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Muere el mítico almohadillero de Las Ventas: «No digáis que estoy en el hospital, que no me llaman para San Isidro»

El Cordobés, con las almohadilas en Las Ventas

«No contéis que estoy en el hospital, que no me llaman para San Isidro». Su afición de tres largas décadas era lo que más preocupaba a Pedro Cano, el entrañable vendedor de almohadillas en Las Ventas. Había trabajado de ello durante más de treinta años, y en los últimos lo hacía ya por pura pasión taurina.

El 4 de marzo, camino del hospital Infanta Leonor, era todo en lo que pensaba: su San Isidro, sus Ventas. Pedro no sabía que la cornada del coronavirus había hecho mella en su organismo y pasó a la UCI con su sempiterna sonrisa. «Mi padre nunca se quejaba -cuenta su hijo Pedro Daniel, hoy en cuarentena-. Nosotros no quisimos decirle que tenía el Covid-19 para que no se asustara. Cuando le llamábamos por teléfono, su respuesta era siempre la misma: «Estoy bien, me tratan muy bien. Si estoy hecho un toro, ¿no veis que tengo 20 años?»». Su espíritu era el de un veinteañero con DNI del 5 de octubre de 1940. Pedro había nacido en el pueblo jiennense de las Navas de San Juan, pero su vida laboral transcurrió en Madrid. «Trabajaba en una fábrica de metalurgia y tan obsesionado estaba con El Cordobés, y luego con su hijo, que se quedó con el mote». Pedro era de los que empeñaban el colchón por ver torear a Manuel Benítez, el primer torero que cobró un millón de pesetas. «O te compro una casa o llevarás luto por mí», fue el eslogan que inundó media España en los tiempos de la posguerra.

Y de ahí derivaba su propio lema en la vida. A este veterano alhomadillero de Las Ventas, siempre con su camisa abotonada y el nudo en la corbata, no había nada que le parase para estar cada tarde de feria en la Monumental. Salvo ese luto que ahora llevan sus hijos, Pedro Daniel y Alicia, y su mujer, Manuela, una pena negra sin despedida del hombre amado. «Estamos en estado de shock. Esto parece mentira. Yo creo que aún no se ha ido y que volveremos a verle», dice su hijo con la voz rota.

La soledad

Pedro Cano murió ayer y este viernes será incinerado. Sin velatorios ni pésames. Sin el abrazo de la familia. En la más absoluta soledad, esa que este vendedor de almohadillas conocía tan bien por esos toreros a los que admiraba nada más llegar al patio de cuadrillas. Solo los primeros días permitieron a sus hijos visitar al padre: «Le veíamos a través de una cristalera. Era muy duro, pero mucho más lo es no poder habernos despedido de él». El destino ha querido que Pedro abandone el ruedo de la vida en el hospital de los toreros, el San Francisco de Asís, donde fue trasladado. «Le llamábamos. Hasta que un día no nos cogió el teléfono…» Conmueven sus palabras. Guarda silencio. Respira y sigue: «Nos daban el parte vía telefónica y nos comentaban que dentro de la gravedad estaba estable; teníamos una esperanza, pero mi padre era diabético y este virus está golpeando fuerte».

Pedro Daniel, su hijo, habla con entereza, aunque a veces las palabras dolientes se resquebrajan. Como tantos otros, no ha podido despedirse del hombre que le dio la vida, apretarle la mano, decirle lo orgulloso que estaba del padre que también repartía alhomadillas en el Bernabéu «para ganar dinero, comprar los abonos y hacernos socios de su equipo». «Era taurino y madridista hasta la médula», comenta. Y lamenta no poder compartir hoy, cara a cara, anécdotas del padre con sus seres queridos. «Estamos hechos polvo. Un día del padre sin padre ya. No podemos ni vernos, solo hablar. Yo estoy en cuarentena porque tengo síntomas y, aunque no me han hecho la prueba, me consideran positivo en coronavirus». Pedro Daniel vive aislado en su habitación, en la misma casa que su pareja, pero separados por un muro. «Ni si quiera podemos darnos ese abrazo que tanto reconfortaría. Tenemos que ser responsables y cumplir las normas de Sanidad. Esta crisis es muy dura para todos, pero cuando todo pase, nosotros ya no tendremos a nuestro padre».

Pedro será incinerado este viernes. «Tan solo mi hermana Alicia podrá ir. Y según nos ha dicho la interfuneraria, solo verá el coche fúnebre. Más adelante, en un mes o así, podremos recoger las cenizas y ver qué hacemos. Nunca quieres pensar en la muerte de un padre, pero tampoco imaginas que ni siquiera podrás velarle. Ahora no nos queda otra que afrontar la situación, ser conscientes de la realidad y tirar para delante con mi madre y mi hermana».

En los bajos del tendido 8, el 9 o el 10 ya no estará ese Cordobés que tanta nobleza derrochaba para limpiar con esmero y entregar la almohadilla -«allí conocía a mucha gente encantadora, como la Infanta Elena», comenta su hijo-, ni para apilar los cojines en forma de teja en los días de lluvia o con el sueño de volver a ver a Talavante en la capital. Pedro murió sin saber que muy posiblemente este mayo Madrid se quede sin San Isidro, esa feria por la que clamaba desde la camilla. Pero sus compañeros, que tanto le querían, ya le preparan un homenaje cuando la Puerta Grande que tantas veces cruzó se abra.

La crudeza de este virus ha hecho que Pedro, «al que le gustaba estar rodeado de gente», muera solo, pero rodeado de un cariño infinito en el hospital donde sanan las heridas los toreros. Esa herida que tanto tardará en sanar en su familia. El brindis de sus compañeros es hoy para este Cordobés de las Navas de San Juan.

(ABC)