Pablo Álvarez: «El grafiti permite compartir el dolor con los demás»

Con 17 años, a Pablo Álvarez (Badalona, 1989) le dieron un abrazo «cuando menos lo merecía y más lo necesitaba». Lo hizo un profesor de esos que son más referentes que docentes, o sea, un profesor. Ahora, Pablo cumple esa función con los chavales que integran la asociación Krear-T, donde se sacuden los problemas a base de espray y pared.

–¿El grafiti es arte? Por supuesto, aunque la pintura en la pared solo es una parte de la actividad artística. El arte comienza cuando empiezas a pensar en lo que te llevará a acabar pintando.

–¿Cuáles son esas razones? Habitualmente rabia y odio. Si quieres transgredir es porque no estás de acuerdo con algo. Pero también puedes expresar felicidad, una idea política o un relato tuyo.

–Transgresión, porque es un arte ilegal. No puedo ser hipócrita y separar grafiti artístico y vandálico. El grafiti por definición es ilegal. Lo que lo puede hacer legal es una autorización, pero el riesgo que se corre con ella es pintar al dictado de quien la otorga.

–Arte ilegal… e ¿indomable? Hombre, pues claro. El grafiti es un grito salvaje de guerra, no un susurro en voz baja. Con el tiempo te vas calmando, puedes hacer concesiones, pero jamás debes olvidar que un día estuviste cabreado y querías que te escucharan.

–¿Estaba usted cabreado cuando empezó? Sí. Mi obra es una excusa para transmitir algo. No tanto como reivindicación de mi ego, sino como una devolución a la comunidad aportando una idea.

–Hábleme de Krear-T. Somos una asociación de Badalona, de unos 12 miembros, que fomenta gratuitamente el grafiti entre los jóvenes como herramienta de convivencia social.

–¿Cómo empezaron? En el 2011, el Ayuntamiento de Badalona nos llamó a algunos grafiteros para un programa sobre el grafiti con temática social entre los jóvenes. Nos instalamos en la Asociación de Vecinos Juan Valera de Llefià, que cede los espacios. Cuando la colaboración acabó, nos gustó tanto que seguimos.

–¿Hay nexo emocional entre los jóvenes? El grafiti, más en la adolescencia, suele partir de la negación: son comunes la incertidumbre, el miedo, el dolor, la contradicción y la represión emocional.

–Y todo eso acaba convertido en arte. Exacto. El grafiti es una forma de liberación: tú tienes un saco de piedras y cuando las dibujas te las quitas de encima. Además, el grafiti permite que tu dolor, una vez es público en una pared, pueda ser compartido por los demás. Que puedan llegar a sentir algo parecido a lo que has sentido tú, es algo increíble porque reafirma tu identidad: sientes que existes, que alguien te comprende.

–¿Desde que empezaron, han notado algún cambio en el barrio? En Llefià nos han ido aceptando y viendo en el grafiti más arte que vandalismo.

–¿Y en los chicos? Partiendo de que yo no soy nadie como para enseñar a una persona cuál es el buen camino, sí, hemos vistos grandes cambios en personas que han sabido canalizar sus emociones a través de la pintura.

–¿Qué les dicen? Aunque alguna vez he hecho de padre, no me gusta el rollo de hermano mayor. En la asociación damos herramientas para pintar desde el respeto: aquí no pintamos camiones. Ahora, si cuando salen de aquí quieren seguir haciendo grafitis, no les voy a decir que no lo hagan. Pero les dejamos claro que, si la lían, no vayan a papi o mami para que paguen las multas.

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