Melancolía de tiovivo

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El otro día, el miércoles por la tarde para ser precisos, caminando apresurada por la calle de Floridablanca, me topé de repente con una feria de atracciones, un encontronazo que supuso un flashback en toda regla y la confirmación del viejo adagio gatopardiano: es necesario que todo cambie para que todo siga igual (o algo parecido). Hacía una tarde cálida, casi primaveral, y apetecía sentarse en un banco detrás del generador eléctrico a ver pasar la vida como un jubilado: los hábitos desganados de los adolescentes, el estrés de las yayas hiperactivadas por los nietos, la pequeña cola frente a la churrería portátil. Por así decirlo, en las ferias sale el pueblo que toda ciudad lleva dentro.

La de Floridablanca, entre Entença y Rocafort, la organiza la Associació de Veïns de Sant Antoni con motivo de la fiesta mayor, y es una lástima que empiecen a desmontarla a partir del lunes, no solo por la desilusión de los críos, sino también por las evocaciones de los más veteranos. El aroma del algodón de azúcar, de las manzanas bañadas en caramelo…

Aunque dicen que el olfato es el sentido más memorioso, a veces el oído también sorprende por su capacidad para accionar la cinta transportadora hacia el pasado. En este caso, fue una bocina, la sirena impertinente al final del trayecto, que entonces, en la nebulosa de la pubertad, también duraba demasiado poco. El aullido de la sirena dejaba tras de sí una estela de melancolía bastante parecida a la de aquellos dibujos animados del tardofranquismo, venidos extrañamente del otro lado del telón de acero y que acababan con la palabra «koniec». No acabábamos de entenderlos, supongo.

Ah, las barracas de feria y sus espejismos. Los altramuces, las rajas de coco, los fluorescentes irreales, la pesca de patitos con caña, la escopeta de perdigones con sus recompensas, el walkie-talkie, el patinete plegable, la pitillera con la hoja de maría, «siempre toca premio. Por más puntos, mejor regalo». Como entonces, tampoco hoy vale el palillo desmochado.

Banda sonora

De nuevo, asaltan las reminiscencias a través del sonido, esta vez en la forma de las canciones que atruenan en los altavoces. Ahora lo que se lleva es el reguetón, el perreo, pero en la banda sonora del recuerdo, en los viejos autochoques de barrio, resuenan en bucle los Bee Gees de Fiebre del sábado noche y Los Chunguitos, «dame veneeeeeeno». Luego, irrumpió Camela.

En verdad, los autochoques fueron una especie de escuela para la educación sentimental de un par de generaciones. Las chicas nos montábamos de en dos en los autos, y todo eran risitas tontas, dar vueltas en el mismo sentido y resistir las embestidas de los chavales tras la banda de goma protectora. Era un cortejo un poco troglodita en el que saltaban chispas hormonales de la tela de gallinero del techo.

Ahora, los autochoques son para peques; como los de entonces, pero para peques. Todo parece haberse encogido con el tiempo, igual que la noria, esa atracción tan cinematográfica.

Al verla, aunque pequeñita, es inevitable recordar la mítica secuencia de El tercer hombre, en el Riesenrad de Viena, en una de cuyas cabinas Orson Welles y Joseph Cotten mantienen uno de los mejores diálogos de la historia del cine en torno a la condición humana: «En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel ÁngelLeonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco».

También el carrusel parece más pequeño que el del recuerdo, aunque mantiene idéntico el ritual. «A mí dadme los viejos, los viejos caballos del tiovivo», decía Baroja, con su boina, en el libro de la escuela tardofranquista. Y ahí siguen los caballitos, el cisne, los columpios con sus cadenas, el camión de los bomberos, la olla de los caníbales… Todo consiste en dar vueltas, como los electrones alrededor del núcleo, vueltas y más vueltas para regresar al mismo sitio. Como la política catalana, quizá nuestro reloj de cuco.