Los socios catalanes de Podemos proponen encarcelar a cualquiera que sostenga que, con Franco, lo de los golpistas catalanes no pasaba

Jaume Moya

Jaume Moya

AR/Agencias.- Aclaro algo previo y fundamental coincidiendo con la propuesta de En Comú Podem en el Congreso: yo no soy franquista porque el franquismo no representa ninguna militancia política. Mis opiniones y juicios deben ser tomados más que como mera expresiones de criterios personales, ajenos a cualquier influjo ideológico encuadrado en unas normas dictadas. De la misma forma que no me convertiría en felipista ponderar aquí el reinado de Felipe II ni tampoco en alejandrista si glosara la importancia del héroe macedonio en la vertebración de la cultura helénica, base y sustento de la nuestra. Ya que el cúmulo de falsedades, injurias y vilezas que se han vertido sobre el Caudillo y su obra de gobierno ha sido la canción oficial en estos 40 años de supuestas libertades, me creo en el deber de sostener otra versión bien distinta a la oficial, sin que ello me convierta en peor persona ni en un portavoz de la caverna, así bautizado al numerosísimo grupo de españoles que recuerda la etapa de Franco con respeto y gratitud.

De entrada un detalle que no es ninguna fruslería. Si yo puedo escribir este artículo acaso se deba a la suerte de haber sido concebido en el alborear de los 70, una época en la que el derecho a nacer se imponía a los derechos individuales que, en forma de normas abortistas impulsadas por la patulea feminista, han hallado infeliz aposento en nuestro degradado Estado laico. Supongo que ese privilegio también se lo deberán muchos de ustedes a ese régimen que, sin embargo la crueldad del que se le acusa, convirtió en imperio moral y legal el derecho a la vida. Dicho esto vayamos al meollo.

Francisco Franco, aclamado en las calles de Barcelona.

Francisco Franco, aclamado en las calles de Barcelona.

Poco podía imaginar Franco que a su muerte muchos de sus más estrechos colaboradores dieran rienda suelta a todos los odios, a todos los rencores y a todos los revanchismos. La estulticia de la izquierda y también de la derecha liberal ha alcanzado cotas delirantes todos estos años. Jamás un personaje de la vida española había sido tan execrado y vituperado tras su muerte. Se ha recurrido al insulto, se ha descendido al agravio personal, al falseamiento de la memoria histórica, al chiste escatológico y, ni que decir tiene, a la mentira como norma. Ante semejante descarrío, muchas adhesiones de hoy a la obra de Franco son una simple consecuencia del repudio de tanta vileza. Unido, claro está, al desencanto por los rumbos que España está tomando.

1 de octubre de 1975: Franco, aclamado en la plaza de Oriente por cientos de miles de españoles, en su última aparición pública. Murió 40 días después.

1 de octubre de 1975: Franco, aclamado en la plaza de Oriente por cientos de miles de españoles, en su última aparición pública. Murió 40 días después.

Soy hijo de uno de esos tantos millones de españoles que crecieron dentro de un marco político que les permitió conseguir, sin más apoyatura que su honradez y su trabajo, un puesto decoroso en el ámbito de su profesión. Deben saber las generaciones más jóvenes que, pese a los posteriores cambios de conciencia y de chaqueta, los españoles eran mayoritariamente partidarios de aquel régimen. El Caudillo había logrado el abrumador asenso de sus gobernados, gracias a la combinación de muy diversos factores, no tanto políticos como sociológicos y económicos. Quizá también sentimentales. Bajo su régimen autoritario la clase media y también la popular evolucionaron sensiblemente en sus niveles de vida, igualándose e incluso superando a las de muchos países europeos. El crecimiento económico español superó al de Francia durante el último lustro de los 60. Vivían en una nación de creciente prosperidad, de orden público total y de cordial convivencia. De acuerdo en que carecían de un conjunto de derechos electorales de que gozaban otros pueblos, pero no creo que a la mayoría de los españoles semejante limitación les importada demasiado.

El esplendor máximo del régimen franquista se alcanza en los años sesenta, en sincero olor de multitudes. Negarlo ahora o pretender disminuirlo, como tantos hacen, constituye una nueva canallada. El deterioro del franquismo comienza en la siguiente década y se agudiza en sus últimos tres años; cuando la postración física del Caudillo limita sensiblemente su capacidad de acción. Lo cierto fue que Franco murió en la cama, a los 83 años, y que sólo entonces la llamada oposición dio señales de existencia. Hasta entonces, miéntase lo que se quiera, todos esos descontentos, advenedizos, adversarios y enemigos que proliferaron como venenosos hongos no habían conseguido crear una sola situación grave para su régimen. Bien es cierto que una legión de ellos, incluidos algunos relevantes socialistas, transitaron sin aparente contradicción ideológica por las estructuras del régimen y lo adulaban y lo servían.

Agustín Montal, presidente del F.C. Barcelona le entrega al Caudillo la Medalla de Oro del club.

Agustín Montal, presidente del F.C. Barcelona le entrega al Caudillo la Medalla de Oro del club.

Se pretende sin embargo convencernos de que Franco se mantuvo en el poder en contra del deseo de la inmensa mayoría de los españoles. Lo que es simple y rotundamente falso. Ningún pueblo aguanta casi cuarenta años sin rebelarse contra un régimen que no le gusta. Los ejemplos son numerosos y, algunos incluso, bastante recientes. Aunque sea hoy políticamente incorrecto admitirlo, aquí todos eran franquistas, o por convicción o por interés o por comodidad.

