Mercado y supermanzana: Sant Antoni ante la tormenta inmobiliaria perfecta

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Es la cuenta atrás del año en Barcelona. Faltan tres meses para que abra sus puertas, tras 10 años de obras, el mercado de Sant Antoni, una de las manzanas arquitectónicamente más imponentes del Eixample. Cuando comenzaron las obras, Sant Antoni no era un barrio de moda. Ahora lo es. Tampoco estaba previsto que allí se creara una supermanzana de tráfico reducido. La habrá al mismo tiempo que se inaugure el nuevo mercado, en abril, según el calendario previsto por el ayuntamiento. Suena de fábula, pero esa coincidencia de factores ha desatado, como se sabe ya desde hace meses, una ciclogénesis inmobiliaria colosal. Suben los alquileres, cambia pues el vecindario. Las cifras no son precisas, porque nadie censa estadísticamente los llamados desahucios invisibles (un término a memorizar), pero bastan unos días de inmersión en el barrio para tomarle el pulso. Acelerado.

Lo común en Sant Antoni es que un día el recibo del alquiler, sin previo aviso, llegue a nombre de un fondo de inversión

La plataforma Fem Sant Antoni se ha convertido en el último año y medio en la primera puerta a la que llaman muchos afectados por la gentrificación, anglicismo desconocido hace un lustro y tristemente habitual desde entonces. Es la sustitución forzada de un vecindario por otro de poder adquistivo más alto. Los primeros no se van por gusto. Se van porque sus ingresos ya no alcanzan para pagar los nuevos alquileres. Según Fem Sant Antoni, a fecha de hoy hay conflicto, en distinto grado, en las fincas de los números 19, 56, 59 y 107 de la calle de Comte Borrell, en el 117 de Tamarit, en el 179 de Sepúlveda, en el 37 de Manso, en el 9 de Urgell, en el 2 de Entença, en el 1 y 3 de Parlament… Seguro que hay más, pero estos son los más recientes, todos distintos. Hay casos en esa inquietante fase inicial en que, a través de terceros, los afectados descubren que la finca ha cambiado de propietario, comunmente un fondo de inversión extranjero. Cambia el dueño y, con ello, el trato. Dejan de repararse los desperfectos en la finca. Las comunicaciones pasan a ser pocas, frías y, lo peor, por burofax, con el que se informa de que extintguido el contrato de arrendamiento no se renovará.

Un ejemplo

Para ilustrar este wild west de Sant Antoni sirve, por ejemplo, este correo de auxilio recibido en Fem Sant Antoni. “Hace ocho años que vivo en el barrio, cinco en el mismo piso. Nuestro contrato vence el 8 de marzo y el propietario no quiere renovarnos. Pide un 50% más y prefiere extranjeros. Hemos comprado un piso en otro barrio (aquí era imposible) que tenían que entregarnor en enero, pero se retrasa tres meses. El propietario no quiere alargarnos el contrato un mes. Tenemos dos hijas pequeñas y nunca nos hemos atrasado en un pago”. Sant Antoni fue tiempo atrás un barrio, con lo que conlleva de verdad esa definición, un lugar en el que la gente se conocía y, si era necesario, arrimaba el hombro. Ahora noWild, wild west.

Trabajo de campo el 9 de enero: hay 179 pisos en alquiler. Solo dos por debajo del salario mínimo

El del párrafo anterior es un desahucio invisible. Es decir, no irá una comitiva judicial con una patrulla de apoyo de los Mossos d’Esquadra. Tampoco la PAH a evitarlo. Las víctimas de los desahucios invisibles suelen ser familias con empleo y sueldo, pero insuficiente en el nuevo contexto del barrio. ¿Cuál? Ahí van unas cifras. Inquietantes.

El pasado 9 de enero había en los portales inmobiliarios más frecuentes 179 pisos en alquiler en Sant Antoni. Primer dato, que estuvieran por debajo del salario mínimo, 735 euros, había solo dos, un 1,1% de los anuncios.

Segundo dato. Si se toma como referencia el salario más habitual según el Instituto Nacional de Estadística, es decir, 1.178 euros, solo estaban por debajo de esa cifra el 35,2% de las viviendas ofertadas. No hay que olvidar, claro, que los gastos familiares son más que los de la vivienda. Está los servicios básicos (luz, agua, gas, internet), la alimentación, los gastos escolares si hay hijos, ropa…

Tercera dato. Más de la mitad de los pisos que se ofrecían en alquiler ese 9 de enero estaban por encima de los 1.500 euros, y 19 en concreto, un 10,6% del total, por encima de los 2.000.

