¿No es Rajoy proetarra?

(Uno también peca de ingenuo, aunque poco a poco vaya entendiendo. Escrito el 16 de octubre de 2006) El capital político acumulado por Aznar –excluyendo su pésima explicación de la guerra de Iraq y su nefasta política de medios (también otras cosas, pero bueno)–, más el descrédito del PSOE, debieran haber dado a Rajoy una gran mayoría absoluta en 2004. Pero él prescindió de aquel capital y de la crítica a fondo a las majaderías de Zapo. Se dedicó a hacer promesas como si saliera de la oposición sin un pasado reciente que las respaldara; y permitió al PSOE presentar mil ofertas como si no las invalidase su pasado también muy reciente y nunca corregido. Zapo estuvo a la ofensiva y Rajoy a la defensiva. Solo las rentas de la gestión de Aznar, a las que él no añadía nada, daban a Rajoy una victoria mínima y probablemente insuficiente para gobernar. Y al final todo lo decidió una jugada oscura y sangrienta.

Desde entonces no es que le hayan faltado a Rajoy buenas ocasiones. Por ejemplo, la nefasta Constitución europea fabricada por el corrupto etarrófilo Giscard d’Estaing. Por supuesto, Rajoy la criticó severamente… para apoyarla al fin. En lugar de una gran victoria política compartió el fracaso de Zapo, y en la ridícula posición de peón de este.

Vino la mayor traición perpetrada por Zapo hasta ahora, el mayor precio político pagado a la ETA y el separatismo: el estatuto de Cataluña. Rajoy demostró la ilegalidad del engendro, pero aceptó discutirlo en las Cortes y a continuación lo imitó en Valencia y Baleares… de momento. ¡Y poco después se ofreció al gobierno para ayudarle a evitar un “precio político” en los chanchullos con la ETA!

Acabamos de ver la misma táctica con respecto al envío de tropas al Líbano: tras una crítica feroz… Rajoy apoya a Zapo. En torno a la investigación del 11-M, la misma llamémosle táctica: “No pero sí, o sí pero no”.

En algún momento, ya no recuerdo por qué, Rajoy rompió estrepitosamente la relación con el gobierno… y tres días después le estaba mendigando una reunión y quejándose de enterarse por la prensa de las decisiones gubernamentales. Difícil un mayor esperpento. Y encima soportando el regodeo de Zapo y su aparato mediático: “PP, extrema derecha”. En fin, para qué seguir. ¿Qué confianza puede dar esta conducta al electorado? (Ya se ha visto que le ha dado bastante)

Y sin embargo Rajoy no es un Piqué o un Gallardón, dispuestos a traicionar cualquier principio y a colaborar con la Infame Alianza. Él ve la realidad, parece sentir la democracia y la unidad de España, seguramente supera a Zapo en inteligencia (ja, ja, ja…). Pero no es capaz de diseñar una estrategia acorde con los hechos y con sus sentimientos, y ahí reside la diferencia. Zapo obra con una estrategia, la haya elaborado él u otros, y Rajoy no. Su mensaje, contradictorio y desalentador hasta el patetismo, cabe resumirlo así: “El gobierno realiza una política horrorosa, anticonstitucional y antiespañola, pero nosotros estamos dispuestos a colaborar con él, para evitar males mayores”.

¿Qué males mayores? Obviamente, la pérdida de poltronas, obsesión de los Arriolas y tantos otros. Penúltimas encuestas: el PSOE aventaja en varios puntos al PP. ¡Y eso viviendo todavía el PP de las rentas de Aznar, porque nada nuevo o mejor se le ha ocurrido desde entonces! Parodiando a Churchill, cabría advertirles: “Aceptáis el deshonor por conservar las poltronas, y perderéis las poltronas con deshonor”. ¿Sabrá Rajoy aprender de la experiencia?

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(Aquí ya lo veía más claro. Escrito en mayo de 2008)

Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años de oposición. Recordaré solo algunos casos clave.

Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, que prácticamente no mencionaba (como tampoco el pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.

Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.

La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.

Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.

Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un hecho inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo en acuerdo con los terroristas y contra el estado de derecho. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.

En las filas de la derecha crece el descontento, pero un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo, no lleva a ninguna parte.

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