Ocupas y fantasmas en Alcanar

Si alguien tuviese que elegir un lugar donde vivir unos meses y pasar desapercibido, sin levantar suspicacias, apartado del ruido y de la mirada de posibles vecinos indiscretos, la vetusta urbanización Montecarlo de Alcanar (Montsià) sería una elección prácticamente perfecta. Poco más de medio centenar de vecinos empadronados, según datos municipales, muchos jubilados franceses con ganas de sol y sosiego, instalados en una veintena de casas repartidas de forma irregular en un entorno entre rústico y salvaje. También muchas segundas residencias y casas más bien humildes habitadas con interrupciones, en la costa ebrense y en el Montsià: rural, poco poblado y olvidado.

Los presuntos terroristas eligieron un chalet propiedad de un banco, vacío, junto a la calle Martinenca B, para ubicar su base temporal de operaciones. Ocuparon la vivienda y empezaron a vivir allí hace más de dos meses. “En junio ya estaban en la casa”, dice, seguro, un vecino. Aunque no se ha confirmado cuántos individuos vivían en la casa, entre los escombros se encontraron varios colchones, lo que hace pensar en idas y venidas. Lo que sí se sabe seguro es que en el momento de la explosión vivían tres terroristas, ya que ayer los forenses encontraron restos biológicos de dos cuerpos distintos. Una tercera persona resultó herida.

Sin sospechas

Entre constantes idas y venidas, acumularon en su casa un centenar de bombonas de gas

Aparece un vecino con un brazo en cabestrillo, la nariz rota y un ojo morado. “Es el que se ha llevado la peor parte”, anuncia un canareu. Hay consenso. Pierre Fernández (con acento francés), uno de los siete vecinos heridos leves tras la explosión, pedía ayuda a las autoridades bajo un sol y una humedad algo intolerables. Pretendía sacar su todo terreno, aparcado aquí desde la noche del miércoles, cuando una explosión hizo saltar por los aires la casa discreta de los terroristas. A Pierre, como a los otros seis ­heridos y los 14 desalojados, ­también se le ha ofrecido apoyo psicológico. “ Merci”, agradece. “No sé si vivían tres o cuatro hombres, iban y venían, entraban y salían. Nadie había sospechado nada, ni mucho menos que pasase algo como esto”, explica en francés Pierre, que cenaba muchas veces en la terraza de la casa contigua a la de los radicales, en un chalet propiedad de un amigo. Pero la cena del miércoles por la noche acabó entre los escombros que salieron disparados hacia su mesa. “Fue terrible, parecía el Apocalipsis”, recuerda.

Antes de que la explosión desnudase a los supuestos ocupas inofensivos, nadie sospechó nada ni nadie denunció nada. “Su casa era propiedad de un banco”, comenta un vecino como para justificar que la ocupación ilegal se hubiera tolerado entre el vecindario. Tampoco ninguno de los vecinos se relacionaba con los atacantes, por lo que intentar saber cómo se hacían llamar, qué hábitos tenían, con quien se relacionaban o cómo se comportaban, era ayer misión imposible. Sí sabían que todos eran de origen magrebí, de entre 20 y 30 años… Y muy poco más.

Los investigadores encontraron restos de un segundo muerto bajo los escombros

Queda claro que eran discretos y que no se metían en líos, sabedores que un solo paso en falso podía descubrir el arsenal que acabaron montando en la casa. Agentes de los Mossos d’Esquadra y la policía científica, con la ayuda de los bomberos, habían retirado ayer tarde de la vivienda explosionada hasta 105 bombonas de gas butano, según confirmaron fuentes de la investigación. Una enorme cantidad de gas que adquirieron en el mercado negro para fabricar después, sin prisa pero sin pausa, una ingente cantidad de explosivos caseros pero mortíferos.

Todo funcionó como un reloj hasta que el miércoles una incorrecta manipulación de una de las bombonas provocó supuestamente la gran detonación.

Un anticuado cartel anuncia la urbanización Montecarlo de forma discreta junto a una carretera, secundaria. De fondo, el Mediterráneo, uno de los reclamos en los años setenta para quienes empezaron a comprar aquí parcelas, entre fincas de olivos, para levantar su casa de veraneo. Para acceder a la Montecarlo se debe cruzar la carretera y subir por una calle asfaltada de forma precaria y después romper por otra calle de tierra. Más discreción para quien pretende alejarse del trajín diario, en un camuflaje perfecto.

A cinco minutos escasos de la urbanización, la misma carretera se desvía en dirección a la cementera de Alcanar, propiedad del gigante Cemex. La instalación industrial se levanta junto a una playa que ayer seguía como si nada hubiese pasado, entre bañistas y turistas. El núcleo urbano de Alcanar queda más apartado, fuera del radio de acción utilizado por los terroristas para hacerse con las bombonas de gas y el material necesario para la fabricación de los explosivos. Para el Consistorio tampoco existía el grupo de terroristas. “No nos constaban”, insisten desde el Ayuntamiento.

“Quizás algunos sí pensábamos que se dedicaban al tráfico de drogas”, reconoce uno de los vecinos. En una urbanización donde se valora casi tanto la discreción y la privacidad como la climatología, casi siempre benigna, nadie pensó en denunciar nada a la policía, ni siquiera alertar al Ayuntamiento. Tampoco nadie descubrió su irrefrenable afición por el butano, en plena temporada de primavera-verano.

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