Niñas de compañía: la inocencia en venta

En Akihabara, el barrio predilecto de Tokio para los apasionados del manga, a casi cualquier hora es fácil ver entre la muchedumbre adolescentes que muestran en un cartel los servicios que ofrecen en establecimientos JK (acrónimo de ‘Joshi Kosei’, estudiante de entre 15 y 18 años). Aseguran que son solo actividades sociales, pero es evidente que hay un trasfondo sexual donde lo único que se ofrece es el acceso a ellas. Con la nueva ordenanza tokiota, en la capital y su área metropolitana queda prohibido que menores de 18 años presten servicios de compañía en negocios JK.

La escena descrita en Akihabara, donde en teoría son mujeres adultas ocultas bajo un ‘look’ de niña, se repite en todas las grandes urbes de Japón pero con menores, a excepción de la prefectura de Aichí. A plena luz del día, y sin disimulo, se mercadea con la inocencia, la pureza y la ingenuidad de las niñas, como si de un artículo de consumo se tratara. Y nadie se escandaliza. 

La chica JK ha adquirido un gran valor sexual, lo que ha generando una línea de negocio denominada JK business que empezó a popularizarse en el 2010 y ofrece la compañía de menores (es sabido que bajo mano los clientes proponen, o las chicas ofrecen, servicios sexuales).

Una ordenanza de Tokio obliga al empresario que explote menores a pagar solo una multa de 7.550 euros

En el 2016, la policía de Tokio cerró dos establecimientos JK y entrevistó a 42 chicas, de entre 15 y 17 años, que trabajaban en ellos. La mitad admitió haber tenido relaciones sexuales con clientes y el 28% afirmó que es difícil rechazar una solicitud de sexo. Otro dato interesante es que el 66% ingresó en el establecimiento a través de una amiga.

“Al principio, las empresas de prostitución utilizaron el acrónimo JK para que la gente no se diera cuenta de que las trabajadoras eran colegialas. Pero la denominación se ha normalizado hasta tal punto, que incluso las chicas de secundaria se llaman JK entre ellas”, explica Yumeno Nito, directora de Colabo, una oenegé que se dedica a rescatar menores que sufren violencia sexual o están en redes de prostitución. Yumeno señala que han surgido otras denominaciones: “JC, estudiantes de entre 7 y 12 años, y JS, estudiantes de primaria de entre 12 y 15 años”. En internet es fácil ver muchas imágenes con connotaciones sexuales de JC y JS; “por ejemplo, niñas vistiendo un bañador de color piel –para evitar la ley– y haciendo ver que comen un plátano”.

  

Mirar sin ser vistos

Las estudiantes suelen trabajar en los establecimientos con su uniforme escolar, aunque también es habitual que usen un disfraz o ropa infantil. Hay una gran variedad de establecimientos JK, pero los más comunes son el JK Café (para charlar), el JK reflexología (masaje) y el JK Osanpo (paseos). “También existen establecimientos en los que el cliente puede observar a las niñas mientras juegan a través de un espejo mágico, sin ser vistos”, explica Tetsuya Shibui, un periodista que lleva más de 10 años investigando sobre pornografía y prostitución de menores en Japón. “Se supone que el JK business solo es para entablar comunicación con una menor (el contacto sexual no es la finalidad), pero hay servicios que contienen sexo –matiza Shibui–; salen con hombres a restaurantes y karaokes, donde hay espacios reservados en los que intiman”.

Las agresiones sexuales se producen con más frecuencia cuando la cita tiene lugar fuera del establecimiento. Según Shibui, es donde “el hombre puede obligar a la chica a que haga cosas que no quiere, incluso se puede llegar a la violación”. Otro riesgo es que el hombre “tome fotos para utilizarlas como chantaje o se obsesione con la chica”.

El problema se agrava cuando las niñas agredidas sexualmente que se denuncian se sienten humilladas por la pena que recibe el agresor. “Solo pagan entre 200.000 (1.500 euros) y 300.000 yenes (2.257 euros), y pueden volver al día siguiente a su trabajo como si nada hubiera ocurrido”, cuenta Shihoko Fujiwara, la presidenta de Lighthouse, otra oenegé que lucha por los derechos de las menores explotadas en Japón.

Las menores, culpabilizadas

En la misma línea, la nueva ordenanza de Tokio es también insultante. El empresario que explote a menores en un negocio JK solo tiene que pagar una multa de hasta un millón de yenes (7.550 euros) o, en su defecto, cumplir hasta un año de cárcel. Además, tanto los medios de comunicación como el imaginario colectivo tildan a las chicas de buscar dinero fácil para comprar ropa de marca o salir con las amigas. De este modo, vierten toda la responsabilidad moral sobre las menores, liberando de culpa a los clientes.

“Las chicas jóvenes huelen bien”, justifica un cliente de un JK Shampoo de Osaka durante su visita al local

Nito se pregunta: “¿Cómo la gente no puede imaginar que detrás suelen haber problemas familiares graves como la pobreza, el maltrato o los abusos sexuales”. Para las chicas que huyen de su casa debido a la violencia familiar, y que terminan deambulando por las calles de Tokio, Nito apunta que “solo en los barrios de Shinjuku y Shibuya hay más de 100 captores para ofrecerles ayuda y trabajo en un negocio JK, e incluso casa”.

Un cliente de un JK Shampoo en Osaka explica que empezó a ir porque trabaja su ídolo (chica que admira de un grupo musical). “Aquí son inocentes y guapas, en otros lugares tienen como objetivo solo ganar dinero y ofrecen servicios sexuales, pero aquí no hay nada de eso”. Tras una pausa, mira al techo y sonrojado añade: “Las chicas jóvenes huelen bien, cuando tengo un día duro en el trabajo vengo, me dan un trato agradable y escuchan mis problemas, no solo me lavan el pelo y me masajean la cabeza, también me limpian el corazón”. Fujiwara se pregunta: “¿Por qué un hombre paga para hablar con una menor o pasear con ella? En ese mismo momento ya se está mercadeando con la chica. Ésto es explotación infantil”.

