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Nadal, extraterrestre, por Juan Bautista Martínez

13-100-20-21. No es una combinación de la primitiva. Son las cifras que decodifican la caja fuerte de Rafa Nadal, una caja repleta de pasión, de posesión, de calidad, de tesón y de títulos. 13 en Roland Garros, donde sumó su triunfo número 100. 20 Grand Slams, consumado el de ayer con 21 sets de carrerilla, sin perder ni uno en las dos semanas de París. Como si se tratara de un torneo menor en vez de la catedral de la tierra.

Fue como siempre pero también como nunca. Fue como cada año. Pero también como ninguno. Nadal va mucho más allá del tenis, Nadal es deporte enciclopédico, hace saltar la banca, encadena capítulos en una obra con más páginas que un sumario judicial y sin hojarasca de relleno. Es una serie que mejora con las temporadas, una formidable novela por entregas, a lo Ken Follet y su Un mundo sin fin o Los pilares de la tierra, una sinfonía in crescendo, un concierto en el que los bises se reinventan para llegar al mismo puerto, el de la Copa de los Mosqueteros.

Sobre la arcilla parisina el mallorquín se convierte en un extraterrestre, en un domador de fieras, en un hechicero que embrujó en su día a Roger Federer y que también ha sido capaz de hipnotizar a Novak Djokovic con un recital mental, técnico y táctico. Porque nunca ha sido solo un pasabolas ni solo un luchador sino que en partidos como el de ayer demostró que sabe arrasar jugando al ataque, moviendo al adversario, encontrando las esquinas como un ventilador y atrapando casi todas las dejadas que le tiraron para romperle el ritmo. Pueden cerrar el techo de la pista y pueden ir a buscar unas pelotas que intenten modificar las condiciones, pero mientras no cambien la superficie, solo el inexorable paso del tiempo puede terminar con este monarca absoluto.

Su tiranía en París está más cerca del final que del principio, pero solo sus piernas, su cabeza y su brazo izquierdo tienen la respuesta a la pregunta de hasta cuándo perdurará esta epopeya. Busquen en todos los deportes y pocos casos hallarán de dominios como el de Nadal en Roland Garros. No solo es el qué. Es el cómo. Se repite, pero jamás deja de sorprender.