“Mujer, habérmelo pedido y lo habría hecho”

Sonia lleva adelante una start-up y la crianza de dos niños. «Algo mucho más complicado que una empresa, que al fin y al cabo requiere que le eches horas», afirma. Junto con Rafa, su pareja (en la foto), se reparten las tareas, pero es ella quien lidia con esa «rueda infernal de pensamientos» que supone organizar la casa, y que van desde prever que la leche se está acabando, que el mayor un día tiene natación y al otro le toca desayunar fruta en el colegio, que faltan pañales y galletas, que la pequeña necesita un chándal y que quizá debería recoger un poco el comedor y estar un poco más pendiente de los roces entre los niños.

Así que entenderán que, cuando Sonia tropezó por primera vez con el término «carga mental», tuvo algo así como una revelación, la confirmación de «un malestar, un estrés difuso» que, de pronto, podía resumirse en estas dos palabras, y que incluso ha inspirado un cómic titulado con un elocuente ‘Me lo podrías haber pedido’, de la ilustradora francesa Emma Clit, que se ha hecho viral y que ha explotado en las narices de muchas parejas, desatando conversaciones más o menos ciclónicas, según el caso.

Cabe decir que en el de Sonia (85% de carga mental estimada) y Rafa (15% «y siendo generoso»), la charla es tranquila. «Hasta hace muy poco, no nos lo habíamos planteado. Y cuesta verbalizarlo, porque es injusto, pero hemos funcionado así hasta ahora. Ella, en casa, es mucho más rápida y eficaz que yo. Pero supongo que todas esas teorías que mantienen que las mujeres están más alerta o son más efectivas no tienen mucho sentido, cuando yo trabajo cooordinando un equipo y no se me suele escapar nada. ¿Será el remanente que pervive en los hombres y que hemos heredado de nuestros padres? El mío, por ejemplo, no hacía nada en casa. Y aún a día de hoy, si mi madre se va de viaje con las amigas, le deja preparadas todas las comidas».

“Cuesta verbalizarlo y no estoy orgulloso, pero es cierto: ella es quien lleva la casa en la cabeza”

Rafa Baena

Padre de dos niños, matemático y analista de datos

Delegar, responsabilizarse

Sonia va asintiendo. Y aunque sobre sus hombros siente la sobrecarga, admite que le va a costar echar lastre. «No delegas nada», dice él. «¿Será porque no me fío?», se pregunta ella. Rafa –y les sonará el estribillo, si viven en pareja– tiene la impresión de que Sonia es muy exigente y da demasiada importancia a los descuidos, y ella siente que cada olvido desata un caos que en su día a día, que ya pende de un hilo, no pueden permitirse; que detrás suyo no hay red, y que donde ella no llega posiblemente nadie lo hará. Así que planifica, organiza, y su pareja ejecuta.

¿Quieren un anécdota? Partieron de fin de semana con otras familias amigas y, una mañana, las madres se fueron, solas, a desayunar. Los padres se llevaron a los niños a dar una vuelta sin prever que, al poco, necesitarían agua, pañales, toallitas. Cuando empezó el festival de urgencias, uno de ellos tuvo que regresar a la casa a buscar cuanto se habían dejado. «Desaparecimos nosotras y desapeció la logística», recuerda Sonia. «Sí, pero no pasó nada. Volvimos y ya está», añade Rafa.

“En mi cabeza hay una ‘check list’ permanente”

Erika Pardo

Madre de dos niños y experta en comunicación

En Vila-seca, a más de 100 kilómetros al sur del barrio de Gràcia, donde viven Rafa y Sonia, Erika (80%) y Lluís (50%: no es un error, entenderán que cada cual lo estima a su manera) surfean la ola familiar tal que así: sobre él carga la compra, el orden y la limpieza, y ella pone especial celo en los niños. Y aunque el cerebro de Erika –que trabaja y estudia Comunicación en la UOC– está en estado permanente de ‘check list’ –mochilas-deberes-extraescolares-excursiones-pediatra-dentista-tutorías-autorizaciones– no se siente representada en ese infierno tan documentado que se desata cuando un varón llega de la oficina a casa buscando tranquilidad y se encuentra ante él una ‘control freak’, que igual ha trabajado tantas horas como él, pidiéndole explicaciones. ¿Por qué pusiste la lavadora y no tendiste? ¿No ibas a comprar tú la fruta para la cena? ¿Cómo es posible que en el trabajo no se te escape nada y que la casa te la tomes a la ligera?

