Necesidad de sociedad civil

El sistema electoral por si solo no basta para dar vida a la dialéctica democrática entre la mayoría, la oposición y las minorías. El ejecutivo no puede cumplir su gestión utilizando sólo la coacción de la ley como queda demostrado en el caso catalán. Para que la alternativa sea de veras democrática habrá que apoyarse en una sociedad libre capaz de expresar y respetar todas las opciones plurales, aunque resulten opuestas. Esto supone la autorregulación de las partes y exige una cierta moderación de las expectativas y un fuerte empeño en el control a distancia del ejercicio del poder político. La sociedad civil es necesaria para garantizar el respeto a los resultados de las urnas, cosa que en España no sucede debido al empleo de malas artes desde los partidos antisistema y de izquierda-comunistas.

La realidad de la existencia de la sociedad civil está condicionada por el concepto que tengamos a priori de la misma. Su presencia nos será revelada según las funciones que consideremos en ella como propias o características. Una organización clientelar puede representar a una sociedad fuertemente organizada ajena en absoluto a la organización democrática del poder público. Después de todo, el clientelismo fue un principio cardinal de la autorregulación de la sociedad desde la más remota antigüedad y mantiene aún su vigencia tendencial en países avanzados como el nuestro.

Todavía cuando invocamos “lo civil” apuntamos a realidades distintas según de que parte del espectro político sea quien lo mencione. Yo me refiero al ethos moderno comprometido con formas de comportamiento “éticamente correctas”, inspiradas en un sentido profundo de libertad y de la responsabilidad personal y colectiva, como bien afirma Martin Patino. Los particularismos están excluidos del concepto que tengo de la sociedad civil. Precisamente porque echo en falta determinadas funciones de las gentes, hoy con las reacciones ante el terrorismo de la yihad y ayer con el de ETA, hay que preguntarse por la existencia o al menos por la posibilidad de la existencia en España de la sociedad civil.

Vivimos atrapados por cargas sutiles de escepticismo. Desde los que piensan que la sociedad civil es un concepto subjetivo y, por tanto, destinado al abandono realista, hasta los que creen que depende de cómo se entienda la existencia de “sociedad civil”.

Una sociedad civil existe en la medida en que los actores sociales son capaces de crear su propio espacio y no sienten invadida su esfera personal y privada por el sistema político-administrativo. Tiene voz propia y se siente protagonista de una organización autónoma. Esos actores demuestran en su conducta y en las prácticas sociales que se rigen por una serie de valores aplicables universalmente a todos los ciudadanos, cuestión que no está clara en este momento que vivimos.

La existencia de lo que entiendo por “sociedad civil” choca con muchas dificultades, pero todas ellas de manera general y con pocas excepciones tienen alguna relación con una manera de concebir el estado como responsable único de todos los males que nos aquejan. Pero la fuerza del estado y la fuerza invasora del poder político resulta proporcional a la debilidad de la sociedad civil. Con otras palabras, la carencia de sociedad civil se relaciona directamente con la proliferación de formas de ejercer el poder político y con la complicidad de la sociedad mediática que llega a absorber e incluso anular a lo social.

La novedad de los partidos políticos después de casi medio siglo de silencio se asentó en el centro de la plaza pública como si de su funcionamiento, de su existencia y desarrollo dependiera todo el bien de la democracia participativa. Hemos conseguido que nuestras audiencias mediáticas se interesen por los personajes y aun por la vida interna de los partidos. Los medios han dado preferencia a las cosas de la política dejando en un segundo plano la política de las cosas.

*Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca.

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