Los ‘segundones’ de la democracia

Se suele decir que en la noche electoral nadie pierde. Habilidades comunicativas mediante, los partidos siempre son capaces de argumentar que no han salido derrotados. Unas veces ganan porque…, pues eso, porque son la fuerza más votada; otras, se conforman con haber logrado mejores resultados que en los anteriores comicios y escogen la mejor comparación posible; y otras, no pierden porque han logrado superar sus propias expectativas o los pérfidos vaticinios de las encuestas. Siempre win-win.

Pero por más argucias que se utilicen, siempre hay un perdedor. En los cuarenta años de democracia que se celebran hoy, y en un sistema político de bipartidismo imperfecto, ha habido siempre dos candidatos a salir vencidos, los mismos que de salir victoriosos: PP y PSOE se han repartido escrupulosamente el papel de segundón sin excepción.

Durante décadas el mapa en el que pierde el PSOE ha resultado ser el negativo del mapa en el que pierde el PP

En los dos primeros comicios, los socialistas quedaron por detrás de la UCD de Adolfo Suárez. Después, PP y PSOE consiguieron un sistema de turnismo casi perfecto, pero ni siquiera con la irrupción de los nuevos partidos, eso ha podido cambiar. En 2016, cuando todo hacía pensar que Podemos haría el sorpasso, los socialistas aguantaron y mantuvieron su segundo puesto. Si se hubiera producido ese cambio de tendencia histórico, a buen seguro que los de Pablo Iglesias no se habrían visto a sí mismos como derrotados.

Sea como sea, los mapas del perdedor permiten analizar cuatro décadas de sistema democrático desde un punto de vista distinto. En líneas generales, el mapa en el que pierde el PP ha sido el negativo del mapa en el que pierde el PSOE. Pero la gracia está en los matices. Sin necesariamente atender a la cronología, se pueden observar los feudos de cada partido, las evoluciones de apoyo popular o las excepciones a la tendencia general, entre otros. En definitiva, valorar mejor la magnitud de la tragedia…

Los polos opuestos

Todas las formaciones tienen sus feudos electorales, sus caladeros particulares de votos. Son aquellas circunscripciones fieles, aquellas que, ocurra lo que ocurra, ganes o pierdas, mantienen un voto continuo y estable. Los mapas del segundo permiten destacar con mayor fuerza esos pesos puntos calientes de apoyo persistente e inquebrantable.

En el caso de PSOE y PP, dos comunidades representan esa fidelidad como ningunas. Cuando los socialistas pierden, Andalucía queda teñida de un fucsia apasionado. Cuando ocurre que son los populares los derrotados, es Galicia la que aparece coloreada. Estos polos opuestos, que además comparten la particularidad de porcentajes de voto muy parecidos, se ven con mayor claridad en las elecciones del bipartidismo casi perfecto que se suceden en las décadas de los noventas y los primeros dos mil.

En menor medida, otras comunidades les van a la zaga. Por ejemplo, Castilla y León también representa un feudo para el PP, notorio cuando los conservadores se quedan en segunda posición; de igual forma que Extremadura supone el mismo caso para los socialistas.

Euskadi y Catalunya, hecho diferencial

Los mapas dibujan otra constante: las comunidades de Catalunya y País Vasco quedan diáfanamente emblanquecidas en comparación al resto del territorio en la mayoría de procesos electorales, un dibujo que, por cierto, resultaría muy parecido en el caso de que este artículo se fijara en los ganadores. Como es sabido, los sistemas políticos propios de Euskadi y Catalunya generan estas diferencias en comparación al conjunto del Estado: ni el primero ni el segundo en España obtienen resultados comparables al de otros territorio y a veces las diferencias, sobre todo en el caso del PP, son notables.

En el caso del País Vasco, no existen muchas excepciones. Sólo en las primeras elecciones, las de 1977, el segundo (en este caso, el PSOE), logra algunos buenos resultados en algunas poblaciones y porcentajes de voto notables en las tres provincias, suficiente como para de teñir el territorio.

En el caso de Catalunya, la regla es clara. El resultado del segundo en las elecciones generales varía mucho si éste es el PSOE o el PP. Si son los populares los perdedores, el mapa catalán parece haberse lavado con el mejor de los detergentes. Más blanco, no se puede. En cambio, si son los socialistas los que quedan por detrás, se vislumbran manchas de color. Ocurre claramente en 1996, la primer victoria de José María Aznar o, en menor proporción, cuatro años después, cuando el mismo Aznar obtuvo la mayoría absoluta. En estos casos, Catalunya exhibe un apoyo popular al segundo similar al de otras comunidades como Castilla y León o Galicia, los grandes feudos territoriales del PP.

La regla se rompe en el último ciclo electoral: el mapa catalán se vuelve a emblanquecer en las generales de 2015 y 2016 a pesar de que el PSOE se mantiene como segunda fuerza más votada en España. ¿Qué ha ocurrido? El papel que representaban los socialistas en Catalunya lo adoptan esta vez Podemos y su confluencia En Comú.