Desde que en el 2015 una investigación de Naciones Unidas sobre la explotación infantil señaló a las empresas JK por su práctica comercial de índole sexual, Japón ha dado pasos muy tímidos para eliminar la industria. Lo más destacado hasta la ordenanza de Tokio ha tenido lugar en la prefectura de Aichí. En julio del 2015 es la primera que prohibió la contratación de chicas menores de 18 años para negocios de JK. “Esperábamos que la ordenanza de Tokio fuera más amplia que la de Aichí”, señala Keiji Goto, un abogado especializado en la defensa de menores que sufren agresiones sexuales. A su juicio, ambas leyes son de insuficientes debido a que solo regulan la industria JK, dejando al margen otro tipo de negocios donde trabajan menores como bares, karaokes, restaurantes cosplay o meido cafés, donde las chicas vestidas con provocativos disfraces cantan, charlan con los clientes o los amenizan con juegos infantiles. “Pueden reducir el negocio JK, pero nosotros estamos interpelando al gobierno para que haga una ley que sea clara y precisa para todo el país”, concluye Goto.

Explotar las lagunas

Estaba anunciada la entrada en vigor para el verano de una ordenanza en Tokio que regulara el negocio JK, y el sector estaba en alerta; las siglas JK hace meses que empezaron a desaparecer del nombre de muchos establecimientos. Pero el objetivo es explotar las lagunas de la legislación y eludir las actuales o futuras leyes que intenten regular el negocio, convirtiéndose en bares o restaurantes aparentemente normales, donde las menores siguen ofreciendo sus servicios.

Shibui opina que “aunque eliminen las siglas JK, las chicas de secundaria siguen trabajando, el cliente utiliza el boca a boca para encontrar un establecimiento donde haya menores de verdad y en internet hay foros donde se intercambia información”. El negocio de JK estudia a fondo la ley, y alecciona a las chicas para burlarla.

En los bares JK hay normas básicas que son sagradas: cuando hablan con el cliente las chicas siempre deben estar detrás de la barra, nunca sentarse junto a él, y dentro del establecimiento está prohibido el sexo. “El sistema de trabajo es el siguiente: si hacen algo debe ser fuera, para librar al negocio de toda culpa. Las chicas son instruidas para que ofrezcan servicios sexuales bajo mano; aunque, a pesar de llevarlos a cabo fuera del establecimiento, deben entregar el dinero que ganan al jefe”, asegura Fujiwara, que ha constatado cómo ahora en la publicidad muestran imágenes de dibujos manga con adolescentes vestidas de colegialas. “Sorprende con qué rapidez los establecimientos cambian de nombre y ubicación”.

Más que una bienvenida

Un ejemplo. Hasta hace un año el Special Café de Akihabara se llamaba JK Special Café. Ha cambiado de nombre para autocalificarse como un restaurante corriente. En palabras del dueño, “es un restaurante familiar que ofrece servicio para charlar con las camareras”. Y añade: “En un restaurante al cliente le dan la bienvenida y las gracias por su visita, nosotros le damos un trato de amigo”.

“Estoy aquí para arreglarme los dientes”, explica Choa, una camarera de 16 años d el Special Café de Akihabara

En el local hay seis chicas trabajando y ninguna viste de colegiala. Son parte de una plantilla que supera las 60 trabajadoras que rotan a lo largo del día y la semana. En el momento de la visita de esté diario está trabajando Choa, de 16 años, que entró hace dos meses recomendada por una amiga (una de las técnicas de captación más habituales, las chicas que traen una nueva trabajadora son premiadas económicamente).

Choa cuenta que cuando hace amistad con los clientes y repiten le da mucha alegría. Tienen entre 30 y 40 años, pero también los hay de entre 18 y 60 años. “Yo creo que ellos quieren conocer como es la juventud actual”. Al preguntarle qué quiere hacer en el futuro, Choa no duda: “Estoy aquí para arreglarme los dientes y preparándome para trabajar en un bar de chicas (bar de mujeres adultas que hacen compañía a hombres)”.

La desaparición de los negocios de índole sexual con menores está muy lejos de ser una realidad en Japón. Solo una prefectura de las 47 ha tomado medidas, junto con la ciudad de Tokio. Quizá la influencia que la capital suele ejercer sobre todo el país pueda significar un punto de inflexión en la conciencia de la sociedad japonesa. No obstante, Shibui piensa que una prohibición total de los establecimientos donde las chicas ofrecen sus servicios puede ser contraproducente. “Esto nunca va a desaparecer –opina–. Yo pienso que hay que permitir algo, pero con un permiso especial y bajo vigilancia policial; si lo prohiben se disparará la clandestinidad, con el riesgo que eso supone para las chicas”.

Por su parte el jurista Goto apela a la ley. “Si seguimos como hasta ahora, sin castigar nada, no se eliminará el problema. Lo más importante es hacer una ley concisa, y que la policía sea muy estricta en su aplicación, junto con programas de rehabilitación para las adolescentes”. El activista Nito aboga por corregir el origen de todo. “Se le da valor a las niñas menores como motivo sexual y esto es un gran problema que la sociedad japonesa debe enmendar”. Esta corriente cultural se denomina Moe. “Las chicas inocentes son objetos de consumo y la gente lo tolera como si fuera parte de la cultura japonesa. Hay que erradicarlo”, concluye.

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