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«Niños conejillos de india»: Los crueles experimentos con niños autorizados por el doctor Anthony Fauci

Fauci

El reciente escándalo del#BeagleGate logró lo que no pudo conseguir una pandemia mundial de COVID. Consiguió que el mundo se detuviera y cuestionara la integridad del doctor Anthony Fauci.

En las últimas semanas, los medios de comunicación convencionales y sociales han estallado con relatos sobre los crueles experimentos con animales financiados por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (“National Institute of Allergy and Infectious Diseases”, NIAID por sus siglas en inglés) con el dinero de los impuestos estadounidenses.

El NIAID, una división de los Institutos Nacionales de Salud, funciona bajo la dirección de Fauci.

Las publicaciones virales en las redes sociales describen cómo, después de hacerles pasar hambre y de que se les extirparan las cuerdas vocales para que no pudieran aullar o ladrar, los perros tenían la cabeza atrapada en jaulas en las que había hambrientas pulgas de arena que se comían vivos a sus anfitriones.

A otros cachorros se les inyectaron variantes “mutantes” de bacterias transmitidas por garrapatas fabricadas en laboratorio antes de exponerlos a cientos de garrapatas que luego les chuparon la sangre durante una semana. Se les extrajo sangre dos veces por semana durante ocho semanas y luego se les sacrificó.

En otro experimento, se inyectaron larvas de gusano del corazón a los beagles y posteriormente se les practicó la eutanasia para poder utilizar las larvas en otros experimentos.

La investigación de “The White Coat Waste Project” (WCW, siglas en inglés de “Proyecto de los residuos de bata blanca”) que dio a conocer estas historias desencadenó una protesta pública y un esfuerzo bipartidista para que Fauci rinda cuentas por los experimentos innecesarios y abusivos que autorizó con millones de dólares de los contribuyentes.

Los subsiguientes ataques de los medios de comunicación a WCW son una prueba del impacto que el #BeagleGate tuvo en la percepción pública.

“La ironía es que son estos pequeños cachorros los que provocan indignación”, dijo Vera Sharav, activista de derechos humanos y fundadora de la Alianza para la Protección de la Investigación Humana (“Alliance for Human Research Protection”, AHRP por sus siglas en inglés).

No es que a Sharav no le importen los cachorros. Sin embargo, se siente frustrada por no haber podido generar el mismo clamor público cuando se trata de su misión de toda la vida de acabar con los crueles experimentos médicos con niños.

“Los animales tienen poderosos defensores, como “People for the Ethical Treatment of Animals” (“Personas por el tratamiento ético de los animales”) que luchan por protegerlos de este tipo de abusos”, dijo Sharav. “Pero estos niños son desechables. Es una parodia”.

Como niña superviviente del Holocausto, Sharav fue testigo de primera mano de cómo un sistema corrupto puede borrar sistemáticamente las normas morales y la empatía humana en nombre de la salud pública.

Ha trabajado durante décadas para poner fin a las prácticas médicas poco éticas y abusivas, incluidas las que están subvencionadas y facilitadas por los organismos gubernamentales y las grandes farmacéuticas, Big Pharma.

Su batalla para romper el silencio conspirativo y llamar la atención de los medios de comunicación y de las autoridades reguladoras ha sido una batalla ardua, que lleva décadas peleando.

Pero en 2004 hubo un rayo de esperanza. La BBC se puso en contacto con Sharav como parte de una investigación para un documental, “Guinea Pig Kids” (“Los niños conejillos de indias”).

Basado en los hallazgos del periodista de investigación Liam Scheff, el desgarrador documental expuso los tortuosos experimentos médicos clandestinos de Fauci con niños infectados por el VIH al cuidado del “Centro Infantil de la Encarnación” (“Incarnation Children’s Center”, ICC por sus siglas en inglés).

Sharav se asoció con Scheff, la periodista de investigación Celia Farber y el director de la película, Jamie Doran. Durante un breve tiempo, los tres creyeron que la verdad podría salir finalmente a la luz.

Pero, como todos descubrieron, arrojar luz no es para los débiles de corazón.

¿Quiénes eran los “niños conejillos de indias”?

El ICC (siglas en inglés de “Incarnation Children’s Center”), que se promocionaba como “el único centro de enfermería especializada de la ciudad de Nueva York que proporciona atención especializada a niños y adolescentes con VIH/SIDA”, fue el escenario de estos crímenes contra la humanidad.

En 1992, el NIAID proporcionó financiación para reintroducir el ICC como “una clínica ambulatoria para niños seropositivos” y la clínica pasó a formar parte de la Unidad de Ensayos Clínicos de Sida Pediátrico de la Universidad de Columbia.