Negarse a asumir la carga

Las preguntas no son en absoluto retóricas. «Cuando nuestras parejas nos piden que les digamos qué tienen que hacer, en el fondo se están negando a asumir la carga mental –escribe Emma Clit en el cómic que ha llevado al gran público este concepto hasta ahora circunscrito a los estudios de género–, una responsabilidad que te obliga a estar siempre alerta y acordarte de todo; un trabajo constante, agotador y, además, invisible».

De hecho, muchos hombres se han ido incorporando –a menudo a la pata coja– a las tareas más gratificantes y reconocidas, como la cocina. Pero en el ‘management‘ –igual que la limpieza del lavabo o la plancha– se libra la gran resistencia. «Tanto la logística, ese ‘check list’ permanente, como el apoyo emocional a los hijos e hijas -la importancia de poner límites, fomentar su autoestima y espíritu crítico, y estar pendientes de su día a día– es un trabajo ingente e importante que no tiene ni un tiempo ni un resultado concretos, y que demasiado a menudo no cuenta con la corresponsabilidad de los hombres, aunque no suelen reconocerlo», apunta la psicóloga social Gemma Altell.

“Estoy aprendiendo a aceptar que no se hagan las cosas a mi manera”

Mònica Arch

Madre de tres chicos, administrativa y estudia Comunicación

El espejismo de la igualdad

«El espejismo de la igualdad se rompe al tener hijos», añade la especialista, en alusión a que el gran esfuerzo físico, emocional y logístico que requiere la crianza acaba recayendo, sobre todo, en las mujeres, que poco a poco, entre perplejas y resignadas, van comprobando los fogonazos -más o menos intensos- de ese viejo mandato que convierte a los hombres en proveedores económicos del hogar, y a las mujeres, en las encargadas de procurar bienestar cotidiano y de fabricar disponibilidad laboral para los demás, con frecuencia a costa de la propia y del tiempo personal de ocio y descanso.

Los cuidados, todos esos trabajos que sostienen la vida, son vitales, y cada vez es mayor el clamor para que también sean fuente de recursos, derechos y reconocimiento. Sin embargo, con demasiada frecuencia, se llevan adelante en solitario, en ese lugar oculto a las miradas que es el hogar y bailando un tango feroz con el trabajo, aún más precarizado en las mujeres. La psicóloga, no obstante, asegura que la cuestión no es solo que los hombres se impliquen más: las madres, apunta, también deberían sacudirse la culpa, renunciar al control, delegar y aprender a asumir «los riesgos y consecuencias» de transferir responsabilidades. O sea, que si la pareja se olvida de que tocaba ir al dentista, basta con que vuelva a pedir hora. Además, recuerda, en cuanto a la mochila de roles que transmitimos a los hijos, es más importante lo que nos ven hacer que lo que les decimos. 

Parejas e hijos

En ello precisamente anda Mònica Arch (80% de carga mental), que tiene tres hijos ya mayores –de 21, 17 y 13 años–, estudia Comunicación en la UOC y vuelve a trabajar desde hace un año, tras quedarse en paro y dedicarse durante un tiempo a la familia. «Como no llego a todo, estoy aprendiendo a aceptar que hagan las cosas a su manera», explica, aunque revela que ese reequilibrio de la carga con la pareja y los hijos a veces tiene algo de lucha contra sí misma. «No le gusta que dobles las toallas o los calcetines de forma diferente a como ella lo hace. Así que prefiero esperar a que me dé instrucciones», dice su pareja, Xavi, que a veces envía whatsapps correctivos a sus hijos con la foto de la cama revuelta y el pie: «’Sou una mica marranos’».

