Opinión | El independentismo choca con la realidad

El movimiento catalán por la independencia acaba de mostrar ante el mundo entero una ingenuidad política que roza el infantilismo más simple. Lanzarse en una declaración de independencia para crear un nuevo Estado sin tener el apoyo firme de ninguno de los gobiernos extranjeros es un suicidio político, puesto que su reconocimiento es imprescindible para darle viabilidad. A pesar de todo, esto es el que hizo viernes en el Parlamento el bloque presidido por Carles Puigdemont, en medio de una incomprensible euforia de sus partidarios. Su fracaso ha sido espectacularmente rotundo, como muchos analistas habíamos señalado como el final más seguro para una aventura en estas condiciones. Debe de haber algún mecanismo de psicología colectiva (si es que esto existe) que explique este comportamiento porque el 1977 lo entonces presidente Josep Tarradellas ya lo había advertido. Muchos catalanes se piensan, explicaba el viejo republicano al poco de volver del exilio, que por el hecho de creer que tenemos razón los otros nos la reconocerán. Y no es así, decía. El mundo no funciona así. No basta con tener razón. El que hay que tener son objetivos viables y calcular bien la fuerza de todos los contendientes en cualquier pugna política.

Al margen de si los independentistas tienen o no tienen razones que justifiquen bastante su apuesta, bien es verdad que acaban de chocar con la realidad. La realidad es que, como se sabía perfectamente, la otra parte en este asunto, su adversario político, el Estado español, es mucho más fuerte que ellos. Es más grande, tiene más bastante, más medios económicos y mediáticos, más aliados. Y, además, quienes lo dirigen disponen de buenos argumentos para defender sus intereses, es decir, en este caso, el statu quo constitucional. Aunque no es seguro, uno de los pocos efectos positivos que puede traer a los independentistas su fallida proclamación de la república de Cataluña es un asentamiento del principio de realidad entre ellos. Esto podría significar que en el futuro inmediato la política catalana transcurriera por vías más sensatas.

La crónica de estos días indica que, a pesar de todo, el principio de realidad ya se estaba introduciendo en las consideraciones de Carles Puigdemont y, la vigilia de la proclamación de la república, lo traía a sustituirla por la convocatoria de unas elecciones anticipadas. Dudó y, al final, hizo caso de quienes lo abocaban a la perdición. El puñado de diputados, alcaldes y consejeros que se le amotinaron y quienes entre ellos empezaron a calificarlo de traidor son la personificación del mal que Tarradellas señalaba como nefasto mecanismo psicopolític de los catalanes.

Después del desastre, que ha aparecido en forma de intervención de la Generalitat por parte del Gobierno de Mariano Rajoy, el realismo político parece que se ha impuesto rápidamente entre los independentistas. Mientras la despistada multitud celebraba la fiesta en la plaza de Santo Jaume, viernes por la tarde, Puigdemont y su Gobierno esperaban la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que los tenía que desnudar de sus cargos y preparaban su marcha en Bruselas. Ha habido bastante con el fin de semana porque los dos partidos de la coalición independentista asumieran la derrota y anunciaran su participación en las elecciones autonómicas del 21 de diciembre convocadas por el presidente Mariano Rajoy al mismo tiempo que el Gobierno español intervenía la Generalitat.

La paradoja de esta situación es que, por una vía inesperada, los independentistas tienen abierta ahora una expectativa política de la cual no supieron ni pudieron dotarse ellos mismos cuando tenían al alcance hacerlo. La de medir sus fuerzas a las urnas en una convocatoria de la cual ellos quizás podrían discutir la legalidad, pero que es la aceptada por el Gobierno de España y todos los partidos del arco parlamentario. O sea que, después de haber perdido estrepitosamente su batalla para crear un Estado catalán, el movimiento independentista tiene ahora a su disposición una nueva oportunidad de convertir unas elecciones parlamentarias en un plebiscito sobre las posiciones de cada bando en el enconado conflicto catalán de los últimos cinco años. Una oportunidad para reivindicar su fuerza y exigir una negociación.

Hay que señalar, además, que una de las principales novedades de este momento político tan singular es que, ahora, el electorado en conjunto está muy sensibilizado y es previsible que llegue o supere las cotas más altas de participación electoral que se hayan registrado nunca. La manifestación de los partidos unionistas, que se hizo domingo en Barcelona, da fe que todas las partes son conscientes de la trascendencia del momento. Ya no es sólo el independentismo el que está movilizado, cómo ha sido la tónica desde el 2012.

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