Los imanes que predican el odio

Gerásimo Fillat Bistuer.- Infundiré el terror en los corazones de quienes no crean. ¡Cortadles el cuello! ¡Pegadles en todos los dedos! (El Corán. Surah Al-Anfal 8,12)

Los atentados de Barcelona y Cambrils, y la explosión de Alcanar han desatado un buen número de exégesis del terrorismo islamista que nos azota. Y entre todas las tesis, la que más se ha repetido es la referente a la “instrucción” dicen que religiosa, que reciben los musulmanes en las mezquitas de Cataluña, parece que capitaneadas por las de Ripoll, la cuna de Cataluña. Y por lo visto, reciben además de instrucción, instrucciones.

Parece que el líder espiritual del islamismo en Ripoll, el imán Abdelbaky El Satti, era el cerebro de la célula terrorista, formada básicamente por chavales jóvenes. Líder espiritual que se dedicaba a predicar el odio. Se supone que ahí en Ripoll predicaría el odio a todos los catalanes, como usurpadores de esa parte de su Al Ándalus: nada, algo tan elemental como una simple reivindicación territorial sostenida en una historia milenaria. Este tipo de reivindicaciones se entienden y se comprenden muy bien en Cataluña. Se trata al fin y al cabo de viejos agravios que uno tiene toda la legitimidad para plantearlos. El imán de Ripoll predicando la legitimidad de los musulmanes para reivindicar un país que fue suyo antaño. No deja de ser chocante que eso ocurra justo en la Cataluña que hoy tiene planteadas también sus reivindicaciones históricas, no tan antiguas por cierto como las musulmanas. Y explicando cada uno la historia a su manera. Así que si se aceptase que la historia que cada uno cuenta y la antigüedad como fuente de legitimidad, parece que los musulmanes jugarían con ventaja.

Por supuesto que ésa es una discusión bizantina repleta de bucles de los que no hay manera de salir. Cada reivindicador se enroca en su laberinto de bucles y no hay modo de que el otro escuche sus argumentos, ni de que él escuche los del otro. Encerrados en su monólogo, no paran de repetirlo para sí mismos incesantemente como un mantra. Es la virtud santificante del mantra la que alimenta sus almas. Y están seguros de que si lo repiten hasta el punto de solidificación, como quien bate claras a punto de nieve, sus deseos se convertirán en realidad: aunque eventualmente tengan que hacer algo más, no importa qué, para que se produzca ese cambio. En ambas trincheras los mecanismos son de hechura religiosa, que es la que cunde.

El problema es que la metodología para sacar adelante las reivindicaciones, es la misma en ambos colectivos: los que sostienen sus derechos en el feudalismo medieval, y los que los sostienen en el período islámico de Cataluña. Sin enemigo no hay movilización ni hay lucha; así que la primera necesidad estriba en crear un enemigo. Y los enemigos no estarían para amarlos (que eso sería traicionar “la causa”), sino para odiarlos. Predicar, pues, el odio y darle forma al enemigo (¡qué menos que lucir cuernos y rabo y echar azufre por la boca!), es todo uno: no son acciones distintas. Imprescindible este primer paso para todo el que quiere recuperar lo que le ha quitado el usurpador. Si no se le dibuja y se le configura bien, no hay nada que hacer. El odio es el cincel con el que en un bando y en otro se le da forma al enemigo.

Pero esto ocurre también en la política de todos los días. Por poner un ejemplo que lo entiende hasta el más obtuso, la corrupción objetiva les trae sin cuidado a los políticos: y sin embargo, no paran de usarla como munición tanto los partidos corruptos como los incorruptos (es un decir). Es el medio en que nadan tan felizmente, es la atmósfera en que respiran. Sin corrupción, se ahogarían. ¿Qué es pues la corrupción? Es por encima de todo un arma poderosísima para hacer odiosos a los políticos del bando opuesto. No se trata por tanto de luchar contra ella (¡Dios nos libre y nos ampare!), sino de blandirla contra el enemigo.

