otros socios”, dice Navoulivou rotunda.

Un grupo de participantes en el debate sobre movimientos feministas en la Semana Internacional de la Sociedad Civil en Fiyi.
Un grupo de participantes en el debate sobre movimientos feministas en la Semana Internacional de la Sociedad Civil en Fiyi. A.A.

Esta es precisamente una de las conversaciones difíciles a las que se refiere la activista. “Hay que escarbar en las cuestiones sucias de las que normalmente no queremos hablar. Tenemos que preguntarnos por qué no dejamos a determinadas personas involucrarse”, comienza. Se refiere así a la resistencia de algunas a incluir a los colectivos LGTBI, al que ella pertenece, en el movimiento feminista.

En el círculo de trabajo creado caben todas las familias feministas, la de las lesbianas como Navoulivou, las que luchan por el derecho a la tierra o contra la violencia de género. También los hombres que, como Pepe Onziema, director de Smug en Uganda, organización informal en defensa de los derechos de la comunidad LGTBI en uno de los países más homófobos del mundo, encontró en el feminismo un aliado. “El movimiento en el país nos abrió las puertas y, lejos de querer robarles su espacio, trabajamos para construir nuevos juntos”, asegura. “Yo también soy feminista”, aclara. Su activismo le podría costar la vida, los asesinatos de homosexuales en Uganda son habituales, pero él se queda. “Es la única manera de cambiar el país. No voy a consentir que me echen”, termina.

“Es importante que haya mujeres en el poder porque somos pacificadoras y resolvemos los problemas sin violencia

Louise Dumas, Filipinas

En busca esa comprensión que Onziema encontró en las feministas ugandesas, una ronda de cafés en pequeños grupos (sin café, pero en torno a una mesa) facilita al medio centenar de asistentes conocer las realidades ajenas. Mientras que en la región del Pacífico las mujeres han hallado en la lucha contra el cambio climático una bandera compartida, en América Latina hablan de “guerra contra las mujeres” dado su alto índice de feminicidios y violaciones. “No podemos salir de manera segura a las calles”, alerta Mariana Belalba, miembro de Civicus en Venezuela.

“El problema del feminismo allí es que, debido a la situación humanitaria, las mujeres se centran en traer comida y medicinas para las familias. Y otros problemas con el aborto o la salud sexual y reproductiva han quedado apartados”, lamenta  Belalba. El problema, aunque aparcado, sigue ahí; de hecho, Venezuela registra una de las tasas más altas de fecundidad adolescente de América Latina. Cada año nacen 93 bebés por cada 1.000 mujeres de entre 15 y 19 años. Dicho de otro modo: el 23% del total de nacimientos son de madres adolescentes, según Unicef, la mayoría en situación de pobreza extrema, en zonas rurales y afrodescendientes o indígenas.

Siguiente parada: Filipinas. Al otro lado del Pacífico, aquí en la mesa de al lado, Louise Dumas, de Misiones Rurales de Mindanao Norte, advierte que, en su país, “el poder está tomado por los hombres”.  Ellas pelean por lograr acceso al poder en una sociedad muy patriarcal “con un presidente muy sexista”, afirma. Y en tiempos de tensiones como las que vive su país, con una guerra contra la droga que está causando cientos de muertes y el Estado Islámico anidando en el sur, “es importante que haya mujeres porque somos pacificadoras y resolvemos los problemas sin violencia”, subraya. El problema, indica, es que la población femenina está poco unida. “Hay mujeres indígenas, musulmanas y cristianas y les es muy difícil organizarse”, apunta.

La sostenibilidad del movimiento y el ejemplo de Frida

A los apellidos, las diferencias, las amenazas externas… se suma otra batalla: la de los fondos. Cada una de las organizaciones se afana por atraer recursos. Los necesitan para sostener sus proyectos y estructuras, pero no quieren tener que aparcar sus agendas en favor de las de sus donantes, que no siempre coinciden, ni entrar en una guerra fratricida.

La organización Frida ha encontrado el modo de resolver ambos problemas y uno más, el de la dificultad de la juventud para hacer escuchar su voz y valer su talento. Su modelo es simple: un fondo gestionado por jóvenes feministas para financiar proyectos transformadores de otras jóvenes feministas. Sus donantes son, explica Betty Barkha, consejera de Frida en Fiyi, de fundaciones privadas. “La mejor parte de esto es que son las propias mujeres la que deciden lo que necesitan y lo que quieren para resolver sus propios problemas”, prosigue.

La mejor parte de Frida es que son las propias mujeres la que deciden lo que necesitan y lo que quieren para resolver sus propios problemas

Betty Barkha, consejera de Frida en Fiyi.

Son las propias chicas las que presentan sus candidaturas para recibir ayuda. Los requisitos básicos son: que sean emergentes movimientos de base del sur global sin acceso a los grandes donantes y usen estrategias novedosas —desde la música, la pintura o las redes sociales— para lograr sus objetivos, siempre relacionados con mujeres jóvenes marginalizadas como prostitutas, refugiadas, con discapacidad, transgénero, lesbianas, rurales o pobres.  Y por supuesto que la mayoría de integrantes (70%) sean menores de 30 años.

Pasada esta criba, todos los proyectos son sometidos a una votación en la que feministas de todo el mundo eligen los que serán finalmente financiados con 5.000 dólares. “Y no controlamos en qué se gastan el dinero, aunque nos comunican sus avances”, señala Barkha. “Son ellas las que deciden en qué lo emplean”, subraya. Su mecanismo de elección y gestión de los fondos chocan con las maneras de trabajar de algunos donantes y ONG que solicitan participar en el proceso de selección y posterior vigilancia de los progresos. “En esos casos, rechazamos el dinero”, asegura la representante de la organización. “Podrían poner a un hombre a realizar esas labores y esta es una organización de mujeres para mujeres”, zanja.

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