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Los franciscanos de Tetuán, ¿custodios de Dios o del dinero en Marruecos?

Imagen de la iglesia franciscana Nuestra Señora de las Victorias de Tetuán.

Por Jesús Córdoba.- «Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas» (Lucas 16,9)

Cuando estuve en Portugal, me llamaba la atención la devoción que tenían allí a San Antonio de Lisboa, que en la Iglesia es conocido por San Antonio de Padua. Él era monje contemplativo y se hizo franciscano para ir de misionero a Marruecos y dar la vida, si era necesario, como mártir de la Iglesia de Cristo, como tantos lo hicieron: Pedro, Bernardo, Adiuto, Arcusio, Edon, primeros misioneros franciscanos y martirizados por los musulmanes.

El celo que tenían los mártires por el Evangelio y la esperanza que trasmitían de la Buena Nueva de Jesucristo, del amor y la misericordia de Dios para el hombre y el mundo y, sobre todo, para cada ser humano, fue el centro de la misión encomendada por el mismo Jesucristo y así lo imprimió San Francisco de Asís en su regla, sacada del Evangelio.

Esta misión hacia los musulmanes fue emprendida por cinco hermanos de la Orden y su muerte violenta inspiro a muchos jóvenes profesar en la orden franciscana. Entre estos jóvenes intrépidos estaba San Antonio de Lisboa, conocido mundialmente como San Antonio de Padua.

Hay un deseo de trascendencia que impregna el corazón del hombre. La necesidad de amar a Dios y al ser humano -criatura de Dios- ha sostenido el carisma franciscano y su presencia en los distintos conventos de la orden Franciscana que, en un principio, estaban a extramuros de la ciudad de Tánger o Tetuán. Hoy día, se sitúan ya dentro de ellas debido al crecimiento urbano, por lo que ha cambiado en todo su funcionamiento. Dejaron hace tiempo de ser una presencia testimonial y espiritual, viviendo de su trabajo en la huerta conventual, y han pasado a ser empresarios arrendadores de un patrimonio que los mártires que sembraron con su sangre.

La presencia misionera en Marruecos es de la época del mismo San Francisco. Puede considerarse fundada en el año 1219, ya que entonces mandó a estas tierras su primera expedición de misioneros. San Francisco de Asís intentó llegar personalmente al país en dos ocasiones, sin conseguirlo.

La segunda etapa de la presencia franciscana comenzó en el año 1630, con el nuevo y definitivo impulso del Beato Juan de Prado y sus compañeros franciscanos. A partir de 1631, los franciscanos se asientan en Marruecos de forma estable, con la aprobación de los sultanes, la autoridad oficial del país. Su ocupación primordial seguiría siendo el servicio religioso y humano-sanitario a los cautivos cristianos, dentro de una situación sin interrupciones en el envío del personal e incluso internamente bien organizada. Los sultanes casi siempre respetaron a los franciscanos, y algunos llegaron a apreciarlos. El ejemplo más destacado es el caso de la amistad y familiaridad mutua existente entre el sultán Muley Ismail (1672-1727) y fray Diego de los Ángeles, durante los más de 25 años en que éste permaneció en Marruecos.

La tercera etapa de la presencia franciscana se inicia con la expedición compuesta de cinco misioneros, entre los cuales iba el padre José Lerchundi, que sería el renovador de la presencia franciscana en el Magreb, el más insigne e importante. Su partida en 1896 dejó la misión en estado floreciente. En 1908 nace el Vicariato Apostólico que luego da el lugar a las dos Archidiócesis de Rabat y Tánger en 1956. Esta misión que los franciscanos consiguieron por su testimonio constante en la misión en Marruecos se puede ir al traste por la mala influencia de algunos de sus miembros por su mal testimonio evangélico.

No puedo hacer otra cosa que entristecerme y, con un nudo en la garganta, decir ¡basta ya! por tanta corrupción de algunos miembros de la Iglesia. Cuando escuchaba, por boca de un amigo mío que había trabajado en el convento de Tetuán y al que le dejaron a deber algunas de las obras que hizo… Cómo me contaba, con pelos y señales, en lo que se había convertido el convento y de las abultadas rentas que recibían de alquilar su patrimonio inmobiliario a grandes empresas… Los coches de lujo que tenían y su desahogada vida moral, se me saltaban las lágrimas.

Esa conversación la sostuvimos al comentar nuestro común amigo, el sacerdote don Custodio Ballester, que estaba respondiendo al arzobispo emérito de Tánger, monseñor Santiago Agrelo, franciscano por supuesto, uno más de esa patulea de mercenarios del Evangelio. El arzobispo se había atrevido a decir lo siguiente desde su retiro gallego: “Hasta un ignorante como yo sabe que hay abortos que de inmorales no tienen nada”.

Me alegro de que mi amigo, el buen sacerdote, contestase a esas declaraciones antievangélicas sobre el abominable crimen aborto de esta manera: “La clave de los males de la Iglesia habrá que buscarla en el avance de las furiosas fuerzas que luchan contra ella y dentro de ella, que crecen imparables, y además en los análogos males del mundo: la normalización institucional del aborto y de la eutanasia, de la fornicación y del concubinato, de la homosexualidad y del lesbianismo. Ahí está el arzobispo emérito de Tánger, tan ignorante e inmoral como dice ser… “

El mismo ministro general franciscano, Fr. Michael Anthony Perry OFM, en uno de sus escritos hace referencia a su misión y dice a sus frailes que “donde quiera que se hallen los hermanos y cualquiera la actividad que realicen, dedíquense a la tarea de la evangelización (CG 5,84)”.

Hace más de 800 años que un joven llamado Francisco escuchó un comentario del Evangelio sobre cómo los discípulos de Jesús fueron enviados “sin plata ni oro”. Este pasaje del evangelio de San Mateo le impresionó tanto a Francisco, que decidió dedicar toda su vida a vivir en la pobreza como los apóstoles. Se vistió con ropas ásperas y caminó descalzo y vivió realmente las palabras de Jesús: “¿Cuándo os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿acaso os faltó algo? Y ellos contestaron: No, nada” (Lucas.10, 4). Y el Señor continuó: “No llevéis ni alforja ni dinero”, y comenzó entonces a predicar el arrepentimiento.

También escuchó, cómo no, San Francisco de Asís el mensaje de renovación del hermoso crucifijo de San Damián: “Francisco, ve y repara mi Iglesia”. Y se unieron muchos jóvenes a Francisco, incluso Santa Clara. Todos ellos se dedicaron a cuidar a los leprosos que, en ese tiempo, eran despreciados y vivían a las afueras de la ciudad. Reparaban las Iglesias en ruinas por la desidia de sus gentes. Era verdaderamente una vida extraordinaria.

Misión testimonial, sí, la de los franciscanos en tierras musulmanas. La de anunciar el Evangelio a los inmigrantes que llegan a Tetuán esperando pasar a Europa, más que meterlos en pateras.

Quizás vuestra tarea apostólica, amigos franciscanos, es darles cobijo y alimento con las rentas de las fincas del monasterio y, como San Francisco, ser los últimos y estar desprendidos de todo bien material, en vez de vivir como reyes. Así daréis testimonio ante los inmigrantes que acuden al convento de Tetuán, donde vive el arzobispo, de que hay un tesoro escondido y una perla preciosa por las que vale la pena dejarlo todo y seguir a Cristo (cf. Mateo 13,44).

*Teólogo