Opinión | Toda la felicidad que el dinero puede comprar

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Los cohetes comenzaron a tronar sobre el cielo de Monterrey apenas segundos después del fin del partido. Ganara quien ganara esta noche, la ciudad iba a festejar. La final del fútbol mexicano, entre Rayados y Tigres, fue un acontecimiento que puso en pausa durante 90 minutos la vida de la segunda urbe más importante de México. Las calles se vaciaron. Las plazas públicas y restaurantes se llenaron para seguir el primer clásico regio convertido en final tras 43 años de rivalidad. No era necesario estar cerca de una televisión para saber quién ganó después del silbatazo final. Las banderas ondeantes con el rostro de un felino y los cláxones de los automóviles llenaron las calles. Tigres se convirtió en campeón de México por sexta vez.

Tigres ha cerrado esta noche un gran año. Jugó su segunda final de Liga en doce meses. La primera, la final del Clausura 2017, la perdió en mayo frente a las Chivas, el equipo que más triunfos tiene en la competencia. La victoria de esta noche, en la final de Apertura 2017, demuestra que la anormalidad en aquella final fue la presencia del equipo de Guadalajara. Fiel a la ruleta rusa que es el fútbol mexicano, Chivas hizo un papelón al pasar de campeón a quedar eliminado de la Liguilla. Mientras, Tigres pasó de subcampeón a campeón gracias a su constancia. Para más alegría de su afición, lo hizo visitando al Monterrey, el primer lugar de este torneo y su principal enemigo.

Tigres, el equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León, se ha afianzado en el último lustro como una de las potencias del fútbol mexicano. Cuatro de sus seis títulos de Liga los ha conseguido en los últimos seis años gracias a la estrategia sobre el campo que ha delineado su entrenador, Ricardo Ferreti, un brasileño que hizo historia sobre el césped como jugador de otro club universitario, los Pumas de la Universidad Nacional. El Tuca, como lo llaman, es conocido por su estilo de sabio cascarrabias que sabe corregir a los jugadores con un buen grito dado a tiempo.

No es solo la mano dura del Tuca la que ha guiado a Tigres para convertirse en uno de los mejores equipos de México. La cartera de Cemex, la empresa propietaria, basada en Monterrey y una de las más cementeras más grandes del mundo con ventas de 13.000 millones de dólares en 2016, ha ayudado a convertir en uno de los equipos más importantes de América a quien hace una década era un rival para tomarse poco en serio.

La fórmula de Tigres sobre el campo no carece de polémica. Mientras Cemex presume de haber exportado el nombre de México llevándolo a Europa, África, Medio Oriente y Asia, el negocio de su fútbol ha ido en sentido inverso. El éxito del equipo se ha basado en la compra de futbolistas extranjeros y contrataciones de estrellas internacionales.

Esta noche, al inicio de la gran final solo seis de 22 jugadores sobre el campo eran mexicanos. Eso reflejó una de las tendencias que se afianzan en el fútbol mexicano, la internacionalización. Sobre el césped también se ilustraba otro fenómeno. La primera nómina, Tigres, disputaba el trofeo con el segundo equipo más rico de México. En un país donde la desigualdad es uno de sus grandes problemas el fútbol no puede ser excepción. Fue el equipo con un valor de mercado de 1.500 millones de dólares el que consiguió bordar otra estrella sobre el escudo de la camiseta. Y es que 1.500 millones de dólares, en el fútbol, pueden comprar muchas alegrías. Tigres le ha dado una enorme a su afición en una noche de domingo.