Mònica se ríe, pero admite que le gustaría que sus hijos reconocieran el esfuerzo enorme que supone llevar adelante una casa «tendiendo la ropa cuando, por ejemplo, suena la lavadora o recogiendo sin que les digas que lo hagan –explica–. Es importante para la casa y para su vida futura saber que nadie debe arrodillarse para recoger la ropa que dejas en el suelo». Cabe decir que la ecuación doméstica, en su hogar, tiene una cuarta variable: tres mañanas a la semana una mujer les ayuda con las tareas.

Externalizar el conflicto

De hecho, las estadísticas apuntan a que, a menudo, las familias son más igualitarias –o sea, que la mujer descarga– cuando se contrata a alguien. Es lo que, en argot del gremio, se llama «salarizar tareas» o «externalizar el conflicto». Sin embargo, ¿quién organiza, cuida y limpia en casa de las mujeres que se dedican al trabajo doméstico remunerado?
Pues, en el caso de Ana Pérez, ella. Y, además, en absoluta soledad. Madre de cuatro hijos –la pequeña de 16 años–, se levanta de madrugada y, tras sacar a pasear al perro, se va a trabajar toda la mañana. Luego pasa por casa de sus padres, que están impedidos y, tras darles de comer y las medicinas prescritas, compra cuatro cosas, prepara la comida, friega los platos y recoge la casa antes de ser engullida  por el frenesí de la tarde: un rato con el nieto, la cena, los platos, el perro…

“Las mujeres deben sacudirse la culpa, renunciar al control y a aprender a asumir los riesgos y consecuencias de transferir responsabilidades”

Gemma Altell

Psicóloga social

“Mi marido cree que ya hace bastante arreglando las cosas que se estropean, y con mis hijos es imposible. Dejo la basura en la puerta y ni la ven ni mucho menos se les ocurre bajarla. Mi momento preferido del día es cuando me acuesto y cierro los ojos. ¿Saben? A veces grito o digo que me declaro en huelga, pero al final me puede el  malestar de ver las cosas sin hacer. Hay días que entro  en casa y me echo a llorar”.  ¿Quién no lo haría? La sobrecarga, ese malestar derivado del hecho «de no poderte relajar nunca», apunta Altell, llega a menudo con la sintomatología del estrés: ansiedad; depresión; migraña; insomnio, y problemas articulares, gástricos y dérmicos.

Familias homoparentales

“Nos repartimos las responsabilidades según el horario y las preferencias de cada uno”

Pep Orra

Padre de un niño y productor de doblaje

¿Y qué pasa en las familias homoparentales? Pues aquí llega la (buena) noticia: «Las investigaciones apuntan a que tanto las parejas gays como lesbianas son más igualitarias que las heterosexuales porque en ellas no opera el género», explica Vicent Borràs, sociólogo y vicepresidente de la Associació de Famílies Lesbianes i Gais. Así, al otro lado de la tapia de los mandatos y los estereotipos, no existe esa «construcción social» con la que nos formatean desde muy pequeños y que presenta a los hombres como los «suministradores» y a las mujeres como las «housekeepers», las «supermadres» que llevan como pueden –a menudo hasta el divorcio– eso de ir correteando por casa mientras la pareja dice que sí, que ya deja el Twitter y que ya pone la mesa.

En el caso de Enric Castelló (60% de carga mental) y Pep Orra (40%) la inclinación de la balanza, cuentan, viene marcada por la disposición horaria. Y el reparto de tareas, por las preferencias de cada uno. Enric es funcionario y tiene las tardes libres. Así que está más pendiente del día a día de Noel. «Y el fin de semana, yo intento llevar más la batuta», tercia Pep, que con frecuencia llega justo para la cena. Uno se ocupa de la ropa. El otro, del bricolaje. Los dos cocinan –aunque Pep tiene más mano para el «chup chup»–, hacen ‘dissabte’ y van a la compra, no planchan y se desentienden de las obligaciones del otro. ¿Saben un hecho diferencial de este hogar homoparental? Que «nunca se oye eso de ‘cariño, habérmelo pedido y lo habría hecho’».

