Inicio Actualidad Los Iglesias-Montero, ante el espejo de los Ortega de Nicaragua

Los Iglesias-Montero, ante el espejo de los Ortega de Nicaragua

Con sus señorías en su escaño jurado y perjurado, ahora sí nos encontramos en la enésima recta final de la formación de Gobierno en la que, si como todas las quinielas pronostican, asistiremos a un hecho insólito en las cuatro décadas de democracia: por primera vez, un «matrimonio» se sentará en el mismo Consejo de Ministros. Es vox populi que en el Ejecutivo de Pedro Sánchez, su otrora desvelo nocturno, el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, será vicepresidente del área social, mientras que su compañera sentimental, Irene Montero (con la que tiene tres hijos) podría hacerse con la cartera ministerial de Trabajo o Sanidad. De hecho, en más de una ocasión el político de izquierdas ha asegurado públicamente que Montero sería ministra. El fenómeno de los clanes familiares en política no es nuevo. Ahí están los Clinton, Bush, Perón, Kirchner, Fujimori… y por supuesto también hay versión española: los Aznar, Suárez, Pujol… Sin embargo, ninguno de ellos ha coincidido con mujeres, hijos o sobrinos en el mismo «ring». Será ahora, en el seno de la XIV legislatura, cuando UP haga historia. Esta práctica ha sido muy frecuente en países de Suramérica y, aunque en estos momentos son pocas naciones en las que ocurre, encontramos un caso paradigmático en el que quizá puedan verse reflejados los Iglesias-Monero: el de los Ortega de Nicaragua. Él, Daniel Ortega, un presidente considerado salvador y tirano a partes iguales, y ella, Rosario Murillo, siempre en la sombra hasta que por fin en 2017 consiguió el asiento de la vicepresidencia del país. Su historia es la de dos revolucionarios que lucharon contra la dictadura de los Somoza. Se conocieron en la militancia del Frente Sandinista de liberación Nacional (FSLN), del que Ortega fue comandante a los 20 años. Un cierto paralelismo, manteniendo la distancia por supuesto, entre el romance de militancia en Podemos de Irene y Pablo. Ortega llegó por primera vez al poder 1985 tras la caída de la dictadura y lo retomó en 2007, convirtiéndose así en el «patriarca» de Nicaragua, por ser el presidente que más tiempo ha ostentado el poder. Más allá de lo anecdótico en la similitud de ambos casos, lo cierto es que ni en un país ni en otro ha dejado indiferente el hecho de que un matrimonio forme o pueda formar parte de un mismo Gobierno. Los Underwood de la vida real suscitan recelos y de cara a la imagen de los partidos políticos que representan deja una huella grisácea. «A nivel de imagen no es positivo que miembros de una misma familia ocupen cargos en un mismo gobierno o institución, aunque esta valoración deben hacerla los militantes y simpatizantes de ese partido. La imagen de un partido político es una herramienta para acceder al poder o a una representación social, por tanto, la inclusión de miembros de una misma familia en cargos institucionales puede distorsionar la imagen de ese partido político», explica Moisés Ruiz, profesor de Comunicación y liderazgo político de la Universidad Europea. Tal y como analiza, esta situación es más algo que se considera habitual, por ejemplo, en Estados Unidos: «Donald Trump ha nombrado a su yerno, Jared Kushner, consejero superior y aunque ha recibido críticas, pero no es este nombramiento el que más dolor de cabeza le está dando». Sin embargo, Ruiz reconoce que «en España no acaba de encajar esta situación. No se valora positivamente este hecho». En el caso de Ortega, muchos críticos con su gestión le tachan de déspota y enmarcan sus tres últimos mandatos en el más puro nepotismo. Un término que el profesor de la Europea disecciona con precaución. «Nepotismo es trato de favor a familiares por el hecho de serlo sin que se entre a valorar otros méritos. Entonces depende de cada situación. Puedes nombrar a un hijo director de comunicación porque en su currículo aparecen estimadas condecoraciones científicas inigualables en el mercado laboral de su profesión. Pero, aun así, no se entendería y la valoración nunca sería buena por parte de la sociedad». Sin embargo, desde Managua, la apreciación es diferente: «En los regímenes democráticos no se puede considerar positivo que dos personas con una relación familiar tan cercana ocupen cargos públicos de primer nivel. En Nicaragua está prohibido por la Constitución Política, pero forma parte de prácticas políticas establecidas entre las élites políticas», subraya la investigadora Elvira Cuadra. Apunta, además, que en el caso de Daniel Ortega y Rosario Murillo, o «La Chayo», como la conocen por aquellos lares, «el nepotismo se extiende a los demás integrantes de la familia, pues ellos también ocupan posiciones influyentes en los asuntos públicos». Murillo, de hecho, se enorgullece de ser la «Ceausescu» nicaragüense, en referencia a la mujer del presidente comunista de Rumanía, Nicolae Ceausescu, y que ejerció de viceprimer ministra compartiendo mano dura con su esposo y un enloquecido culto a su personaliad. De vuelta al caso Montero-Iglesias, las voces críticas les han acusado de querer manejar el partido a su antojo, eliminando así a quienes no compartían su visión de la formación morada, algo similiar a lo ocurrido en el país suramericano. «En Nicaragua, se ha impuesto a la esposa para evitar el relevo y la renovación del liderazgo. Es decir, se utiliza el andamiaje del poder que fue conferido por el pueblo para imponer una visión familiar y “copar” los cargos del Estado y del partido gobernante», añade Lilly Soto, profesora de las Universidades Galileo, UMG, USAC en Guatemala. Según describe esta experta «la existencia de matrimonios en cargos de poder en un mismo gobierno es un fenómeno que se propaga con mayor fuerza en América Latina a raíz de la asunción al poder en Argentina de Juan Domingo Perón en 1946. Cuando ya estaba asegurado su poder y su influencia, éste respalda a Eva Perón para que asuma el rol de líder de las fuerzas peronistas femeninas. Pero en el fondo, no es más que la utilización de la mujer o la cónyuge como una correa de transmisión», sentencia. Pero no hace falta «cruzar el charco» para encontrar otros casos en los que se da esta situación. En Francia, en 2014, bajo la presidencia de François Hollande, Ségolène Royal, la que fue su mujer durante 30 años (1978-2007) y también candidata al Elíseo siete años antes, fue nombrada por el primer ministro Manuel Valls, ministra de Ecología, del Desarrollo Sostenible. Una situación que provocó curiosidad ya que en aquel momento, además, el presidente galo (divorciado de Royal ) mantenía una relación con la actriz Julie Gayet. Una inquietud como la que ahora corre por los pasillos de La Moncloa.

