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Olas, por Fernando Savater

La semana pasada tuvimos días de olas grandes en Donosti. No hay espectáculo que me guste más que el mar desmelenado. Cuando tenía seis o siete años iba con mi abuelo Antonio al Paseo Nuevo para ver saltar las blancas montañas de espuma desde una distancia prudencial. Dábamos unos pasos nerviosos hacia el pretil mientras al fondo se oía hervir como un caldero furioso al ronco mar hasta que veíamos a la ola abalanzarse  ávida sobre nosotros y entonces emprendíamos una presurosa retirada  entre risas y falsos gritos de horror. Aunque lo cierto es que según pasaba el tiempo la distancia se hacía cada vez menos prudencial, la cercanía de la ola cada vez mas sugestiva, hasta que finalmente nuestro retroceso se veía mas o menos remojado por una fina lluvia de gotas rabiosas. Nada grave, pero lo suficiente para llegar luego algo mojados a casa y recibir otro chaparrón, el de mi madre. «¡Vas a coger unas anginas!», me decía y a mi abuelo: «¡Papá, eres peor que el niño!». Querido abuelo Antonio, mi cómplice mas leal…

Pero esas antiguas travesuras no son nada comparadas con las temeridades que ahora se ven cualquier día de olas. Hace unos meses yo mismo fuí testigo de como una joven mamá arrimaba la sillita en que llevaba a su retoño de no mas de dos años hasta el mismo pretil del paseo, con el torbellino de espuma prácticamente encima. Aunque no me gusta meterme donde no me llaman, me acerqué intrépidamente a la señora para advertirle del peligro. «Es que al niño le gusta mucho», me dijo, chorreando. Y era cierto, el próximo ahogadito reía y palmoteaba… aún. La semana pasada vi en la tele imágenes del Peine de los Vientos en plena tempestad: un grupo bastante numeroso de poseídos retozaba en los escalones batidos por el mar, al punto que una pareja especialmente locoide -un padre y su hijo de unos ocho o nueve años- fueron derribados por el agua y arrastrados escaleras abajo, hasta que milagrosamente y con esfuerzo pudieron recuperarse. El resto de circunstantes aplaudió la imprudencia como si fuese una hazaña…

Como es lógico, no me hago ilusiones sobre la cordura de mis contemporáneos (ni, ya puestos, sobre la mía propia). Y he dicho antes que me fascina el oleaje enfurecido como al que más. Pero el peligroso circo del Peine me dejó una rara impresión: me pareció que los que allí se exponían y animaban a otros a exponerse no creían en la realidad del peligro que tenían enfrente. Lo miraban como si fuese un programa de televisión o un concurso de fingida supervivencia. ¿Sucede lo mismo con otros riesgos mortales para la convivencia ante los que veo a mis conciudadanos encogerse de hombros o tomarlos a broma? ¿Hará falta que desaparezcan en las aguas revueltas de la amnistía o la indulgencia con el separatismo valores civiles sin los que no podremos respirar? ¿Será cuestión sólo de empaparse un poco o acabaremos realmente ahogados?