Noche aciaga en el Museu de Lleida

Noche aciaga en el Museu de Lleida. Y día aciago, también. Con luz de día, gris, eso, sí, han salido las 44 obras de Sijena que custodiaba el Museu de Lleida. Y en el amparo de la oscuridad y del artículo 155 han llegado de madrugada los técnicos de Aragón en su búsqueda. Y entre una cosa y la otra: 14 horas de un espectacular despliegue de las fuerzas de seguridad: Mossos y Guardia Civil. Muchos. Imposible contarlos. Además de cargas policiales a primera hora de la mañana contra los concentrados para proteger los bienes, más un helicóptero sobrevolando la ciudad. Y consignas. Variadas. La mayoría contra los cuerpos policiales, pero también ha recibido lo suyo el alcalde de Lleida. La gente no le perdona al socialista Àngel Ros el apoyo del PSOE al artículo del 155. Pero lo que más les duele es el qué y el cómo. La marcha de un patrimonio que han cuidado y conservado durante casi medio siglo de manos de la Guardia Civil. Quizá las piezas hubieran acabado partiendo a la larga, pero la puesta en escena de este lunes ha sido como poco desproporcionada. Así que tristeza e indignación se respiraban por igual.

No en vano, “no hay ningún museo del mundo que haya visto reducida su colección por vía de una ejecución provisional de sentencia y con la entrada de las fuerzas de seguridad del Estado”. Palabras del director del Museu de Lleida, Josep Giralt, al acabar el proceso. Pero Aragón tenía prisa. Este era el tercer intento para hacerse con los bienes. Los recursos de la Generalitat habían frenado el proceso en julio del 2016 y en julio del 2017. Pero un cambio de juez en el juzgado número 1 de primera instancia de Huesca y la disposición del ministro, ‘conseller’ de Cultura de facto, de acatar la ejecución se han convertido en la gran oportunidad de Aragón. La llegada de la comitiva ha sido especular. Rozando a lo triunfal. Y temprana. No han esperado a las ocho de la mañana, tal como indicaban en su plan de trabajo inicial, sino que han aprovechado la providencia judicial del jueves que les permitía entrar a las 00.00 horas. No han llegado puntuales. Lo han hecho a las 3.30 horas.

A medianoche

Aunque el dispositivo ha empezado antes, cuando los campanarios de la ciudad han tocado a medianoche. En ese momento los ‘mossos’ que estaban apostados en el Museu de Lleida han empezado a perimetrar la zona. Antes de acabar con el blindaje total del museo, ni una bocacalle sin cortar, ha habido tiempo para negar la entrada al alcalde Àngel Ros y a los representantes de la Generalitat (Jusèp Boya, director general de Patrimoni; Maria Dolors Portús, secretaria general de la ‘conselleria’ e interlocutora con el ministerio y Magda Gassó, técnica del departamento). En ese momento, tampoco han podido acceder los trabajadores del museo, que ha llegado convocados por el director. Este, la responsable de comunicación y los vigilantes eran los únicos en el interior del centro junto con los ‘mossos’, que en aquel momento actuaban de policía judicial.

Los agentes han hecho retroceder a todo el mundo hasta la Rambla de Aragó, un nombre que ni escogido, paradojas del callejero. Y el Museu de Lleida ha quedado aislado y fortificado. Imposible acercarse. Y así tomado por las fuerzas de seguridad ha permanecido hasta poco después de las 14.00 horas, cuando las piezas han salido camino a Sijena. Con la zona controlada y una lista en la mano, se ha ido llamando a los trabajadores del museo y los representantes de la Generalitat para que accedieran al centro, previa muestra del DNI. No ha entrado el alcalde. Tampoco lo ha hecho por la mañana en un segundo intento. Corría la una de la madrugada. Pero ha habido que esperar a la llegada de los aragoneses (nueve personas entre abogados, conservadores, y representantes  institucionales) para empezar a trabajar.

El embalaje

“Con profesionalidad intensa”, en palabras de Giralt. Pero con frialdad y tirantez. Y  con una setententa de guardias civiles “armados hasta los dientes” paseándose por el museo. Así han convivido los técnicos catalanes y aragoneses las horas que ha durado el proceso: informes de conservación por cada pieza firmados por ambas partes, y luego su embalaje. Primero las obras de las reservas, luego las que estaban en las salas permanentes. Las últimas en ser encajadas, las tres magníficas cajas sepulcrales de Isabel d’Urgell, Beatriu Cornel y Francisquina d’Erill. No ha aparecido una ‘Inmaculada’ del siglo XVIII, pero se les ha entregado un fragmento de alabastro no reclamado.

Las piezas ya están en Sijena, pero en las estanterías del Museu de Lleida luce y lucirá el vacío. “No es duelo. Es historia del museo y la gente tiene que poder visualizarlo”, a juicio de Giralt. Y a fin de cuentas puede que las obras acaben volviendo. Pues lo más grave de todo esto es que el traslado obedece a una sentencia provisional. Y al 155.

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