Inicio Actualidad Parejas y aventuras ocultas, por Jordi Serrallonga

Parejas y aventuras ocultas, por Jordi Serrallonga

Existe un apolillado tópico al que se solemos recurrir cuando se destripa la vida privada de los héroes de la ciencia y la exploración: «detrás de todo gran hombre hay una gran mujer». Es del todo inexacto. En primer lugar, porque –según los cánones sociales de hoy– no estamos obligados a formar parejas ni a que estas sean compuestas por sexos opuestos. En segundo lugar, porque dicha máxima, a pesar de su aparente búsqueda de equidad, suele relegar a la esposa –o compañera– a un segundo plano; la historia, en cambio, constata que fueron tan o más importantes que sus cónyuges.

Empecemos por Samuel y Florence Baker. Ambos, como otros aventureros del siglo XIX, partieron en busca de las fuentes del Nilo. No dieron con ellas pero sus aportaciones a la geografía –la descripción del lago Alberto o las cataratas Murchinson– hicieron que él fuera condecorado por la Royal Geographical Society y nombrado ‘sir’. Los dos habían padecido graves enfermedades tropicales y desafiado los mismos peligros en el corazón del África Negra –un hipopótamo atacó su canoa en un tramo de río plagado de cocodrilos– pero solo Samuel Baker obtuvo el reconocimiento académico. Incluso, para no interferir en el éxito social de su marido, ella renunció a cualquier tipo de protagonismo; y es que, de regreso a la ‘civilizada’ Europa, los cotilleos difundieron que la pareja había vivido «en pecado» (lo cual irritó a la puritana reina Victoria). Samuel, tras la pérdida de su esposa, y camino de África, había arrebatado a Florence de las garras de un traficante de esclavos (como en las películas). Durante años viajaron y sufrieron juntos, y solo contrajeron nupcias, en secreto, una vez en Inglaterra. La que para muchos era la personificación del escándalo, fue –al igual que Mary Kingsley– una de las grandes exploradoras de África.  

Mujeres revolucionarias

Otra eminente aventurera es Mary Leakey. Su nombre no pasa desapercibido para los estudiosos de la evolución humana, pero, comparada con la gran proyección mediática de su marido, sorprende comprobar el gran desconocimiento que existe sobre esta mujer. Louis Leakey llevaba excavando en Oldupai Gorge –Tanzania– desde 1931. Iba tras la huella de los primeros ancestros de la humanidad; topaba con herramientas de piedra y con los huesos de los animales que habían comido, pero ni rastro de estos artesanos. Mary, una arqueóloga intrépida, no solo revolucionó a los conservadores colonos ingleses con sus pantalones largos, cigarrillo en la comisura de los labios y comportamiento –se casó con Louis tras un escandaloso divorcio– sino que introdujo grandes dosis de método científico en el trabajo de campo. Y, para alegría de la pareja, el año 1959 topó con los restos del homínido fósil que tanto había buscado su marido: el entonces llamado ‘Zinjanthropus boisei’ o Cascanueces (hoy, ‘Paranthropus boisei’). Los dos conformaron un tándem impresionante aunque la figura de Louis centrara los artículos y documentales de ‘National Geographic’.

En la década de los 80 muchos bebimos de una serie de televisión que revolucionó el mundo de la divulgación científica: ‘Cosmos’. El conductor, y uno de los creadores, fue el astrónomo Carl Sagan. Sus americanas de pana con coderas, y la sincera pasión con la que nos habló del origen y evolución del Universo, la Tierra y la vida son inolvidables. Ahora bien, ¿sabemos que estuvo casado con una gran eminencia en el terreno de la evolución biológica? Me refiero a Lynn Margulis; miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y distinguida con la Medalla Darwin-Wallace, entre otros muchos méritos.

Entretodos

¿Ha ocurrido el caso inverso? Todos hemos oído hablar de la química Marie Curie. Sus aportaciones al estudio de la radiactividad son de sobras conocidos, y por ello fue galardonada, dos veces, con el Premio Nobel. En una época –incluso bien adentrado el siglo XX– en que a las mujeres no se las valoró en el terreno de la investigación, todo libro sobre historia de la ciencia incluyó a ‘madame’ Curie en letras capitales. Aunque su nombre de soltera era Maria S. Skłodowska. En efecto, hubo un ‘monsieur’ Curie cuya trayectoria es tan brillante como desconocida para el gran público; fue, como su mujer, un pionero en el estudio de la radiactividad y, por dicho motivo, ella y él compartieron el primer Nobel antes de perecer en un desgraciado accidente.

En definitiva, la fama de cónyuges ilustres, aunado a las desigualdades y prejuicios sociales, jamás debería eclipsar la obra y vidas de las heroínas y héroes de la ciencia.