El departamento de bienestar infantil de Nueva York, la Administración de Servicios para la Infancia, estaba facultado para ofrecer a los niños vulnerables y desfavorecidos que tenía a su cargo como ratas de laboratorio para probar medicamentos tóxicos contra el SIDA, como el AZT, la Nevirapina y varios inhibidores de la proteasa, así como vacunas experimentales contra el SIDA.

La mayoría de estos fármacos, aprobados para adultos con SIDA, llevaban advertencias de recuadro negro y causaban efectos secundarios potencialmente letales, como la muerte de la médula ósea, el fallo de órganos, las deformidades y el daño cerebral.

La mayoría de los niños eran negros, hispanos y pobres, a menudo nacidos de madres drogadictas.

El NIAID, aprovechando la ortodoxia imperante sobre el SIDA, justificó los experimentos poco éticos realizados en estos niños como la única oportunidad que tenían de sobrevivir.

Jacklyn Hoerger, cuyo trabajo consistía en administrar los medicamentos a los niños, contó:

“Nos decían que si vomitaban, si perdían la capacidad de caminar, si tenían diarrea, si se estaban muriendo, todo ello era debido a su infección por el VIH. Me limité a darles fielmente lo que me decían los médicos”.

La obediencia, como principio unidireccional, ha sido un tema recurrente a lo largo de la carrera de Fauci. Según la directora médica del ICC, la Dra. Katherine Painter, el “mayor problema al que se enfrentan las familias con niños seropositivos es la fidelidad”.

Hoerger aprendió esta lección por las malas, cuando inició el proceso de adopción de dos medias hermanas del programa. Aplicando un método científico mucho más compasivo en casa, Hoerger dedujo que eran los medicamentos los que causaban las dolencias de las niñas. Así que interrumpió los regímenes farmacológicos.

Elle describió las mejorías que ocurrieron como “casi instantáneas” y señaló que las niñas empezaron a comer correctamente por primera vez en su vida. Pero su desobedicencia hizo que se la considerase una madre negligente y perdió la custodia de las niñas. No se le permitió volver a verlas.

En el ICC, la cooperación de los sujetos experimentales tuvo siempre prioridad frente a su bienestar. Se exigía a los niños que tomaran estos medicamentos sin tener en cuenta sus impactos negativos, y los efectos adversos se atribuían a su presunta enfermedad (AHRP (siglas en inglés de la “Alianza para la Protección de la Investigación Humana”) descubrió que el NIAID permitía a sus socios farmacéuticos experimentar con niños incluso sin que sus infecciones por VIH estuviesen confirmadas en el laboratorio).

Cuando algunos padres se negaron a dar su consentimiento a las pruebas, los funcionarios de los servicios de infancia les retiraban la custodia de los niños rápidamente y los colocaban con familias de acogida, o en hogares infantiles donde se autorizaba entonces la participación del niño.

Cuando los niños se resistían o rechazaban la medicación, eran llevados al hospital Columbia Presbyterian, donde se les insertaban quirúrgicamente tubos de plástico en el estómago para administrarles los medicamentos.

Según Sharav, al menos 80 niños murieron en el transcurso de estos ensayos clínicos.

“Fauci se limitó a esconder bajo la alfombra a todos esos bebés muertos”, dijo Sharav. “Eran daños colaterales en sus ambiciones profesionales. Eran niños desechables”.

Una visita a la fosa común de la ICC en el cementerio de “Gate of Heaven”, en Hawthorne (Nueva York), hizo que Celia Farber, reportera de investigación que llevó a cabo la investigación para el documental, se diera cuenta de ello.

“No podía creer lo que veían mis ojos”, dijo Farber. “Era una fosa muy grande con césped artificial echado por encima, que realmente se podía levantar. Debajo del césped, se podían ver docenas de sencillos ataúdes de madera, apilados desordenadamente. Puede que hubiera 100 de ellos. Me enteré de que había más de un cuerpo de niño en cada uno”.

La obediencia también era un tema cuando se trataba de adherirse al Código de Nuremberg o incluso de seguir la normativa federal relacionada con la participación en ensayos clínicos.

En lugar de atenerse a los requisitos establecidos para proteger a los niños de acogida, Nueva York creó una junta de revisión institucional, un comité de ética formado por representantes de los mismos hospitales que realizaban la investigación para conceder las aprobaciones.

En otras palabras, la aprobación se puso en manos de la parte interesada.