Se podrá apostillar que ese no es un problemón exclusivo de Sant Antoni. Otro tanto sucede en Gràcia, en el Gòtic, en Poblenou o en Poble Sec, pero en Sant Antoni, recuérdese, está el factor de la ciclogénesis inmobiliaria, el inminente estreno de la supermanzana y la reinauguración del mercado, cual catedral laica de la Esquerra de l’Eixample. Es un maqueado general en toda regla. Por lo que sea, es un factor que cotiza al alza las viviendas. En Tecnocasa se anuncia esta semana un piso de 90 metros cuadrados, “con vistas al mercado de Sant Antoni”, un quinto piso con ascensor, por 425.000 euros.

Parlament es una calle corta, de solo 58 fincas, y ha llegado a sumar hasta 37 locales de restauración. Vivir en un ‘gastrobarrio’ puede ser incómodo

Es un precio elevado, porque no anda en consonancia con los salarios medios de la ciudad y, también, porque una cosa es que Sant Antoni esté de moda y otra que sea un barrio cómodo para vivir. Es céntrico, sí. Bien comunicado, también. Pero es, sobre todo, un gastrobarrio.  Han florecido decenas y decenas de estableimientos de restauración. Solo en Parlament, una calle corta, de solo tres travesías, los vecinos, al menos los que ya están hartos, censaron 37 locales para comer, eso en una vía urbana en la que solo hay 58 fincas. A lo mejor es un récord sin igual en la ciudad.

‘Sant Adrià’

Parlament fue el lugar en el que comenzó todo, el punto central de la espiral que no ha cesado. Detrás fueron otras calles. Según la plataforma Fem Sant Antoni, alrededor del mercado, en un radio impreciso, hay más de 100 locales de restauración. El ayuntamiento impuso una suspensión de licencias hace un año y presentará en breve un plan de usos para que la inauguración del mercado y de la supermanzana no sea la puntilla que termine de acogotar la vida del barrio, pero la sensación entre los afectados es que la medida llega tarde. Los planes de usos suelen llegar tarde en esta ciudad. Pregunten en la Sagrada Família. La cuestión es que, así las cosas, los vecinos están hasta irritables. ¿Un ejemplo? Están molestos con los hermanos Albert y Ferran Adrià, no porque sean dueños de cinco locales en la zona, sino porque hasta juegan comercialmente con la expresión barrio de Sant Adrià. Detalles así son la gota que colma el vaso.

La cifra de desahucios invisibles es incierta. Elevada, seguro, pero desconocida. De vez en cuando hay quien a través de las redes sociales da a conocer las razones de su adiós. Ese tipo de noticias suelen tener una notable repercusión. Pero basta con salir a la calle para, como un Poirot, buscar pistas y evidencias. En la intersección de las calles de Floridablanca y Calabria han llegado a competir, con tienda a pie de calle, hasta cuatro agencias inmobiliarias, una de ellas especializada en inversores rusos. A veces se olvida que una de las medidas estrella del Gobierno del PP para revertir la crisis inmobiliaria fue ofrecer la nacionalidad española a aquellos extranjeros que compraran pisos caros en España. El impacto de aquella decisión, el positivo, pero también el negativo, apenas se ha analizado.

Sant Antoni es el resultado en de las decisiones que toma el Gobierno central. A veces se olvida

Pero las agencias inmobiliarias con tienda son solo la punta del iceberg. Venta al por menor, pesca con caña, que no explica del todo la transformación del barrio. Para eso no hay que olvidar nunca, recuerda Vladi, uno de los miembros más activos de Fem Sant Antoni, que este es un territorio socimi, unas siglas insuficientemente recordadas para lo mucho que inciden en la vida cotidiana de Barcelona. Son un invento también del Gobierno del PP, refugios especialmente diseñados para inversores, que ofrecen una fiscalidad baja a cambio de que se destine el dinero a adquirir viviendas, reformarlas y ponerlas en el mercado del alquiler, al precio que sea. Lo que le faltaba a la ciclogénesis inmobiliaria de Sant Antoni, vamos.