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La historia de amor entre Pablo Iglesias (41 años) e Irene Montero (31 años) tuvo en sus inicios un toque de vodevil. Él acababa de poner punto y final a su relación con la también política Tania Sánchez y se rumoreaba por los pasillos que podría haber comenzado un romance con Montero. No fue hasta finales de febrero de 2017 cuando la portavoz y el líder de Unidas Podemos hicieron pública su relación. «Ok Diario» publicó el primer beso de la pareja tras un Consejo Ciudadano. En 2018 fueron padres de mellizos prematuros, Leo y Manuel, y en marzo de este año anunciaban que esperaban a una niña, Aitana, que nació el 2 de agosto. Juntos también han protagonizado la compra del chalet de los 600.000 euros y la ruptura con uno de los mejores amigos de la pareja: Íñigo Errejón.

Daniel Ortega (74 años) y Rosario Murillo (68 años), «La Chayo», se conocieron en 1978 cuando ella se unió a la lucha sandinista del FSLN. Tienen siete hijos en común y ella tiene otros tres de una relación pasada, de hecho una de las hijastras de Ortega le acusó por abusos sexuales cuando ella tenía 12 años. Murillo se puso de parte de Ortega y finalmente la causa se archivó por haber prescrito. «La Chayo» escribe poesía y ha sabido colocar a sus hijos al frente de importantes empresas privadas del país, lo que ha desatado un fuerte desencanto de los nicaragüenses hacia un movimiento guerrillero que parece haberse convertido en la caja registradora de los Ortega. Dicen que a Murillo nunca le gustó el apelativo de primera dama, porque realmente nunca fue tal. Llegó a la vicepresidencia en 2017.