En marzo de 2004, la organización de Sharav presentó una queja ante la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos y la oficina federal de protección de la investigación en seres humanos.

La denuncia se centraba en la inscripción ilegal de niños de acogida en estos experimentos y en el fracaso institucional de todo el sistema a la hora de protegerlos de acuerdo con la normativa federal que exige un defensor independiente para cada niño.

Estos niños, algunos de tan solo 3 meses de edad, no tenían voz independiente. La ACS, la misma organización que esencialmente los puso en una cinta transportadora para que participasen en los ensayos clínicos, era también su tutor legal.

“Es una abdicación total de la norma ‘primero no hacer daño’ y de la dignidad de los seres humanos”, dijo Sharav. “Desde el punto de vista de la investigación médica, los animales de laboratorio son caros y estos niños son baratos. El gobierno los entregó como un rebaño de animales”.

La campaña contra los “negadores del sida”

“Guinea Pig Kids” (“Los niños conejillos de indias”) se estrenó en la BBC el 30 de noviembre de 2004, pero fue retirado abruptamente del aire.

Una denuncia presentada por poderosos activistas del SIDA llevó a la BBC a retirar el documental y a eliminar la investigación. Y fue mucho peor lo que ocurrió entre bastidores.

Celia Farber contó que ella y otros fueron “despiadadamente vejados a todos los niveles” por ser los llamados “negadores del SIDA”.

“Vinieron a por nosotros profesionalmente, económicamente, espiritualmente y socialmente”, recuerda Farber. “Nadie quería ser un negador del SIDA. Despertaba un odio inmediato. Ese término hechizaba profundamente y la gente no podía escuchar más allá de él. Era algo que cerraba instantáneamente a la gente”.

Una reunión del subcomité de 2005 organizada por el Departamento de Salud y Servicios Humanos (“Department of Health and Human Services”, HHS por sus siglas en inglés) de EE.UU. concluyó que se habían violado los derechos protegidos de los niños de acogida en algunos de los ensayos de medicamentos contra el sida, pero nada cambió en el ICC y los niños siguieron muriendo.

Al Instituto de Justicia VERA, encargado de investigar la muerte de los niños utilizados en estos experimentos, se le prohibió consultar los historiales médicos y se negaron a aceptar los datos de la propia investigación de Scheff.

Los esfuerzos de Scheff, Sharav y Farber volvieron a sumirse en la oscuridad. Hasta ahora.

“Fauci lleva dirigiendo esta agencia (NIAID) desde 1984 y nunca ha conseguido desarrollar un fármaco o una vacuna”, dijo Sharav. “No ha habido curación. Sólo ha conseguido aterrorizar a la gente”.

Sharav está lista para que el reino del terror de Fauci termine.

Pero tal vez donde más podemos aprender sobre Fauci y sus compinches no es mirando sus fracasos, sino dirigiendo nuestra atención a sus éxitos. Él y sus colegas de los NIH y de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades han perfeccionado un paradigma de pandemia utilizando paradigmas de diagnóstico cambiantes y definiciones clínicas que incorporan métodos de prueba defectuosos.

Este método se utilizó para lanzar algunas de las campañas del miedo más exitosas de la historia mundial. Ese miedo se utilizó para generar un modelo de guerra médica que se ha utilizado para justificar miles de experimentos crueles, innecesarios y costosos.

Y si bien esos experimentos no produjeron tratamientos o curas eficaces, lograron insensibilizar a los investigadores y al personal sanitario y los capacitaron para “limitarse a cumplir las órdenes”, independientemente de los resultados sanitarios.

Todo esto se logró con un enorme gasto para los contribuyentes estadounidenses, y la ortodoxia resultante ha costado la salud a millones de personas.

Los tratamientos van y vienen, pero la obedicencia médica y la creación de una cultura de “cómo te atreves” para avergonzar y silenciar las voces de la disidencia ha seguido siendo probablemente el experimento científico más exitoso y rentable de la historia mundial.

Pero hay dos variables que Fauci no valoró correctamente: la resistencia del espíritu humano y el poder del amor de los padres.

Para Farber, ser testigo del desenlace de la narración es surrealista.

“Sigo sintiendo rabia y asco de que esta matriz terrorista de activistas del SIDA haya conseguido convencer al público de que mire hacia otro lado, de que no debe preocuparse por estos niños”, dijo Farber.

Pero a pesar de todo lo que ha pasado, hay una chispa de optimismo.

“La chispa de luz es que mucha gente está adoptando esta lucha ahora, hay mentes preparadas para esto ahora, si uno puede ser considerado una ‘mente preparada’”, dijo Farber.

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