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Malos tiempos para la lógica, por José Luis González Quirós

Quizás recuerden el título brechtiano (1939) que Golpes bajos le puso a una canción de los ochenta: Malos tiempos para la lírica. Me ha venido a la memoria con un propósito un tanto distinto, no creo que los tiempos hayan mejorado para la lírica, que siempre anduvo un poco a trasmano, pero temo que ahora mismo la lógica esté sufriendo un momento bastante peor.  

A la lógica le pasa siempre lo que a las matemáticas, que a muchos les parecen insufribles, antiintuitivas, casi locas. El punto en el que es más fácil comprobarlo es el de la política que, no en vano, es el terreno en el que la mentira suele jugar un papel protagonista. 

Verán cómo. Un amigo me advierte que la esencia de lo político es la distinción entre Amigo y Enemigo y que, si te confundes, en política, estás muerto. Otro, para corregir mi tendencia a lo ilusorio, me recuerda que la justicia no es otra cosa que la voluntad del poderoso. Para rematar mi ánimo decaído un tercero se calza los bigotes de Nietzsche y culmina advirtiendo que la verdad no pasa de ser una metáfora muy gastada, a lo sumo una ensoñación moral. Lo que me parece paradójico es que, si no me equivoco, ninguno de estos tres pensadores es votante de Sánchez, aunque me parece que tampoco tendrían mayor motivo para quejarse de lo que nos procura.

La falta de lógica de estas tres posturas me parece palmaria. Si la política se pudiese reducir a un enfrentamiento incondicional con el enemigo no habría hecho falta inventarla (pues la política es la invención y el progreso de la polis por medio de la palabra y la paz), porque la violencia de la fuerza bruta sería mucho más eficaz. De paso, el que crea que la justicia no es nada distinto al poder del Hegemón estaría en lo más cierto, y por descontado, habría que reconocer que el filósofo del mostacho estaría en posesión de una verdad paradójica sobre las virtudes de la política y la democracia. 

«La buena lógica es, por eso, el último recurso de la libertad frente a la arbitrariedad»

Son malos tiempos para la lógica los que no dan valor a palabras y argumentos, los que abundan en personajes que se creen en condiciones de imponer cualquier clase de conclusiones. Contra estos últimos decía, no sin ironía, Bertrand Russell que la lógica era el arte de no sacar conclusiones. El filósofo inglés estaba persuadido de que la lógica tenía más valor crítico que deductivo, que servía más para refutar sofismas que para levantar verdades que fuesen, al tiempo, incontrovertibles y nuevas. Los viejos escolásticos ya decían que ex falso quodlibet, es decir que de lo que es verdad se puede deducir cualquier cosa.

Todos los llamamientos a imponer una posición indiscutible se basan, por eso mismo, en el sofisma que consiste en inventar a un maniqueo estúpido. Ese enemigo merece toda clase de ataques y legitima cualquier estrategia agresiva por sucia que sea. Sánchez no cesa de esculpir ese enemigo imaginario contra el que levanta lo que supone son el muro del progreso, de la concordia, de la constitucionalidad, incluso. Ahora ha dado en llamarle la fachosfera porque le viene bien la jibarización de cualquier concepto, no vaya a ser que alguien caiga en la cuenta de que sus palabras no poseen el don de crear la realidad a las que se refieren. 

En esta concepción de la política como lucha sin cuartel contra el inventado enemigo fascista es obligado olvidar cualquier mínimo rigor sobre lo que fue, en efecto, el fascismo, sobre su realidad histórica y política. Ni Sánchez ni la cuadrilla de asesores que le iluminan han leído la advertencia de Emilio Gentile, un historiador italiano especializado en el estudio de las religiones políticas y el fascismo, que escribe «es fascista aquel que concibe la política no como un enfrentamiento pacífico entre adversarios, sino como un conflicto basado en la antítesis irreductible amigo-enemigo». 

La caracterización de Gentile no deja en buen lugar a alguno de mis amigos, pero muestra que el fascismo ha podido ser un fenómeno histórico porque existen las condiciones morales e intelectuales que hacen posible tal modo de sentir y de pensar. Lo grave no es que haya fascistas, sino que partidos que creen nominalmente en las democracias libres y plurales caigan en políticas que pueden calificarse técnicamente de fascistas porque incurren en la reducción de la política a una lucha sin normas ni lógica alguna. 

Cuando se adoptan estas posiciones, los jueces se convierten en el enemigo a batir porque la aplicación de la ley se considera una amenaza al poder absoluto que se necesita para erradicar el mal. Aunque todos sabemos el motivo por el que Sánchez ha promovido su amnistía, que nada tiene que ver con la reconciliación sino con su contrario, no está mal que pensemos en los bienes políticos que trata de procurarse. Persigue lo que Franco tuvo, una unidad de poder sin diferenciación alguna ni de poderes ni de legitimidades, cuya aparente diversificación funcional se vería reducida a una mera coordinación. 

Así vista, la amnistía en curso no solo sería anticonstitucional, siendo obvio que lo es, sino que acabaría suponiendo una nueva Constitución en la que ni habría poder judicial independiente, cosa que aún no ha logrado, ni significaría nada distinto a la voluntad del que manda, con el poder legislativo, que ya está muy metido en esa transustanciación de una democracia liberal a una parodia populista, enteramente al servicio del gobierno. 

La buena lógica es, por eso, el último recurso de la libertad frente a la arbitrariedad. Lo supo ver con infinita claridad George Orwell cuando escribió aquello de que «La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados». Ese poder soberano de la inteligencia natural es lo que nos pretende arrebatar quien quiere que siempre asintamos a su omnímoda voluntad, aunque lo que nos exija en cada ocasión sea lo contrario de lo que proclamaba muy poco antes. 

Sánchez nos quiere reducir a una obediencia ciega, y ese crimen podría alcanzar sus objetivos si los que prefieran someterse a la servidumbre voluntaria acabasen siendo una sólida mayoría, aunque lo hagan cegados por el señuelo de que eso es lo que exige su fidelidad a las grandes causas en las que siempre se amparan los felones.