Privilegios inconscientes

Y aquí tocamos hueso. ¿Qué pasa entonces con los varones heterosexuales? Pues según el educador social Amat Molero, del proyecto de investigación y formación Ulleres per Esquerrans, las normas tradicionales que marcan cómo debe ser «un hombre» hacen que «nos aislemos y seamos brutalmente inconscientes de los cuidados y la corresponsabilidad». «El patrón dice que debemos ser héroes y eso hace que en casa estamos más dispuestos a solucionar los problemas más visibles y carismáticos que a estar pendientes de las tareas cotidianas, invisibles y constantes, de preguntar eso de: ‘cómo estás, cómo ha ido el cole?’».

“Las normas de la socialización de los hombres hacen que nos aislemos y seamos brutalmente inconscientes de los cuidados y la corresponsabilidad”

Amat Molero

Educador social

Además, mantiene Molero, a los hombres se les educa para que sean independientes y vayan a lo suyo, “negando de forma clarísima la interdependencia y que, a la vez, dependemos del trabajo de otras personas para vivir. Además, cuando nos piden explicaciones, solemos armarnos de razones y justificaciones para evadir nuestra responsabilidad. Y como se prima la esfera pública y todo lo hacemos hacia afuera, se da la paradoja de que puedes ser un gran defensor de los derechos sociales y un gran irresponsable con lo que pasa en tu casa”. Este investigador apunta a que, cuando uno rompe la norma, también puede encontrarse con sanciones –’huy, su mujer lleva los pantalones’–, así que debe elegir “entre el castigo social o seguir alimentando el impacto físico y emocional que provoca la sobrecarga o la doble jornada en la pareja, y que claramente puede calificarse de microviolencia”. “Los hombres –añade– tenemos muchos privilegios, que generan una enorme inconsciencia y una gran resistencia a perderlos, y uno de ellos es poder elegir responsabilizarnos o no de nuestro hogar”.

Un nuevo pacto de ciudadanía

La gran decana de todo este pantanoso asunto, la socióloga Teresa Torns, llega al final de este recorrido con cubos de agua fría. Les cuenta: un estudio realizado en 30 países apunta a que, a pesar de que los países nórdicos son más corresponsables, «con el management, esa presión de tener que pensar en todo, no hay manera, las mujeres hacen más y se siguen sintiendo las responsables».

“No tener horario es invivible, así que debemos luchar para repartir el poco empleo que hay y, colectivamente, organizar otra manera de vivir”

Teresa Torns

Socióloga, experta en desigualdades de género y trabajo

¿Alguna salida de emergencia? La especialista –que admite que es «más fácil hacer políticas que cambiar mentalidades» y que la conciliación está pensada para que las madres “acumulen tareas”– apunta  hacia un nuevo contrato de ciudadanía que revise derechos y deberes para hacer visible y abordar lo que ignoró el pacto que fundó el Estado del bienestar: «Los cuidados y la interdependencia». El tiempo laboral, reflexiona, está marcando la vida de las personas, de las ciudades y de las empresas, y no hay forma de escapar a él. «Por tanto, además de batallar para que haya servicios de cuidados durante todo el ciclo vital, debemos luchar por regular, acortar, la jornada diaria. ¿Cuánto deberían pagarnos para dedicar al trabajo las mejores horas y los mejores años de nuestra vida? ¿Lo hemos pensado? No tener horario es invivible, no cabe ahí ningún bienestar cotidiano, así que hemos de repartir el poco empleo que hay y, colectivamente, organizar otra manera de vivir».

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