Porque en la peor de todas las corrupciones, que es aquella por la que se le usurpan al pueblo soberano sus derechos (¿dónde han quedado el de religión y el de opinión si se han puesto de acuerdo todos los partidos en asumir e imponer la ideología de género y la agenda LGTB en los colegios?); y a esta corrupción, le sigue la del pesebre: todos los políticos se han puesto de acuerdo en repartirse 1.000 millones de euros para decir que luchan contra la violencia de género, cuando les importa un rábano tanto ésta como la que se ejerce sobre los niños y sobre los ancianos (con muchas más bajas), pero que al no ser políticamente correcta esa información, es ladinamente silenciada. Ahí están ya echando cuentas de los parientes y amiguetes que colocarán. Hasta ahí están todos de acuerdo. Todos amigos para siempre. Pero en lo de meter la mano en la caja y en las comisiones, como unos van más allá y otros se quedan más cortos, nos tienen montado el circo y la fábrica del odio entre partidos. Y eso que se trata de la corrupción menos significativa: comparada con la corrupción que los hace a todos iguales, la corrupción moral, es el chocolate del loro. Y claro, el odio generado no es proporcional a los desfalcos producidos en las administraciones. ¡A que no!

Yo creo que tenemos una gran lección que aprender de los recientes atentados. Han sido islamistas ciertamente, pero lo que más nos tendría que preocupar es la forma tan simple, tan natural, de apariencia tan inocente, en que el odio inoculado (la motivación fuerte, irresistible) se convirtió en atentado. Por una parte tenemos al imán igual que todos los imanes y ayatolas de credos religiosos y políticos varios, que se han dedicado concienzudamente a inocular el veneno del odio en dosis lo bastante fuertes como para mover a la acción.

¿Y cuál ha sido el resultado que nadie estaba dispuesto a esperar como consecuencia de esa causa? Pues que unos chavales normalísimos, perfectamente integrados, con amigos y novias como cualquier otro de su edad, fueron inducidos a jugar a ser grandes héroes. Trabajaban con la altísima tecnología de las bombonas de butano como explosivo (¡qué críos!); y como plan B, un par de furgonetas alquiladas para meterse en un lugar lo más concurrido posible para hacer la mayor carnicería posible. Y como plan C, un cuchillo de carnicero para ir destripando gente.

¿Y les servirá este aviso a los políticos de todo pelaje para no seguir jugando con el fuego del odio? Pues no, no les servirá en absoluto. El odio es su arma, y la han de blandir en los minaretes, en los pupitres y en los medios de comunicación por mucho que pongan paz sus pancartas. Igual que el alacrán no puede vivir sin su aguijón, tampoco el ámbito político puede darse vida si depone el arma del odio. ¿Qué sería de algunas causas si no hubiesen estado blandiendo esta arma durante decenios? ¿En qué quedarían? Pues en la nada que son. Sólo el odio las alimenta. Hemos tenido un aleccionador ejemplo.

Y una pista muy significativa. En la reunión del pacto contra el terrorismo ha ocurrido lo que tenía que ocurrir: los partidos que más a fondo se han empleado en la utilización del arma del odio, no han podido firmar. Por pura coherencia. ¿Cómo van a condenar el empleo de esa arma si ellos la usan tan profusamente? El terrorismo es un resultado del empleo de esa arma mortífera. Bien lo dice Jesús en el sermón de la montaña: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego (Mateo 5,22).

En fin, tentémonos la ropa, que el arma del odio la carga el diablo y nadie sabe ni cuándo ni en qué dirección disparará. Ya ves, tan buenos chavales, tan normales, tan integrados, ¡y ya ves qué tragedia! Si algunos cristianos también emplearon en su tiempo esta arma, siempre lo hicieron contra el Evangelio de Jesucristo. En cambio, el Corán lleva el odio al enemigo, al que se niega a creer y al infiel en la médula de sus suras: Matad a los idólatras dondequiera que los encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! (Corán 9,5). ¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura (judíos y cristianos) no creen en Alá ni en el último Día, ni prohíben lo que Alá y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente! (Corán .Surah At-Tawbah 9: 29). Y no olvidemos que en el Corán no cabe exégesis ni interpretación alguna. Dice lo que dice. Aceptas o niegas –con su correspondiente e inmediata consecuencia- y punto.

Pues aún así, aún a costa de la aparente debilidad de la Santa Iglesia por falta de enemigo al que odiar, Cristo mismo, el Hijo único del Padre, Camino, Verdad y Vida, nos invitó a renunciar al odio: Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque El hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (Mateo 5,45). Al final, cada cual acabará eligiendo a quien amar y en quien creer. El Dios de Jesucristo proveerá por su Iglesia y lo hará con generosidad multiplicada. Él pagará a cada uno según sus obras. Pese a quien pese, en sus manos está el destino de los hombres y de los pueblos.

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