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Ópera y trascendencia

Desde abril de 2009 que el Liceu no había vuelto a asumir la aventura de un estreno absoluto. Lo ha hecho con ‘L’enigma di Lea’, primera ópera del compositor Benet Casablancas (Sabadell, 1956), un antiguo encargo del Gran Teatre que se consolidó en los últimos años con la escritura de la partitura después de que el libretista, Rafael Argullol (Barcelona, 1949), acabara de construir el relato. La música de Casablancas consigue en gran medida su objetivo, llena de colores, atmósferas y suficiente tensión dramática. Momentos como ese pasaje instrumental del último acto, que engarza una danza amorosa, funcionan gracias a una Simfònica liceísta muy bien preparada por Josep Pons.

Pero el teatro musical debe narrar hechos, acontecimientos, historias, siempre estructuradas por diálogos que permitan ver las aristas de los personajes. En este caso el lastre es el libreto, ambicioso por su trascendencia filosófica cayendo en el mismo lugar común de muchas creaciones líricas actuales: una partitura que lucha por dar vida y sentido dramatúrgico a un libreto rimbombante, contemplativo y que carece del nudo argumental que requiere el género escénico. Argullol y Casablancas crean una obra que solo la magnífica puesta en escena de Carmen Portaceli y la calidad de los solistas evitan que caiga en el desinterés.

Escrito en italiano y con los coros en catalán, el fallido libreto narra las desventuras de Lea –una convincente Allison Cook– quien después de ser violada por un dios es condenada a vagar eternamente sin derecho a amar ni a razonar. Vigilada por Milleocchi (una certera Sonia de Munck) y Millebocche (un correcto Felipe Bou), conoce a Ram (interpretado por el excelente, sonoro y expresivo José Antonio López), un ser despojado de sentidos que es todo razón. Ambos llegan a un manicomio dominado por el Dr. Schicksal (un Xavier Sabata sencillamente espectacular), quien intenta averiguar el secreto de Lea ayudándose de tres grandes escultores, Michelangelo (David Alegret), Bernini (Antonio Lozano) y Rodin (Juan Noval-Moro), un periplo vaticinado por las Tres Damas de la frontera, Sara Blanch, Anaïs Masllorens y Marta Infante. Vamos, que el enigma de Lea nunca queda del todo claro por mucho que la emoción y la razón al final consigan unirse en la inmortalidad.

Y si la música de Casablancas es tan interesante como descriptiva, llena de momentos intensos pero que nunca alcanza un clímax definitivo, la vertiente plástica del montaje se convierte en fundamental para comprender una trama que requiere, incluso, de cierto estudio. Porque Portaceli ha sabido rodearse de excelentes artistas, contando con los acertados movimientos coreográficos de Ferran Carvajal, con la monumental y sugerente escenografía de Paco Azorín, la impecable iluminación de Ignasi Camprodon, el apropiado vestuario de Antonio Belart y los vídeos de Miquel Àngel Raió.

El público del estreno agradeció con cortesía la entrega de los artistas, pero, lamentablemente, no se vivió un estreno memorable.