Sucede que una de las constantes de la izquierda radical española es su persistencia en el engaño y la mentira. No reconocerán nunca la incidencia del franquismo en el pueblo español, lo mismo que continúan empeñados en negar las auténticas causas que les hicieron perder una guerra que, racionalmente, debieron ganar siempre. El mantenido error de la izquierda sigue siendo su empecinamiento en achacar la derrota, que comenzó en Melilla el 17 de julio de 1936, a causas ajenas a sus infinitas equivocaciones, a sus constantes enfrentamientos internos, a su inferioridad técnica y moral. Cada vez que alguno de los líderes políticos, articulistas o historiadores de la izquierda se refiere a la contienda civil, achaca la victoria de Franco a causas absolutamente ridículas, que han sido sobradamente desvirtuadas por los historiadores serios: los moros, la ayuda italo-germana, el Comité de No Intervención o el brazo milagrosos de Santa Teresa. No reconocen ni serán capaces de reconocer que el ejército nacional y su retaguardia funcionaron infinitamente mejor que el ejército y la retaguardia rojas. Y, sobre todo, estuvieron muchísimo mejor mandados. Lo reconoció el general republicano Vicente Rojo (“fuimos cobardes por inacción política antes de la guerra y durante ella”) y lo destacó el nada sospechoso Salvador de Madariaga al definir al Frente Popular como “una serie de tribus mal avenidas”.

No quiero que interpreten estas líneas como una defensa de la memoria de Francisco Franco, porque ni tengo títulos para ello, ni me siento capaz de afrontar semejante tarea en toda su inmensa y trascendental profundidad. Alguien tendrá que hacer una crítica serena y un estudio ponderado en un futuro nada lejano; cuando la derecha mojigata deje de estar subida en la cresta del desbocado aluvión antifranquista que alimenta la izquierda.

Franco, aclamado en la plaza de toros de Barcelona en 1951.

Franco, aclamado en la plaza de toros de Barcelona en 1951.

A todos esos españoles que superan hoy la cincuentena de años les preguntaría hoy si, al cabo de tantas insidias, de tantos agravios y de tantas falsedades no respondidas, ¿vivieron acaso en estado de hipnosis, de entontecimiento, de obnubilación, hasta el año 1975?

De la diferencia entre la España de entonces y esta cosa de hoy, que se nos presenta como un paradigma de virtudes, disimulando sus defectos, minimizando sus desastres, justificando todos sus errores, miserias y podredumbres, podrían dar cuenta todos esos millones de personas que, aún viviendo felices y prosperado entonces, han permitido con su penoso silencio el increíble desfile de traiciones, absurdos e insensateces que se repiten con especial virulencia estos días. Y una última pregunta que resulta clave en medio del pandemonium secesionista que vivimos: ¿por qué a la muerte de Franco era tan escaso el número de independentistas catalanes y por qué 42 años después de su muerte estos se cuentan por centenares de miles? O si era imaginable en la España de Franco una insurrección contra el Estado, dentro del mismo Estado, como la que se vive hoy en Cataluña.

En Comú propone en el Congreso tipificar como delito la exaltación del franquismo

En Comú Podem, la confluencia catalana aliada con Unidos Podemos, ha registrado en el Congreso una iniciativa pidiendo que la exaltación y apología del franquismo sean tipificados como delito en el Código Penal, con su correspondiente castigo de prisión o multa.

El Código Penal contempla los delitos de incitación al odio, discriminación o violencia, así como la justificación del genocidio, pero no hace mención expresa a ninguna ideología y En Comú quiere ampliar la redacción.

El diputado Jaume Moya asegura que “las manifestaciones cada vez más frecuentes de simbología y mensajes de carácter franquista, fascista y nazi, hacen inaplazable que el Estado tome medidas para su erradicación”. “En el actual contexto de crisis que sufre nuestro sistema, es necesario afirmar que estas manifestaciones van más allá de ser una mera ‘expresión’, y que se convierten en verdaderas ‘acciones’”, avisa.

Para ilustrar esa amenaza, Moya cita casos como la presencia de simbología fascista y franquista ante la asamblea de cargos que organizó Unidos Podemos en Zaragoza o los incidentes en Valencia el día de la Comunidad Valenciana.

La formación catalana recuerda que otros países europeos tienen tipificado delitos similares. Así, señalan que Alemania castiga la propaganda de organizaciones anticonstitucionales, entre las cuales cuenta las de carácter neonazi, y penaliza la*exhibición de símbolos (banderas y gestos) *identificadores de las anteriores organizaciones; en Francia, se tipifica como delito la apología del nazismo; y el*Derecho penal italiano impone pena de prisión y multa para aquellos que hagan “apología del fascismo”, entendido como*enaltecimiento o propaganda del fascismo*o sus objetivos antidemocráticos.

“En cambio, el Código Penal español no prevé ninguna tipificación de estas conductas, que devienen absolutamente intolerables e injustificables y que deben ser proscritas y perseguidas”, se lamentan.
Por ello, Unidos Podemos-En Comú quiere que el Congreso emplace al Gobierno a presentar en menos de tres meses un proyecto de ley orgánica de modificación del Código Penal para que se incluya “la tipificación penal del delito de exaltación o apología del franquismo, el nazismo y el fascismo”.“apología del franquismo”.

Si sale adelante la propuesta de los podemitas catalanes, se considerará “apología franquista” destacar por ejemplo los logros del régimen anterior en cualquier campo. Sostener por ejemplo que, con la creación de la Seguridad Social por parte de Franco, España experimentó un notable progreso social, o defender que las universidades populares respondieron al interés del régimen franquista de propiciar la integración universitaria de los hijos de los trabajadores, podrían convertirse en sendos pronunciamientos delictivos. Respecto a cuál sería la tipificación por afirmar que Carles Puigdemont no se hubiera atrevido con Franco a asomar la peluca, se espera que Jaume Moya nos lo aclare pronto.

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