“Nunca escapamos de aquella habitación de los Maristas”

Las vidas de Eneas Espinoza, de 45 años, y de I. G. (se usan las iniciales para mantener su anonimato), de 37 años, han crecido en paralelo porque fueron atacadas en el mismo punto. Aunque ellos hace poco tiempo que lo han descubierto. A los dos les dejó marcados la misma persona, Adolfo Fuentes (1943), un hermano marista que ejercía de coordinador en el colegio Alonso Ercilla de Santiago de Chile. Fuentes es uno de los siete docentes denunciados en el Caso Maristas de Chile. La investigación de EL PERIÓDICO ha documentado además que Fuentes es uno de los cuatro hermanos acusados de pederastia que fueron reclutados en España. Nació en San Cebrián de Campos, se formó como marista en el Juniorado Hispanoamericano de Valladolid y ostentó diversos cargos de responsabilidad dentro de la comunidad religiosa. 

Eneas vivió en 1979, mientras estudiaba en el Alonso Ercilla, un episodio parcial con Adolfo Fuentes que nunca comentó con nadie. Es el siguiente. Cuando tenía 6 años, el hermano lo sacó de clase y se lo llevó al ‘cubil’, una habitación sin ventanas ubicada en un sótano del colegio, debajo el gimnasio, que usaban habitualmente los Boy Scouts para reunirse. Allí el profesor se sentó a Eneas en las rodillas y comenzó a manosearlo. El pequeño se resistió, forcejeó con el profesor, alcanzó la puerta y logró escapar. Así terminaba el episodio. 

Pero el recuerdo se completó hace poco tiempo, cuando su mujer se quedó embarazada por segunda vez y Eneas se enteró de que ahora iba a ser padre de un niño. Al saber que era varón, le sobrecogió un miedo irracional a que un pederasta abusara de su hijo en el futuro. Estaba a punto de descubrir por qué. “Los recuerdos, esta vez, fueron más fuertes de lo que mi cabeza podía sostener”, y tuvo que aceptar inesperadamente que al episodio, aquel en el que forcejeaba con Adolfo Fuentes en una habitación sin ventanas y lograba escapar por los pelos, le faltaba un trozo: “Nunca salí de aquella habitación. Nunca me escapé. ¿Cómo iba a librarme a los 6 años de un hombre adulto?”.

Desmontado el relato que se había construido, Eneas lo recordó todo. Porque la verdad era que Adolfo Fuentes abusó de él en repetidas ocasiones. Siempre que quiso. El profesor lo sacaba de clase, se lo llevaba a un lugar tranquilo y allí lo forzaba para que le practicara sexo oral. Después, antes de devolverlo a clase, le obligaba a lavarse los dientes. “Me sigue molestando el olor a dentífrico”.

Hace pocos meses, cuando en Chile estalló el ‘caso Maristas’, Eneas quiso contar su experiencia en la revista ‘The Clinic’. “Pensé que hacerlo público tal vez ayudaría a otros a salir del mismo infierno“, explica en una entrevista con EL PERIÓDICO que se realizó antes de recibir la llamada de I. G., el otro protagonista de esta historia de recuerdos prohibidos.

La fotografía

I. G. es exalumno del Alonso Ercilla, como Eneas. Él ni siquiera conservaba un recuerdo parcial de los abusos que sufrió por parte de Adolfo Fuentes. Por eso tuvo una reacción distinta a la de Eneas al estallar el ‘caso Maristas’ de Chile. “Cuando se criticaba al colegio, yo lo defendía”, explica a este diario, en la primera conversación que mantiene con un medio de comunicación. “Mi psiquiatra dice que esto también era un mecanismo de defensa”. El bloqueo de su mente comenzó a ceder cuando leyó la entrevista a Eneas. Y cedió del todo cuando vio una fotografía de Fuentes en una página de exalumnos en Facebook. La cara de su agresor desató un torrente de imágenes que su consciencia había trabajado durante años para contener. “Se me vino el mundo encima”

Como Eneas, él también tenía 6 años la primera vez que Fuentes lo atrapó. “Vino a buscarme a clase y me llevó a la capilla, dijo que quería enseñarme a rezar y, mostrándome cómo se hacía una genuflexión, comenzó a manosearme… terminó obligándome a hacerle sexo oral”. Antes de devolverlo a clase, le limpió la cara e hizo que se lavara los dientes.

También I. G. terminó en el ‘cubil’ en diversas ocasiones. Allí dentro Fuentes “usaba la fuerza, se convertía en un depredador“. En una ocasión, se celebró un velatorio en el colegio y sus padres acudieron de noche a despedir al hermano fallecido. Él se quedó en el patio, jugando. Incluso en esa situación, Fuentes lo agarró del brazo y, mientras todos seguían en el velatorio, se lo llevó a una esquina mal iluminada para abusar de él. “Ahora pienso que lo peor de aquella vez fue sentir que mi familia estaba tan cerca y que podría descubrirme haciendo eso”.

La llamada

Hace pocos días, I. G. sintió la necesidad de contactar con Eneas. Los dos se conocían de vista aunque no eran amigos. Lo llamó por teléfono. Se saludaron, intercambiaron algunos tópicos sobre el paso del tiempo, e I. G. reveló a los pocos minutos el motivo de aquel contacto: “De mí también abusó Adolfo Fuentes”.

Se contaron uno a otro lo que habían sufrido cuando tenían solo 6 años y cómo aquello, aunque se hubieran negado a aceptarlo, condicionó su vida. I. G. ha tenido durante años “ataques de pánico” cuyo origen nadie había sabido identificar. “He sido siempre rebelde, me ha costado mucho generar afectos”, explica. En su caso, la negación había sido tan poderosa que ni siquiera dudó en matricular a sus hijos en el mismo colegio que arruinó su infancia. 

“Mis secuelas se manifestaron siempre, mucho antes de recordar todo lo que había vivido”, explica Eneas. Por eso “no sabía de dónde venía esa profunda desconfianza hacia los otros”. O “la dificultad para encajar muestras de afecto físico”. O “por qué en mi trabajo he dejado que abusaran laboralmente de mí a menudo”, añade. “Crees que mereces que abusen de ti“, añade I. G. Eneas, además, por el asco que sentía hacia el dentífrico, terminó desarrollando graves problemas de salud dental.

Los dos han contratado al mismo abogado y siguen en tratamiento psicológico. Pero por primera vez son capaces de situar el lugar exacto en el que fueron dañados, el sótano del Alonso Ercilla. También tienen en común otra cosa: sin sus mujeres no habrían podido superar el hundimiento que ha significado recordarlo todo. 

Cuando Eneas escuchó telefónicamente la revelación de I. G., se quedó callado unos segundos, y le respondió con una única palabra: “Bienvenido”.  

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