Navidad sí, por supuesto

Luis Ventoso.- Nada más sencillo que escribir una diatriba displicente y perdonavidas contra la Navidad. La caricatura es fácil, o facilona. El reencuentro anual con ese cuñado turras y voceras, que en realidad no tiene nada que contar y es más anodino que el líquido de una lata de aceitunas, pero que se empeña en monopolizar la tertulia. La gula desatada. El culto al Baco para cubrir los huecos de aburrimiento, hasta acabar viendo dobles las bolas del abeto de plástico que han colocado en la sala y que casi tapa la nueva tele LED tocha, donde emerge el inextinguible Raphael, cantando en el especial navideño «como si estuviese aquí mismo», según indica admirada y certera la abuela, que ya ni con el sonotone alcanza a apreciar el arte del único ganador mundial del Disco de Uranio. El gran reencuentro anual de la familia, que en algunas casas deriva en tangana a degüello porque el primo del PP y el de la CUP han tenido la feliz idea de entretener el jamón del aperitivo «charlando un poquillo de política». El abuelo socialista de la era Felipe al borde del síncope, enganchado a berrido limpio con el nieto podemita («y además, aparte de todas esas gilipolleces que pensáis, ¡no sé por qué llevas una arandela en la nariz!»). La lamentable supervivencia del machismo hispánico, que para nada se ha ido, con ellas afanadas en traer y llevar las viandas mientras la mayoría de los gachós se hacen el longuis. La hipocresía latente de que se trata de una fiesta de médula cristiana, pero cada vez menos la orientan por ahí. El festival del consumismo y los regalos superfluos («les damos ya algo a los niños hoy, porque si les pones todo junto en Reyes no les da tiempo a jugar con las cosas»). El gran Día de la Marmota de todos los años.

Pero sintiéndolo mucho, no logro formar parte de los inteligentes y los cínicos que condenan la Navidad, que desprecian estas fechas como una plomada, un rito que ojalá pase rápido y sin más. Siempre me ha encantado la Navidad. Por una familia que se enzarza en una gresca, hay centenares, miles, que lo pasan estupendamente, revisan sus afectos, comparten sus historias y cuidan con un cariño muy distintivo a los que más lo merecen: los niños, porque son la esperanza, y los ancianos, porque son el trabajo hecho y la memoria. Me gusta la Navidad, por supuesto. El calor doméstico cuando fuera zumba el frío. Disfrutar de una cena suculenta con una buena charla y un vino rico. Escuchar a los valientes destrozando villancicos y rancheras. La ilusión de los inocentes cuando llegan sus regalos. El orgullo de saber que hemos ido a más, que muchos abuelos y bisabuelos no pasaron de la azada y el remo y sus nietos y bisnietos ya han ido a la universidad, conquistan el mundo en las grandes multinacionales, o trabajan en el admirable Estado del bienestar que hemos construido entre todos, en un país libre, seguro y próspero. Pero sobre todo me gusta la Navidad por lo que conmemora, el nacimiento de Jesucristo, la esperanza de la fe en Dios. Hace un frío tremendo en el vacío radical del ateísmo, cuando se mira de frente y solo se ve un aterrador fundido en negro. La nada.

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