Los años del auge felipista

Los ochenta dibujan tres mapas que parecen fotocopias: la misma distribución del voto, una paleta cromática idéntica y la misma intensidad en feudos muy localizados. Las elecciones generales de 1982, 1986 y 1989 son las del auge de Felipe González. En el citado ciclo electoral, los socialistas ganaron de forma abrumadora los tres comicios y consiguieron sendas mayorías absolutas.

Especialmente apabullante fue la victoria en la primera de estas elecciones. El PSOE de Felipe estaba de moda y además se quedó sin adversarios: la UCD se encontraba en fase depresiva y el centroderecha todavía no se había reorganizado en torno a Alianza Popular y después, el PP. Los socialistas obtuvieron más de 10 millones de votos, mientras que el segundo, AP se quedaba en 5,5 millones. Ésta es todavía la diferencia récord entre ganador y segundo en unas elecciones generales en España.

En las tres elecciones, los populares obtienen los apoyos más claros en zonas como el interior de Galicia, el norte de Castilla y León, Cantabria y poblaciones de Aragón o Balerares. Todavía están lejos de afianzar regiones que se convertirán dentro de unos años en puntos claves de soporte, como Murcia, la Comunidad Valenciana o incluso Madrid -aunque en la capital las posiciones siempre están más igualadas.

Los mapas también reflejan una tímida evolución en la que el centroderecha comienza a aprovecharse del progresivo desgaste del PSOE en el poder. De hecho, es literalmente así: en 1986 y 1989, los populares no ganaron en apoyo popular (incluso lo perdieron), sino que fueron los socialistas los que se dejaron alrededor de 2 millones de sufragios. Sin embargo, este progreso no será evidente hasta cuatro años después, ya con Aznar pilotando el PP. El mapa de 1993 demuestra que, aunque los focos se mantienen, ganan en intensidad en toda la geografía. El todavía segundo partido está creciendo y está en disposición de echar el cierre al ciclo felipista en las próximas elecciones, como así ocurrió.

El gran empate o la dulce derrota

En 1996, un ascendente José María Aznar y un agotado pero aún carismático Felipe González pujaron por la presidencia del Gobierno. Aunque el socialista ya había conseguido derrotar en 1989 y 1993 a su rival, esta vez, en un contexto de crisis y escándalos por corrupción, parecía llegada la hora de que el centroderecha español volviera al poder.

Y así fue: ganó el candidato del PP pero González vendió cara su derrota. Todavía hoy esas elecciones son las más reñidas de la historia de la democracia española: menos de 300.000 votos separaron a Aznar de González.

El mapa del perdedor arroja luz a este empate técnico entre las dos fuerzas tradicionales del bipartidismo en España. Es el mapa más coloreado de todos comicios, lo que significa que pese a la derrota, el PSOE logra obtener porcentajes de voto de entre el 25 y el 50% en 48 de las 51 provincias y un porcentaje de más del 50% en Huelva. Sólo en Bizkaia y Gipuzkoa, el porcentaje de voto para los socialistas es menor.

Por municipios, solo se observan blancos (porcentajes inferiores al 25) en las citadas áreas vascas, en el centro de Catalunya y en amplias zonas de Castilla y León y Galicia. En definitiva, pese a perder, los socialistas lograron convencer a amplias cotas de población de forma más o menos homogénea en todo el territorio y conservando con holgura feudos como Andalucía, Extremadura o Asturias.

Declive del PSOE

Se puede ser el segundo de muchas maneras: manteniendo el pulso hasta el final o viviendo una progresiva hecatombe en apoyo popular. El PSOE ha sido unas cuantas veces el segundo durante el periodo democrático. Lo fue en las dos primeras elecciones democráticas, quedándose solo a un millón de votos de la UCD de Suárez. Lo fue cuando Aznar, como ya hemos visto, les arrebató el poder en 1996.

También lo ha sido en el último ciclo electoral, en el que ha ido perdiendo inexorablemente apoyos hasta rozar, en junio de 2016, sus peores resultados en votos absolutos en democracia. Los mapas de los segundos arrojan mucha luz a esta regresión: de nuevo son tres gráficos casi idénticos, en los que los socialistas mantienen altas cuotas de apoyo electoral solo en el sur de España y, en menor medida, en Asturias y Aragón. En el citado ciclo, la península se va emblanqueciendo progresivamente, un fiel reflejo de la pérdida de voto electoral en favor de Podemos y sus confluencias.

Estas fugas se ven claramente reflejadas en zonas como Catalunya, Baleares, Comunidad Valenciana y Madrid, que van perdiendo color progresivamente. Además, esta caída se ve mucho más clara si se compara con las elecciones en las que el PSOE quedó segundo en los años 1996 y 2000. Los socialistas eran capaces de teñir entonces casi todo el territorio. Les queda el consuelo que estos últimos años no han perdido la segunda posición en favor de un Podemos que aspiraba a un sorpasso histórico.

Loading...